El protocolo, un ordenador que hacía falta a la sociedad argentina

Opiniones

El coronavirus trajo consigo una "democratización" de la palabra y la práctica del "protocolo".

El coronavirus, ha traído consigo una expansión o una “democratización” de la palabra y la práctica del "protocolo".

Según el diccionario de la Real Academia Española –RAE- hay varias acepciones para la palabra “protocolo” pero hay dos que más se ajustan a lo que queremos expresar en esta nota. Acepción Rae 3. m. Conjunto de reglas establecidas por norma o por costumbre para ceremonias y actos oficiales o solemnes. También la acepción 4. m. Secuencia detallada de un proceso de actuación científica, técnica, médica, etc.

Antes de la pandemia del coronavirus, para los argentinos la palabra protocolo era casi desconocida, o era de otros, de ciertas elites. Rara vez, o digamos casi inexistente en una charla de café. Mucho menos se mencionaría en una reunión familiar o de amigos.

El protocolo, sin dudas, era algo reservado a los actos oficiales o rozaba nuestros oídos alguna cuestión de los escribanos, lo notarial. Vale preguntarse, ¿no será que viene bien a la sociedad argentina, entrar en una lógica para hacer las cosas, es decir, un protocolo?

La masificación y comprensión del protocolo está entre las pocas cosas positivas que trajo la crisis sanitaria del coronavirus, si es que esta algo bueno podría dejar. Porque es cierto que hubo cambios de hábitos y conciencia colectiva respecto del cuidado de la salud. Lavado de manos, distancia social, entre otros. Aunque hubiera sido mejor que todo ello, podría haber ocurrido, sin la espada de Damocles del contagio de un virus, que nos puede llevar a la muerte.

Cuando los argentinos viajamos a Estados Unidos, Europa o países Sajones, volvemos maravillados por el orden que hay en esas sociedades. Eso que no vemos y nos maravilla de esos países, es que en esos allí las cosas o casi todas las cosas, se hacen bajo protocolos. El protocolo, directrices de procedimientos, modo de hacer estandarizado, es algo totalmente nuevo para los argentinos. Y algo muy conocido y utilizado por las sociedades más avanzadas y desarrolladlas del mundo.

Esas son sociedades de educación extrema, pero no de educación en términos de conocimientos, sino en términos de cómo se vinculan las personas, de cómo la gente se mueve en el espacio público. En esos sitios, siempre se mueven recordando que hay otros, además de uno, la gente no anda por la vida como se dice popularmente al “tun tun” y cada movimiento y cada cosa, se hace con atención, reglas y concentración simplemente con protocolo. Porque como dijo el gran escritor José Narosky: “Vivir es un oficio para especialistas".

La sangre latina, el abrazo y el beso, la calidez que nos caracteriza, entran en crisis tras la pandemia. Y si bien es cierto que nada será igual tras el coronavirus, seguro que esa calidez tampoco será igual en nosotros. Porque quedará en la memoria colectiva de nuestra gente, el reflejo condicionado del protocolo, del orden y del distanciamiento social que trae de la mano la idea de que no vivimos solos, ni estamos solos en este mundo. Hay otros, con los que convivimos, que tienen los mismos derechos y obligaciones que nosotros, en lo que al uso del espacio público se refiere.

Será que llegó la hora de tomar lo mejor de los sajones, los europeos y los norteamericanos. Será que tras la pandemia sigamos siendo cálidos pero a con una cierta distancia y un orden necesario, organizador de las conductas individuales y de la sociedad. A veces la calidez en exceso corre el peligro de que el límite se borre, a veces demasiada cercanía genera confusión en las personas y hacen daño institucional a nivel social. La excesiva calidez es tan tóxica para una persona y uno sociedad como la anomia que es la falta de normas, para una sociedad.

Vivimos una guerra contra el Covid-19, una guerra contra un enemigo invisible, un enemigo que definió en de forma perfecta la Jefa de Infectología del Hospital Muñiz “un enemigo desleal”. Y seguramente, esta guerra la ganaremos los argentinos unidos, aunque volviendo al gran filósofo y escritor José Narosky, “de las guerras no hay soldados que vuelvan sin heridas”.

(*) Lic. Comunicación Social UBA- Consultor en Comunicación

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