¿Se puede evitar que se caiga el acuerdo con FMI?
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Planes sociales y formación de capital humano
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Atención: el nuevo plazo fijo que le gana a la inflación todos los meses
Si bien hay que valorar que un gobierno de izquierda con fuertes reminiscencias setentistas haya realizado un ajuste ortodoxo del que ni la derecha de los '90 fue capaz, tampoco hay que exagerar. La suba del gasto por cuestiones sociales, más ajustes de costos por inflación, más aumento de la obra pública no supera los $ 10.000 millones en el período 2001-2003. Por lo tanto, los restantes $ 7.000 millones se podrían haber ahorrado y alcanzar a fines del año pasado un superávit primario de 4,5% del PBI en vez de 2,4% a nivel de gobierno federal. ¡Sólo bastaba con ser prudentes en épocas de «vacas gordas» y sin ningún ajuste recesivo!
Para tener una idea de lo ridículo de la propuesta oficial, basta tener en cuenta que en los últimos 15 años de reestructuraciones de deuda soberana las quitas aplicadas estuvieron en el orden de 30%/ 40% tanto en términos nominales como de valor presente, siempre respetando el pago íntegro de los intereses vencidos y no pagados. Con 50% más de superávit primario respecto de 3% del PBI oficial podría plantearse una quita menor a los acreedores, probablemente en el orden de 50% nominal y donde, además, se reconozcan los intereses vencidos y no pagados. ¡Todo con un aumento del gasto público de $ 23.000 millones y con una economía creciendo 15% respecto del piso de 2002!
Y en última instancia, si el gobierno quisiera evitar el efecto deflacionario de transferir muchos recursos al exterior, la repuesta correcta sería la misma reestructuración de la deuda que propone, pero acompañada de baja de impuestos (particularmente, los distorsivos, como cheque y retenciones) y no de más gasto público. Pero no, el clientelismo más rancio en el poder «obliga» a recaudar todo lo que sea posible para después gastarlo y así justificar su existencia. Algo así como que «te saco lo que es tuyo, pero después te lo devuelvo y, además, espero que me des las gracias». La verdad, entonces, es que el gobierno puede pagar más deuda sin ningún esfuerzo adicional y, si no lo hace, es porque no quiere, ya sea por auténtica creencia ideológica (es público que para nuestra izquierda no hay diferencia entre un ladrón y un prestamista que quiere cobrar) o, más grave aún, a sabiendas de que es peor para el país en el largo plazo, pero mejor para la elite gobernante que quiere prolongar su estadía en el poder cuanto sea posible a través de una nefasta política clientelista (hoy las encuestas favorecen este tipo de comportamiento demagógico, miope y cortoplacista).
En los mismos términos que el tema de la deuda externa, podríamos discutir otros muy espinosos en la relación con el FMI, como la renegociación de contratos y tarifas con las empresas privatizadas, la posible marcha atrás con la reforma laboral de 2000 (que en su momento fue requisito para un stand-by), la moratoria impositiva contenida en el monotributo (que viola expresamente uno de los criterios de desempeño permanentes del acuerdo de setiembre) y el proyecto de reforma de la ley de coparticipación (el gobierno tiene la intención de sancionar un proyecto que deje todo tal cual está hoy cuando Anne Krueger lo ha señalado como un sistema que no provee a la responsabilidad fiscal).
Planteando una negociación dura, pero seria con la deuda externa, se puede cerrar rápidamente un acuerdo con los acreedores. La causa de que eso todavía no haya ocurrido es la ideologización absurda que el gobierno está haciendo de un tema que tiene mucho de tecnicismo; por lo tanto, será el principal responsable si se cae el acuerdo con el FMI.




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