Mercosur: ayer, hoy y ¿siempre?

Opiniones

Ya entrando en la tercera década del Siglo XXI, podemos decir que existen varias razones para afirmar que el Mercosur nunca ha funcionado plenamente con toda su potencialidad.

Cuando se puso en marcha el Mercosur tres décadas atrás, los ejes del documento embrionario que le daría vida representaban bastante más que una Unión Aduanera: se acordaba la libre circulación de bienes, servicios y factores productivos entre los países; el establecimiento de un arancel externo común y la adopción de una política comercial conjunta con relación a terceros Estados o agrupaciones de Estados; junto con la coordinación de políticas macroeconómicas y sectoriales entre los Estados Partes.

Sin embargo, y ya entrando en la tercera década del Siglo XXI, podemos decir que existen varias razones para afirmar que el Mercosur nunca ha funcionado plenamente con toda su potencialidad. A pesar de que cumplió su rol – en muchas ocasiones con un alto grado de ineficiencia – como una Unión Aduanera Comercial que ha incrementado el comercio intra-regional y para con el mundo, el mismo ha estado más cercano a la proporcionalidad de un inestable crecimiento económico, que a los números que se esperarían si hubiera funcionado eficazmente bajo el lema y la lógica de sus padres fundadores. Como ocurre siempre, por acción u omisión de quienes detentan la más alta responsabilidad política y económica.

Primero vinieron las quejas de los hermanos menores. Con toda la razón, Paraguay y Uruguay se cansaron de que no se los tome en cuenta en las decisiones más relevantes del bloque. Luego Brasil se aprovechó de la convertibilidad de un súper-valuado Peso argentino, quedándose no solo con nuestros turistas, sino también con varias de nuestras empresas emblemáticas para producir y poder competir desde Brasil. También Uruguay sacó ventaja de la desgracia ajena, como cuando ‘tomaron por asalto’ los mercados que nosotros perdimos por la aftosa. Evidentemente, de fraternidad, bien gracias. Y de política económica y comercial común, menos aún.

Ya entrados en la primera década de este siglo, todos los socios aprovecharon el viento de cola que trajeron los altos precios de las materias primas. Pero una vez más lo encararon de forma individual, sin pensar en tratados colectivos con la mayoría de las regiones del planeta en donde, maximizando nuestra eficiencia y capacidades, podríamos haber generado un mucho más beneficioso win-win intra-regional.

Algunos le han echado la culpa, con relativa razón, a la política. No la política de Estado de largo plazo, sino más bien a la ‘chicana ideológica’. Donde ingresan y salen como puertas giratorias la Venezuela del fallecido Chávez o el Paraguay del destituido Lugo. Según como corra el viento. Lejos de los tecnicismos requeridos en un mundo que premia el capitalismo competitivo voraz en la producción de bienes y servicios con alto nivel de demanda.

Sino miremos a la Alianza del Pacifico. En menos de una década, el acuerdo conformado por Chile, Colombia, México y Perú ha potenciado significativamente su relación intra-comercial y para con el mundo asiático. Algunos podrán decir que tienen la bendición geográfica de mirar hacia el Pacifico, con China y sus vecinos como las vedettes económicas del siglo XXI. Para poner excusas, somos mandados a hacer. Como si el mundo atlántico no haya ofrecido oportunidades en el último medio siglo.

Lo que ocurre es que negociar no es fácil. Lo que seguramente nos diferencia de los que se encuentran del otro lado de la mesa es su pragmatismo y capacidad de intentar siempre balancear racionalmente la diversidad de intereses para evitar discrepancias que agiten a los extremos políticos y sociales. No en vano, solo para citar un par de ejemplos de nuestro potencial tratado con la Unión Europea – cabe destacar que todavía quedan las ratificaciones de los distintos parlamentos para que sea ejecutado -, desde el viejo continente le adicionaron al acuerdo una cláusula según la cual “los estándares de seguridad alimentaria europeos quedarán protegidos en el acuerdo, sin cambios, y todas las importaciones tendrán que cumplir con ellos”; es decir, normas sanitarias y fitosanitarias que continuarán funcionando como una traba extra-arancelaria a las importaciones. Ello en complemento con un mecanismo de salvaguarda bilateral que permitirá “imponer medidas temporales en el caso de que se produzcan aumentos inesperados y significativos de las importaciones que provoquen, o puedan provocar, serios daños a sus industrias domésticas”. Y así podríamos seguir.

