La falopa y el lenguaje inclusivo

Opiniones

Este jueves la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires aprobó el lenguaje inclusivo para sus alumnos de grado y de posgrado.

Según la Real Academia Española, la palabra falopa es un sustantivo coloquial, de uso extendido entre Uruguay, Chile y Argentina, y sinónimo de estupefaciente.

Quienes crecimos en la década del ochenta, lo hicimos escuchando y utilizando la palabra falopa en ese sentido. Falopa se cantaba en el rock, se pedía en las calles, se murmuraba en los boliches y se le escapaba de la boca al Dr. Miroli de vez en cuando al condenarla (millennials recurrir a google). Falopa era droga, y ya sea el que la combatía, el que la ofrecía o el que la demandaba, usaba el sustantivo con la seguridad absoluta de que lo iban a entender. Nadie corría ningún riesgo de pedir falopa y que le diesen un cucurucho.

El origen de falopa es difícil de hallar. Algunas referencias se quedan en la afirmación conservadora de que simplemente viene del lunfardo porteño. Otras, más ambiciosas, la relacionan con un vocablo italiano medieval en desuso e incluso con alguna etimología perdida del latín. Pero acá comienza lo interesante:

En los últimos meses la palabra falopa comenzó a usarse con otro significado que, paradójicamente, le es mucho más propio, según aquellas etimologías arriesgadas. Si el lector se concentra en las últimas oportunidades en las que escuchó falopa en una frase, seguramente recordará haberlo hecho en el contexto de algo fantasioso, berreta, mentiroso o iluso. “Esa encuesta es falopa”. “El dólar a doscientos antes de fin de año es falopa”. “Mi primo dice que va a dejar el laburo para ponerse un bar en la playa, falopa”. La falopa ya no es (solo) droga, es falsedad.

Lo llamativo es que falopa alguna vez significó (también) eso, y aunque la RAE no recoja esa acepción al incorporar la palabra formalmente a su diccionario, ésta parece haber emergido de la nada con la misma fuerza y vitalidad con la que, tal vez, surgió siglos atrás, incorporando evidencia a aquella afirmación de Adam Ferguson de que los fenómenos sociales no son tanto producto del designio humano, como de su mera acción espontánea.

Así como hace poco tiempo falopa cambió de significado, o recuperó uno perdido, también en los últimos meses comenzó a aparecer en nuestro diálogo diario la expresión “lenguaje inclusivo”, para denominar los intentos de ciertos grupos por vaciar de un supuesto sesgo de género al lenguaje cotidiano.

La intención de este artículo no es resaltar la pertinencia o no de estos intentos. Sí busco señalar que la estrategia de estos grupos se ha centrado las más de las veces en conquistar los espacios de difusión formales, presionando para su validación a instituciones como la RAE, o al sistema educativo, desconociendo mucho de lo que hoy sabemos sobre el lenguaje desde el campo científico. Noam Chomsky, por ejemplo, señaló el carácter innato de los procesos de adquisición del lenguaje y su naturaleza ontológicamente competitiva, Albert Bandura lo relacionó íntimamente con nuestra capacidad de aprendizaje social, Roediger y McDermott lo estudiaron en el marco del fenómeno de priming, un tipo de memoria que facilita la adquisición de vocabulario de forma no consciente, y el premio nobel de economía, Friedrich Hayek, lo tomó como un ejemplo práctico de la evolución espontánea de las instituciones sociales.

Si me pidiese el lector que resumiese en una sola expresión orientada a estos grupos, todo este saber, les diría: hablen y escriban, como quieran, pero no presionen ni busquen herramientas para presionar. Justamente porque el lenguaje es adoptado más fácilmente cuando el ser humano aprende sin darse cuenta, que cuando se lo quieren imponer por la fuerza. Como sucedió con falopa.

Los argentinos, en tal sentido, nos hemos convertido en una sociedad con pretensión corporativa, en donde la pugna por hacer prevalecer inmediatamente nuestros gustos, intereses y pareceres, está mediada por el combate permanente por la adquisición de algún palenque formal en el que rascar con certeza nuestras ambiciones, y por el desprecio absoluto de cualquier fenómeno espontáneo o evolutivo.

Semanas atrás escuché una nueva expresión de parte de un amigo para señalar esta tendencia tan argentina: “Intentan mojar el pancito”, me dijo, mientras señalaba a otro grupo corporativo que reclamaba en un corte de calle una regulación estatal favorable.

Ojalá este tipo de expresión, también pueda evolucionar.

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