Los efectos de la crisis de la pandemia/cuarentena no se agotan en una recesión corriente. La cuestión social está cambiando. Los índices de pobreza nunca retroceden al piso previo, y esta condición tiende a perpetuarse para una proporción cada vez más grande la sociedad, sobre todo considerando que la pobreza infantil afecta ya al 50% de los menores de 14 años.
A su vez, el mercado de trabajo que emerge se sesga aún más a la informalidad respecto a los niveles (históricamente altos) en qué opera la economía argentina. Los vínculos rotos por la destrucción neta de empresas se van transformado en muchos casos en mayor asistencia, como modo de sustituir la generación genuina de empleo donde hay escasa movilidad del factor trabajo y una pérdida irrecuperable de formación de capital humano.
El combo de ambos efectos (más informalidad y más asistencia) se hará notar en las finanzas públicas. Menores ingresos fiscales y un gasto social permanentemente más alto generan desafíos para lograr el necesario equilibrio fiscal. La distribución secundaria del ingreso, por otro lado, aumenta el descontento social y polariza a la sociedad, sobre todo teniendo en cuenta la presión fiscal que ya resiste el sector formal de la economía.
La recuperación, lenta, tiene poco aspecto de crecimiento inclusivo y mucho más de desigualdad y consecuente conflicto distributivo. A largo plazo también se notarán los efectos sobre el sistema previsional de esta reducción de aportes y de una economía que emerge con más trabajo cuentapropista informal que asalariado.
Intentar restablecer la economía pre pandemia es imposible, incluso poco deseable dado que ya tenía problemas estructurales, pero el rumbo que la política le está dando a la economía sólo perpetuará problemas a futuro. Sin dudas esta crisis nos obliga a repensar un rumbo distinto, políticas más novedosas desde transformaciones micro y una revaluación del potencial argentino bajo una nueva forma de organización, producción y consumo. Pero fundamentalmente cómo se abordará la cuestión social.
Esta crisis está dejando un déficit de integración social elevado y políticas de inserción que no se podrán sustituir por políticas de asistencia. Tampoco parece que la mera recuperación logrará esa reinserción de parte de trabajadores que quedaron en los márgenes de la sociedad.
Argentina tenía hace apenas 5 años 47% de su población como clase media definida ampliamente como quienes ganan entre 1,5 y 4 canastas básicas totales. Actualmente la clase media es inferior a la parte de la sociedad que está en situación de pobreza, apenas alcanza el 32%. La clase media cohesiona a la sociedad, le da un halo de continuidad en la estructura social y la posibilidad, capacidad y expectativa de movilización dentro de la misma. Ese déficit de integración social tiene efectos económicos y políticos. La sociedad está partida, no hay personas en situación de pobreza de un partido y ricos del otro partido, el riesgo es más alto, el de la apatía política.
El crecimiento inclusivo es deseable siempre que este se transforma en un círculo virtuoso donde el crecimiento nutre a los factores de producción y completa mercados, pero principalmente se sostiene si va corrigiendo el déficit de integración que tiene la sociedad.
Director en LCG Consultora
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