Otro de los puntos centrales es que tampoco se ha generado una discusión colectiva seria de cómo producir para enfrentar al mundo. Ya entendimos que fuimos bendecidos con recursos naturales, que es lo que podemos exportar con relativa facilidad. Sin embargo, los mandatarios del Mercosur nunca se han sentado alrededor de la mesa para realmente definir si ello es lo mejor para el futuro de la región. Lo que si sabemos, porque así lo ha demostrado la realidad, es que los concatenamientos productivos de alto valor agregado – donde se puede trabajar en ‘equipo’ de manera intra-regional, como ocurre en Asia -, suele darse con mayor facilidad en las industrias de alta tecnología, con fronteras lábiles en términos de coordinación, segmentación productiva y cooperación a la hora de poner a disposición la mano de obra. O sea, lo que con seguridad carecemos si queremos realizar en algún tipo de cambio conjunto para repensar nuestro posicionamiento estratégico para con el mirar hacia al mundo.

Ahora nos encontramos con una nueva negociación de un Tratado de Libre Comercio con Corea del Sur, un puntapié para continuar buscando socios comerciales por otros lares. Como marco general, el superciclo de las materias primas, que terminó abruptamente en 2014 derivado principalmente de una baja demanda agregada externa, ha hecho mella en una Latinoamérica (cabe destacar que período 2014-2020 cerrará con el crecimiento más bajo en la región en las cuatro últimas décadas) que no quiere descompasar su ciclo del de los productos básicos. Evidentemente, la mayoría de los países del Mercosur no escarmienta en su dependencia e insiste con un avance impiadoso, como toro que persigue furioso la manta roja, hacia un TLC ‘a como sea’.

Será que cuando el efecto derrame de las materias primas deja de funcionar, habría que buscar otros mecanismos que a las elites concentradoras de la región le desagradan bastante, como por ejemplo la ejecución de estímulos fiscales significativos con mayor progresividad fiscal. Por ello insisten: hay que volver a las fuentes. Y que los costos de las pérdidas en la política económica exterior, los absorba la sociedad toda. Ganancias exorbitantes para unos pocos en épocas de bonanza, socialización de los esfuerzos ‘en las malas’, se podría decir.

Sino vayamos a los hechos. Por el lado de Uruguay, el país oriental espera poder mejorar sus ventas de carne y leche, sin tener demasiado para perder en términos industriales. Lo mismo ocurre con el Paraguay sojero y agrícola. Entre sus dos presidentes liberales que difícilmente desean cambiar su matriz exportadora/importadora (en acuerdo con las elites económicas que los sustentan), se encuentra el más complejo caso brasileño; de hecho, buena parte de sus poderosos industriales no están de acuerdo con el ritmo de apertura que tiene el gobierno de Jair Bolsonaro, ya que sostienen que generará un fuerte impacto negativo directo en el sector de los electrodomésticos, la electrónica y en todo el bloque automotriz.

De la vereda de enfrente se encuentra Corea del Sur. Un país que representa la 5º mayor economía exportadora en el mundo, con ventas que el año pasado superaron los 600.000 millones de dólares (más que todo nuestro PBI), con un superávit comercial de más de 120.000 millones de dólares. Pero ello no es lo más importante; lo que tendríamos que tomar nota es que ha sido el 6to país en términos de exportación de valor agregado y tecnología, de acuerdo con el Índice de Complejidad Económica (ECI). Un monstruo que le vende al mundo Circuitos electrónicos integrados, Automóviles y Camionetas para turismo y competición, y Transatlánticos tipo cruceros o buques cargueros, entre otros. Y que además te agregan en el paquete el kown how con toda la rama de servicios que se nos pueda ocurrir: sistemas y telecomunicaciones, la enseñanza en la operatividad en la construcción y la ingeniería civil, o los servicios financieros. Por la nada despreciable cifra de 90.000 millones de dólares anuales.

Con Asia (China a la cabeza), Estados Unidos y Europa como principales socios comerciales, parece claro que no buscan en el potencial TLC con el Mercosur nuestra industria de ¿alta? tecnología con valor agregado. No hay que ser un genio para entender que quieren reproducir el escenario ‘centro-periferia’, tal cual lo intenta hacer la Unión Europea y la mayoría de quienes observan a nuestra región, sin necesitar una gran lupa, como un proveedor inigualable de materias primas de largo plazo. Y punto. La pregunta que surge una vez más es. ¿Es esto lo que queremos? Y de ser así, ¿trabajaremos unidos con nuestros socios para potenciar nuestros intercambios? Hasta el día de hoy, la historia ha demostrado que las respuestas a ambas preguntas conllevan un tinte con tonos que van del gris al negro. Para no decir al negro oscuro.

