Pobreza y desigualdades en un mundo en crisis: ¿la oportunidad para la Cooperación Sur-Sur?

Opiniones

La pandemia del Covid-19 abre la oportunidad para reforzar lazos de cooperación internacional, mirando en el corto y mediano plazo, hacia una agenda con eje en el desarrollo productivo con igualación y cohesión social.

Nadie se salva sólo”

La pandemia del Covid-19 abre la oportunidad para reforzar lazos de cooperación internacional, mirando en el corto y mediano plazo, hacia una agenda con eje en el desarrollo productivo con igualación y cohesión social. Significa una oportunidad para situar intereses que ubiquen a los países más condicionados por las deudas en un frente común de negociación más favorable, haciendo un llamamiento sincero y permanente a la sustentabilidad de los endeudamientos y reclamando responsabilidad a los países ricos en el manejo de la crisis, más allá de las estrategias sanitarias que cada uno adopte para enfrentar la pandemia.

En este aspecto, valga recuperar y visibilizar la posición argentina en la última reunión del G20, instando a las principales economías del mundo para la creación de un Fondo de Emergencia Humanitaria y a un gran pacto de solidaridad global, que el presidente Alberto Fernández ilustró con la idea de que “nadie se salva solo”.

Ahora bien, esta coyuntura obliga a abrir ciertos interrogantes y consolidar argumentos que eviten optar por el falso dilema de preservar la salud o cuidar la economía. No se trata de un objetivo por otro, sino de ambos: apuntalar la economía cuidando la salud y, a su vez, buscando reducir inequidades.

Interrogantes y oportunidades para políticas de reducción de las desigualdades

¿Es posible pensar que el colapso económico que a nivel global está desencadenando el Covid- 19 pueda contribuir a cierta disminución de las desigualdades en el mundo, por ejemplo estimulando la cooperación entre los países del sur para diagramar una agenda de políticas transversales poscrisis?

Este interrogante sobrevuela los escenarios que variados analistas pronostican acerca de qué cambiará a partir de la pandemia, mientras muchos países en todo el mundo enfrentan emergencias sanitarias que exponen como nunca sus múltiples inequidades.

La Organización Internacional del Trabajo calcula que casi 25 millones de trabajadores podrían sumarse al total de desocupados a nivel mundial ante el impacto del Covid-19 en el mundo del trabajo. El subempleo y la informalidad también aumentarían considerablemente y las pérdidas de ingresos laborales serán cuantiosas, llevando a un incremento significativo de los trabajadores pobres. América Latina se encuentra en una posición muy compleja debido a que, previo a la crisis, la región mostraba la menor perspectiva de crecimiento a nivel mundial. La CEPAL había estimado que el PIB regional podría caer 1,8% durante 2020 al inicio de la pandemia, aunque hoy ya está recalculando esa caída en un 4% o incluso más, arrastrando al mercado laboral a niveles de desempeño no observados ni siquiera en la última crisis mundial en 2008-2009.

El piso sobre el que se asientan estos procesos no es homogéneo. Enfrentamos desigualdades globales que caracterizan a naciones desarrolladas como a otras que no lo son: estados con niveles de pobreza muy altos y otros con indicadores más bajos. Los países del sur y de un sur que al mismo tiempo también es heterogéneo, deben y tienen una agenda de igualación social y de salud común en la cual trabajar.

Una cuestión a prestar atención es si la pandemia puede llegar a tener algún efecto igualador que imprima mayores equidades en esas múltiples desigualdades que transitan hoy por hoy en nuestros países, pero que dicho proceso conviva también con un persistente aumento de la pobreza. ¿Qué escenario futuro puede bosquejarse a partir del indudable impacto que la crisis tendrá a nivel mundial, sus efectos en cada país y, al mismo tiempo, cómo esta situación influirá en los niveles de pobreza y de desigualdad globales? En suma ¿puede darse la paradoja de mayor pobreza con menor desigualdad?

Los interrogantes no tienen respuesta a hoy, pero permiten pensar dos fenómenos complejos en sentido opuesto, cuando quizás en el imaginario conviven y se retroalimentan. En general, podría decirse que efectivamente el escenario más deseable es cuando ambos indicadores disminuyen proporcionalmente, con baja de pobreza y de desigualdad de ingreso en simultáneo, pero esto no siempre suele ocurrir. Hay sobrados casos de países que han experimentado saltos en sus niveles de pobreza con bajas de la desigualdad (más gente en la pobreza captando ingreso en mayor proporción a los que más se lo apropian).

