"Milagro argentino" ante la encrucijada
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Pero la política de apartarse del mundo no es sana ni propia de una democracia. En los hechos conlleva una redistribución de poder a favor de funcionarios locales. Es el rumbo opuesto a las naciones que avanzan; que buscan prioritariamente satisfacer a la población, atendiendo las señales de los mercados y adoptando los usos y costumbres mundiales para dar mayor poder a los consumidores y ciudadanos. Incluso China y la India, con su enorme tamaño, están hallando los apoyos principales para su éxito en el comercio, los procedimientos y estándares internacionales.
Integración y convergencia son el paradigma en todos los campos del conocimiento y del progreso de la humanidad. Negociación, en lugar de confrontación, es el procedimiento de la democracia. En las transacciones económicas integrarse, incorporando los mejores precios obtenibles en otros mercados, es también el nervio conductor de la creación de riqueza. Pero el desarrollo no se asienta sólo en el campo económico sino principalmente en el político e ideológico.
Comprender que las reales fuentes de riqueza están en ampliar las redes de negociación y los mecanismos para asegurar los compromisos. En concreto, en el marco institucional.
Las naciones progresan en la medida que fortifican los derechos individuales de decisión, aplicando reglas estables, generales y previsibles. La riqueza es el valor de esos derechos individuales de decisión. Quienes los tienen escasos son pobres. Ninguna nación desarrollada es una dictadura; todas ellas tienen poderes políticos divididos y limitados por otros poderes independientes y la fuerza de la opinión pública, expresada en una vasta red de medios de comunicación libres, en la que se incluyen los mercados.
Los argentinos estamos ante la encrucijada. Si continuamos separándonos del mundo, crispando nuestros vínculos, quizás obtengamos «victorias morales», como en los tiempos que nuestros equipos de fútbol no competían en el exterior, y logremos «tasas chinas», aun cuando retrocedamos en el largo plazo. La otra vía es admitir que el mundo funciona de otra manera porque ha descubierto las fuentes del progreso: valorizar los derechos individuales de decisión, proceso al que tenemos que volcarnos todos porque es de nuestro interés.
El rumbo contrario coarta las libertades individuales, ahoga las iniciativas y estrangula la riqueza. Algo marcha mal cuando los funcionarios determinan la suerte de dirigentes y empresarios y, por ello, pasan a ser los principales clientes.




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