Salario mínimo: cada vez que fue récord, historia acabó mal

Opiniones

La historia del salario mínimo en la Argentina -estadísticamente hablando- arranca en agosto de 1964. Las condiciones de bonanza económica que transcurrían (dos años con crecimiento promedio de 9,7%, luego de una recesión) sugirieron fijarlo en un nivel relativamente elevado, de modo que tuviera algún efecto de «derrame» sobre las remuneraciones formales y eventualmente informales. Las condiciones económicas y políticas, sin embargo, se deterioraron, y al cabo de cuatro años el poder de compra del salario mínimo había caído 43%, un pálido reflejo de su pretensión inicial.

Desde entonces hubo dos episodios bien claros de fuerte recuperación y caída posterior más violenta aún. El primero transcurrió entre mayo de 1973 y el mismo mes de 1976: le tomó dos años para crecer 80%, pero cayó 86% en menos de un año, durante un período de muy alta inflación. El segundo episodio tiene la misma duración aproximada de tres años, y va de agosto de 1982 a fines de 1985: nuevamente toma dos años para multiplicarse por 3 en términos reales (con las recordadas intervenciones de los ministros de Trabajo Villaveirán y Casella) cayendo en un año a la mitad, para desaparecer virtualmente durante la hiperinflación de mediados de 1989.

  • Atípico

    Desde mediados de 2003 estamos en el tercer episodio histórico de fuerte recuperación del salario mínimo, que se multiplica en términos reales en estos 4 años por 3,5 veces. ¿Es mucho o poco?, puede alguien preguntarse. Se trata, por un lado, de un acontecimiento atípico (ver gráfico 1), ya que el nivel real al que se llegó sólo es superado, desde fines de los 70 hasta aquí por el transitorio y fallido intento en la primera etapa del gobierno de Alfonsín.

    Una forma de evaluar rápidamente el impacto que puede tener el salario mínimo, consiste en compararlo con el salario medio que efectivamente se está pagando: cuanto mayor esa relación, mayor es la probabilidad que se genere un «achatamiento» de la pirámide de ingresos, desvinculando los ingresos de las diferencias en calificación y experiencia de los trabajadores. Al comparar el salario mínimo con la remuneración promedio abonada en la industria -se mide el porcentaje del mínimo respecto del ingreso mediose confirma la tendencia a achatar los ingresos (ver gráfico 2). Desde hace unos meses la relación oscila entre 50 y 60%, cuando lo habitual en las últimas 3 décadas fue una relación no mayor a 30%, y excepcionalmente ubicándose en 40%.

  • Coincidencia

    Esta evolución es consistente con una fuerte presión de los otros salarios mínimos, los que se fijan a nivel sectorial, o «básicos de convenio». En algunos casos -como ya fue advertido por FIEL desde hace más de un año- se tiene que los salarios básicos coinciden virtualmente con los salarios medios formales abonados en el sector, lo que implica que las empresas han perdido toda posibilidad de definir una «política salarial», ya que la misma viene determinada exógenamente. Es particularmente el caso de la industria de la construcción.

    Desde el punto de vista macroeconómico estamos lejos de los episodios previos de recuperación del salario mínimo, que llevaron a un salto en la inflación y a un posterior deterioro de los ingresos laborales. Ello es así porque -a diferencia del pasado- hasta ahora se privilegió el resultado fiscal, y se evitó indexar la economía (en particular el tipo de cambio). Si el plan es otro, mejor que el Banco Central tome nota.
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