Pero, por ejemplo, en el corto plazo, atendiendo a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU y al que indica que todos tenemos derecho a un ambiente sano, podría decirse que los menores índices de contaminación por el menor intercambio de mercancías a escala global constituyen un efecto igualador, en el sentido de que, al disminuir la contaminación, todos nos apropiamos progresivamente más de ese principio, empezando por los lugares del planeta más afectados por la polución. La Agencia Espacial Europea (ESA) recientemente informó que a partir del confinamiento se redujo la contaminación de aire en Europa, y que la menor actividad de las centrales eléctricas de carbón y la merma en el flujo vehicular le dio un respiro al medioambiente. Imágenes satelitales revelan que se redujeron en un 25% las emisiones de CO2 en China, tendencia ratificada en Europa a partir de las tomas que dispone la Agencia. Ese país, EEUU y Europa Occidental son las principales emisoras de gases de efecto invernadero, razón por la cual una menor actividad industrial en esas naciones tiene un efecto indudable en el ambiente.

Sin embargo, al mismo tiempo, esa caída de la actividad económica expulsa a millones de personas del mercado de trabajo, lo que tiene un efecto inmediato en los ingresos y, consecuentemente, desencadena un empobrecimiento general de las familias. The Washington Post informó recientemente que, según datos del Departamento de Trabajo de EEUU, solo en las dos primeras semanas de marzo más de 10 millones de personas perdieron su empleo, y que de una semana a la otra la demanda por seguro de desempleo se disparó de 282.000 a 3,3 millones de personas. El resultado es, entonces, un ambiente más sano pero…con mayor cantidad de pobres. Lo que promueve mayor igualdad en un punto, revierte en mayor pobreza en otro.

Transformar instituciones globales

Un aspecto a seguir muy de cerca es cómo las instituciones globales se pronuncian frente a la crisis de la pandemia del Covid-19 y sus impactos económicos, sociales y sanitarios.

El FMI y el Banco Mundial hicieron un llamamiento a los Estados a preservar las vidas de sus ciudadanos, lo que por ejemplo para los países más endeudados del mundo significaría un respaldo para destinar recursos a la emergencia sanitaria en lugar de aplicarlos a vencimientos de deuda. Es decir, organismos de cuyas políticas se han profundizado las desigualdades en todo el mundo, haciendo un llamamiento en un punto igualador: cuidemos la vida.

La paradoja reside en que la pandemia está mostrando cómo esos Estados, que deberían enhebrar esfuerzos con políticas que fomenten igualdades apostando al bien público, las profundizan sistemáticamente al punto de casi decidir quién sobrevive y quién muere, sea como consecuencia de estrategias basadas en la no estrategia (Brasil, cuyo Presidente moviliza a la población instándola a que no pare su actividad) o por haber mercantilizado al extremo su servicio de salud, como hoy se ve en EEUU donde, literalmente, quien tiene capacidad de pago es quien salva su vida.

Tenemos un reto central actual y por delante en el que no bastarán sólo las políticas nacionales de los Estados para transformar los múltiples impactos de esta pandemia global. En regiones tan desiguales como América Latina, o en nuestro propio país mirando al conurbano bonaerense o a territorios de comunidades rurales, los aditivos de inequidad preexistentes y ahora acentuados por la crisis del Covid-19 constituyen un punto de partida inevitable a la hora de pensar cualquier intervención. La agenda de la cooperación Sur-Sur en este marco se impone con estrategias dinámicas y transversales.

Parece claro entonces que enfrentar una pandemia de características tan agresivas exige coordinación global para encontrar una vacuna lo antes posible y cooperación internacional para ponerle fin, mientras que la cooperación entre los países del sur puede permitir la puesta en común de agendas compartidas que le den más humanidad y justicia social al duro proceso de reconstrucción económica que se avecina para sus pueblos.

(*) Coordinadora Académica del Diploma Superior en Desigualdades y Políticas Públicas Distributivas de FLACSO Argentina.

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