31 de mayo 2006 - 00:00

Montenegro, como advertencia

Los Balcanes oscilaron siempre entre la concentración y la dispersión. El mariscal Tito y el comunismo obraron como férreos disciplinadores de tendencias culturales centrífugas. El fin de la Guerra Fría hizo desaparecer esa tenaza unificante y la acción diferenciadora de las culturas favorece ahora procesos como el que está desarrollándose en Serbia y Montenegro.

Hace una década la región se estremecía por los bombardeos. Ahora, procuran zanjar sus diferencias con un civilizado llamado a las urnas. El resultado ha sido dramático: menos de uno por ciento es lo que separa a los montenegrinos de un recuento de votos que puede decidir su suerte autónoma o ligada para siempre con Serbia.

Imposible no pensar en Cataluña, las provincias vascas o la Liga del Norte en Italia. Más cercano a nosotros, aunque menos citado por la gran prensa, la siempre presente posibilidad de cesesión boliviana, el tercio del territorio colombiano dominado desde hace mucho tiempo por la insurgencia o el delirio de El Dorado del sur paulista con Uruguay y la parte central de la Argentina, supuestamente más viable si no arrastraran consigo a la Patagonia y la Amazonia. «El mal de la Argentina es su extensión», correspondía a una visión al mismo tiempo ligada a la globalización de aquel entonces y enfrentada con la cultura común de quienes recién se constituían como ciudadanos de un flamante país.

Pero mientras en Europa el dato divisionista es de origen cultural, en América lo es por otras razones: principalmente, regiones más ricas que procuran mejorar su suerte de manera individual. ¿Existe alguna conexión que explique el fenómeno a escala mundial?

Es posible. El daño colateral de la globalización es la acelerada conversión de muchos territorios en Estados fallidos, es decir, inviables por su sola cuenta. De allí la tendencia mundial a los agrupamientos. Muchos lo hacen asociándose a sus vecinos, como en el Mercosur o el NAFTA. Otros no. Chile firmó con los remotos Estados Unidos, China y la UE, no con nosotros. El ALCA lo suscribieron ya veintinueve países americanos bilateralmente con Washington, pocos de ellos mancomunados con sus vecinos.

El diminuto Montenegro, con menos de la mitad de habitantes que Rosario, aspira, al mismo tiempo, a desligarse de Serbia para asociarse inmediatamente a la más grande Unión Europea, a su vez estancada en su proceso constitucional propio y obsesionada por defender una identidad cultural que le hace mantener a la espera a la islámica Turquía desde hace larguísimo tiempo.

Dispersión por las culturas y unificación por la globalización, son las fuerzas opuestas que batallan en el mundo moderno. La aventura de Montenegro recién comienza. La nuestra va a cumplir su segundo centenario. Y la suerte de todos nosotros depende de que podamos encontrar la manera propia, la receta a medida, para combinar a esas dos fuerzas sin sucumbir en el intento. Si no, miremos a nuestro Mercosur.

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