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En tanto, el aumento de nuestras exportaciones en los últimos años ha sido mayormente en productos primarios y manufacturas de origen agropecuario, donde competimos con los brasileños. Esto implicó venderles más a otros países, como las rampantes naciones del Este de Asia, que son las que necesitan y están dispuestas a pagar más por lo que nosotros exportamos.
Esto nos lleva a otro tema, ¿qué maximiza el bienestar de los argentinos? Lo mejor para nosotros es venderles lo que podemos exportar a los que estén dispuestos a pagarlo más caro y, con esas divisas, comprarles aquello que necesitamos del exterior a los que nos lo puedan vender más barato. Sería mucha casualidad que nuestros compradores y vendedores ideales vivieran en el mismo país. Además, cada uno de nosotros no les compramos lo que necesitamos a los que les vendemos nuestro trabajo, servicios y productos en la misma proporción en la que nos adquieren lo que ofrecemos, porque no nos conviene. ¿Por qué sería conveniente para el conjunto del país?
Por eso es muy tonto ponerle restricciones a las importaciones desde Brasil. Lo único que hacemos es obligar a traer esos productos de otros lugares en donde nos salen más caros y eso perjudica a los consumidores argentinos. En todo caso, a los únicos que beneficia es a los que producen esos bienes localmente que nos lo pueden vender a mayor precio y a los que los hacen en países de extrazona, que de otra forma no serían competitivos.
Tampoco tiene sentido subsidiar las exportaciones a Brasil. Eso implicaría abaratar los productos que vendemos al exterior utilizando recursos del Estado, que tendrían mejor uso en otras cosas, cuando hay residentes de otros países dispuestos a pagar más por esos bienes.
Entonces, ¿cómo promovemos las exportaciones? En realidad, lo primero que deberíamos preguntarnos es si conviene promover las exportaciones y la respuesta es no. No tiene sentido que los argentinos paguemos ( subsidiemos) a nuestros productores para que le puedan vender más barato a los consumidores de otras naciones. En todo caso, que nos los vendan más barato. No somos un país rico como para hacer caridad con el resto del mundo.
Por otro lado, ¿qué pasa si miramos una serie de 30 años comparando la evolución del tipo de cambio real argentino y nuestras exportaciones respecto del PBI (en términos constantes)? Vemos que las grandes devaluaciones argentinas lograron aumentar este ratio por un período muy breve y, una vez desaparecida la competitividad artificial generada por la caída del valor de la moneda, empezaba a disminuir de nuevo. Lo notable es que la participación de las exportaciones solamente creció fuerte desde 1993 hasta 2001, justo en el período de relativamente bajo tipo de cambio real, pero de gran estabilidad en el tiempo. No es casualidad; la estabilidad permite planificar y, por ende, invertir.
Si analizamos la relación entre las exportaciones y las inversiones realizadas entre dos y cuatro años antes, vemos que existe una gran dependencia positiva. Lo cual es lógico; ya que estas últimas generan aumento de la eficiencia y, por lo tanto, de la competitividad, permitiendo aumentar nuestras ventas externas. Las más beneficiadas son las colocaciones industriales, ya que es el sector menos competitivo de la Argentina y es donde la inversión genera las mayores ganancias en productividad.
Por lo tanto, si queremos beneficiar a los consumidores argentinos, tenemos que dejarnos de tratar de regular el comercio exterior.
Establecer reglas de juego de largo plazo claras y restablecer la seguridad jurídica. Es decir, que desde el Estado se respeten los derechos e instituciones preservados en la Constitución nacional y recuperar los principios republicanos de gobierno. Que cada poder (Legislativo, Judicial, Ejecutivo) cumpla con sus obligaciones y no las delegue irresponsablemente, ejerciendo (además) el control sobre los otros poderes. A partir de allí, la Argentina será un país elegible para invertir. De esta forma, incrementaremos el empleo, la producción y la eficiencia de nuestra economía. Podremos exportar más a los que estén dispuestos a pagarnos mejor y, con esos recursos, comprar afuera lo que necesitamos en donde se lo produce mejor y más barato. Así, maximizaremos la cantidad de bienes y servicios disponibles para todos los argentinos y, con ello, su bienestar económico; lo cual nos pondrá camino al desarrollo.




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