La llegada de la Semana Santa del 2021 marcó el inicio formal de la segunda ola de COVID-19 en la Argentina. Habíamos tenido un pequeño impase desde el repunte de casos de fin de año 2020-principio 2021, muchas instituciones habían disminuido su estructura para la atención del COVID debido a la (lenta) expansión del plan de vacunación y a la baja de los casos. Sin embargo, ya durante los últimos días de marzo de 2021 se notaba un aumento no solo de la cantidad, sino de la complejidad de los pacientes (recordemos que por estos momentos empezaba la circulación comunitaria de la cepa P.1 -conocida popularmente como Manaos- que podría haber tenido también alguna diferencia clínica con el COVID ancestral) y algo de baja en la edad de los pacientes (condicionada en parte porque los primeros grupos priorizados para la vacunación habían sido los adultos mayores).
Desde la Sociedad Argentina de Medicina, habíamos compartido un comunicado llamando a que la población entrara en acción previo a la Semana Santa e hiciera propias las medidas de cuidado ante lo que suponíamos que iba a ser una prueba enorme, para la que nos habíamos preparado desde el inicio de la pandemia.
Los siguientes meses son una historia (des)conocida para todos salvo quienes la vivimos en primera línea o sus familias. La demanda no tenía límite. Se intubaban 4 o 5 pacientes por día… en un día bueno. Ya no había camas disponibles. Las salas de emergencia se habían convertido en salas de cuidados críticos. La cantidad de pacientes en ARM superaban a los que ventilaban de forma espontánea. Toda valía para evitar que, aunque sea una persona, progresara a la ventilación mecánica. La primera ola nos había enseñado mucho en como tratar a los pacientes.
Las ambulancias llegaban sin parar, el celular explotaba pidiendo lugar “satura 55% y la voy a tener que intubar en la casa” … eran varios mensajes al día así con un poco más y a veces un poco menos en los valores de saturación. Siempre había lugar para uno más. Mejor en el pasillo de mi sala de emergencias que en la cama de su casa.
En algunos lugares la fila de ambulancias tenía varios metros de extensión. Trabajaban en conjunto con los equipos del hospital, cuidando a sus pacientes en el mismo móvil de emergencia hasta que fuera posible ubicar al paciente en el interior del hospital.
El trabajo en las salas de cuidados intensivos era a cama caliente por lo que muchos pacientes se intubaron y también se extubaron en las salas de emergencias luego de cumplir sus días de ARM y mejorar. Muchas videollamadas. Ahora se va a dormir y cuando se despierte todo va a estar mejor se convirtió en mi frase de cabecera y en la de muchos. Incluso, para bajar la ansiedad de la intubación sugeríamos sueños agradables, estrategia que tiene alguna base en la literatura… a veces creo que generar esa atmósfera de sueños placenteros también era positiva para el equipo que estaba en la difícil tarea de vincular eficazmente a un paciente crítico a la ventilación mecánica.
Hubo días que ya no sabíamos de donde sacar ventiladores, todo lo que se podía comprar y alquilar ya estaba en uso, incluso las terapias intensivas pediátricas se llenaron de pacientes adultos en ARM. Aun así, nunca nadie que necesitó de cuidados avanzados, se quedó sin ellos.
También llegaban pacientes que no estaban enfermos de COVID pero que la Pandemia claramente les había hecho mucho daño, recuerdo un paciente con fiebre que luego de varias consultas y múltiples hisopados negativos encontramos una ruptura de una válvula del corazón por una endocarditis, un evento que, aunque descripto en los libros, con los avances en el diagnóstico y terapéutica es cada vez menos frecuente. Muchos otros, como los pacientes con ACV sufrieron un enorme retraso en la consulta, diagnóstico y tratamiento. Los pacientes tenían miedo de consultar y el sistema ya no tenía margen.
Como todo, la situación empezó a mejorar. Lo peor había pasado, recuerdo cuando festejamos el primer día sin pacientes en ARM en la sala de emergencias. Pero superarlo fue mérito de todos aquellos profesionales de la salud, de seguridad, limpieza, equipos hospitalarios, policías y todos aquellos que durante esos días se entregaban en cuerpo completo para ayudar a los demás. Hoy, que nos encontramos en otra fase de la pandemia y con la convicción de que probablemente no volvamos a vivir eventos tan críticos como los que pasamos, nos queda una generación de profesionales de la salud marcada por el dolor del COVID y un sistema de salud que, lamentablemente, no parece haber aprendido de la experiencia.
Muchos profesionales de las áreas críticas como emergencias y terapia intensiva han abandonado la especialidad, situación que se venía viendo pre-pandemia pero que ahora enciende todas las alarmas. Los sistemas de atención no han capitalizado lo vivido y buscan desesperadamente volver a lugares donde pensamos que ya no transitaríamos; de a poco en las guardias vuelven a convivir en el mismo espacio pacientes respiratorios y no respiratorios, las UFU de CABA están siendo retiradas, siendo que con capacitación y gestión podrían haber sido refuncionalizadas para dar soporte a las guardias hospitalarias.
En este momento, las enfermedades respiratorias no COVID están golpeando fuerte, especialmente a pediatría, y en vez de reforzar lo que veníamos haciendo bien, le damos la espalda a la pandemia, dejamos el barbijo incluso en espacios cerrados y naturalizamos las filas de horas en los diferentes guardias hospitalarias, a veces con un resignado… no se consiguen profesionales para poner refuerzos pero no vamos más profundo sobre los motivos que nos dejan donde estamos hoy y que ocurrió con estos profesionales en el último tiempo.
Covid-19 Terapia Hospital Médicos.jpg
Ilustran este artículo algunas imágenes del año pasado tomadas a mi equipo del Sanatorio Anchorena de CABA. En ellos quiero homenajear a todos los profesionales y equipos de salud que hicieron cosas increíbles, para que otros vivan… y quizá quién esté leyendo estas líneas y haya transitado algo de lo aquí pasmado aquí como paciente reconozca en estos rostros a quien lo cuidó, consoló, acompañó y curó en el momento más difícil.
Dedicado a mi generación de profesionales de salud, veteranos del COVID.
Médico Emergentólogo. Jefe de Emergencias Hospital San Juan de Dios (Ramos Mejía). Coordinador Médico ACUDIR Emergencias Médicas.
Dejá tu comentario