Como último punto, no quería dejar de recalcar que el sector externo es una parte importante de la economía, pero no lo es todo. Sobre todo, y para no ahondar en detalles, si el crecimiento económico que el mismo conlleva no redunda en una sustentable redistribución de la riqueza. Porque todos los países del Mercosur han crecido en los últimos 30 años, en mayor o menor medida. Pero la desigualdad y la pobreza, con sus consecuencias sociales, continúan allí, a la orden del día.

Sino reflexionemos sobre las palabras del todavía Ministro de Economía de Brasil, el neoliberal Paulo Guedes, quien dijo recientemente que Brasil “no quiere convertirse en una Argentina, y por eso seguirá por el camino de la prosperidad, abriendo su economía en un marco de estabilidad fiscal”. Con este vocabulario poco diplomático no solo aleja la posibilidad de trabajar para con un Mercosur cohesionado, sino que además nos deja en el tintero la pregunta sobre qué se entiende realmente por prosperidad. Porqué si se refiere a eliminar verdaderamente la pobreza, hace tiempo que Brasil perdió el camino. Con un Coeficiente de Gini por encima del 0,5 que lo hace uno de los países más desiguales del mundo, ni las mejoras marginales (muy marketineadas como el desarrollo de una ‘nueva clase media’ brasileña) generadas por el PT, pudieron eliminar la pobreza estructural y las problemáticas socio-económicas de la mayoría de los brasileños.

Tampoco se reflejan en la reciente manifestación del Ministro de Relaciones Exteriores de Paraguay, Antonio Palacios, que en el marco de la Presidencia Pro Témpore Paraguaya, indicó que “el foco del Mercosur era lograr resultados concretos y tangibles en áreas que tengan una incidencia directa en el día a día de la gente, para mejorar sus condiciones de vida y ofrecerles oportunidades reales; en definitiva, un bloque de integración entre países hermanos que buscan la prosperidad de sus pueblos”. Menos mal. Después de más de un siglo de miserias para las mayorías guaraníes, ya era hora. Aunque conociendo la historia y el presente del Partido Colorado y su casta política, difícilmente reine la igualdad y el progreso colectivo; un país que oficialmente sostiene la existencia de un 23,5% de pobreza, pero que todos los indicadores de pobreza multidimensional medidos por consultoras con cierta independencia explicitan que por lo menos es el doble de esa cifra.

Ni que hablar de Uruguay, donde a pesar de 15 años de gobierno progresista del Frente Amplio, uno de cada cinco niños nacen hoy en la pobreza. Además, las tasas de dislexia, obesidad y déficit de hierro se comparan a las de países tres veces más pobres, según datos del propio Ministerio de Salud Uruguayo. A ello hay que agregarle que solo el 40% de los estudiantes concluyen la educación secundaria, que la tasa de desempleo ronda el 10%, y los homicidios y los robos violentos se incrementaron un 53% en 2019 en relación al año anterior, según datos del propio Ministerio del Interior. Números dantescos para un país que solía ser catalogado de alta paz social e institucionalidad. Pero que por lo bajo, ni los crecientes ingresos de la agro-exportación, ni una macroeconomía relativamente estabilizada, pueden ocultar.

Para concluir, quería tomar el análisis del filósofo francés Alain Badiou, que explicita la expansión de un mundo con permanentes procesos de fragmentación en identidades cerradas, lo cual lleva a planteos tales como “que sólo un homosexual puede entender lo que es ser homosexual, un árabe lo que es un árabe, etc.”. Aquí podríamos realizar un paralelismo contrafáctico de la macropolítica y pensar si, algún día, un presidente de un país del Mercosur comprenderá cabalmente al propio Mercosur, con sus necesidades, objetivos, potencialidades e intereses. Donde además la política económica exterior se conjugue con diversas variables y sectores del entramado económico, social y productivo doméstico. De no ser así, continuaremos como hasta el día de hoy, ‘boyando’ en los simplismos de variables macroeconómicas seleccionadas que lejos están de cumplir los deseos de los padres fundadores y, por sobre todo, de las verdaderas necesidades de sus respectivas sociedades.

(*) Economista y Doctor en Relaciones Internacionales. Autor del Libro “La Sociedad Anestesiada. El sistema económico global bajo la óptica ciudadana.”

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