4 de febrero 2008 - 00:00

Torrente de datos muestra que el paciente aún respira

Ben Bernanke
Ben Bernanke
La economía de los EE.UU.: ¿se hundió en la recesión o todavía chapotea? Se pensaba que el informe de empleo de enero sellaría una respuesta. No fue así. Y no por tibieza. Ni 70 mil nuevos puestos de trabajo como vaticinaba el consenso ni 130 mil como había sugerido, dos días antes, la medición sobre el sector privado de la firma ADP. La economía destruyó ocupación. Por primera vez desde 2003 (o por «segunda», si se considera la falsa alarma de agosto luego acallada). Expulsar empleos es el santo y seña de una recesión.

¿Por qué entonces la Bolsa no martilló ese resultado con un retroceso a escala? ¿No tocó la hora de desplegar, en forma abierta, como se hizo siempre, el pabellón de un mercado «bear» (bajista) a modo de recepción oficial? ¿Por qué Wall Street escapó por la tangente? Trepó 1% el viernes y coronó una semana espectacular, con avances entre 4% y 6%. En otros renglones del informe de empleo, en la inesperada resurrección de la industria que ventiló el despacho de la ISM (cancelando el tono lúgubre de un mes atrás) y, sobre todo, en la expectativa de una solución en ciernes para la capitalización de las compañías de seguros monolíneas se encierra una explicación.

  • Sobreviviendo

  • Tomando otros cuerpos de información -los avatares del PBI y del gasto, la irrupción brusca de una oleada de pedidos de subsidios de desempleo, los latidos recuperados de la demanda de equipos y maquinarias-se puede rearmar el rompecabezas. No habrá motivos para el optimismo pero el generoso torrente de evidencia fresca no acercó tampoco las piezas que faltan para certificar la defunción del paciente. En los papeles, entrecortado, todavía respira.

    Algo se quebró en diciembre. Se oyó el estruendo de una colisión. Se confirmó, el viernes, que el consumidor puso el freno de mano en forma brusca. Pero no fue todo. La construcción agudizó el sinfín de su caída (restó 1,2 punto a la tasa de crecimiento en el último trimestre de 2007). La industria se retrajo como alertó el informe temprano de la ISM ni bien arrancado enero. La tasa de desempleo (curiosamente el indicador cíclico rezagado por naturaleza) saltó tres décimas a 5% (ahora corregida a 4,9%). El aviso original traía la postal de un aumento famélico del empleo pero una merma donde verdaderamente cuenta: el sector privado.

    La tentación de fechar el comienzo de la recesión en diciembre era, pues, irresistible. Sin embargo, el último informe laboral, desdibuja esa impresión. Recuerda, primero que nada, que no pueden montarse conclusiones de piedra sobre pilares de una arcilla tan maleable. Segundo, subraya que, si hay una recesión, no comenzó en diciembre. Tal vez, en enero.

    Por obra y gracia del procesamiento de más información (incluyendo la profunda revisión anual que se alimenta de las declaraciones impositivas) diciembre corrigió su cariz inicial: de aportar 18 mil puestos netos de trabajo a 82 mil. Esto es un crecimiento anualizado de 0,7%. Acoplado aun con una estimación modesta de productividad, el registro es compatible con una economía avanzando a 1,5%-2% al año. Demasiado rápido, podría pensarse, para un muerto que acarrea su propio ataúd al hombro.

  • Compensación

    De hecho, los ocupados que sumó diciembre se compensan con los que ahora se detecta se perdieron en octubre y noviembre. Noviembre, en particular, se ajustó de 115 mil a 60 mil y quedó por debajo del crítico diciembre. Como sea, cuando se liman los vaivenes mensuales, el debilitamiento del mercado laboral -que es lo que importa-recrudece. Y si no fue en diciembre que se traspasó el umbral de una contracción, que más da que haya sido en enero. El rastro salta a la vista: la economía devoró 17 mil empleos netos. Todos ellos en el sector público. Nadie conoce el futuro pero que EE.UU. no va a sucumbir por culpa de despidos masivos de servidores del Estado, puede darse por seguro.

    Aun así, contemplar que el sector privado haya sumado mil empleos en un mes -en una masa de ocupación de más de 138 millones de personas-es ver caer la escalera y sentir que uno tiene todavía el pincel aferrado. Una pequeña gratificación. Sin embargo, conviene no soltarle la mano. El patrón reciente de sucesivas revisiones apunta a una sistemática corrección al alza de las estimaciones originales. Así, el fatídico agosto que irrumpió con una merma de 4 mil puestos computa hoy un aumento de 74 mil. O las 13 mil posiciones canceladas por los privados en diciembre revirtieron a un incremento de 54 mil en una segunda inspección. Y, más allá de las martingalas, el procesamiento de órdenes de pago también sugiere una mejor performance.

    La firma ADP estimó una creación de 130 mil empleos a partir de tal información (con una metodología que presenta 90% de correlación con las series oficiales de empleo privado). En vista del cuadro general, quizás sean demasiados. O no. Aquí concurre la sorpresa del flamante reporte ISM que borró con el codo su descripción previa del estado de la industria. Enero fue muy alentador. La encuesta no sólo regresó a terreno expansivo: una lectura sostenida en estos niveles guardaría correspondencia con una economía creciendo a un ritmo de 3%.

    Sin embargo, no conviene engañarse. La volatilidad de los indicadores no debiera ocultar un trasfondo persistente. En los últimos dos años la economía perdió sus bríos aunque se las arregló para carretear un aterrizaje sin grandes tumbos. En los últimos meses, esa moderada expansión está en la picota. Es una ironía que Ben Bernanke que como académico tan bien describió el efecto del «acelerador financiero» -las consecuencias del recorte brusco del crédito sobre el nivel de actividad-deba lidiar con un caso práctico de tal naturaleza. Ironía y coincidencia oportuna. Con los mercados de capitales cerrados con candado para amplias gamas de productos -y posiciones en poder de los bancos financiadas sine die por los principales bancos centrales-las probabilidades de escapar ileso son contadas.

    El polvo cambia de lugar mes a mes, pero las huellas de un impacto profundo son visibles. Las cuentas nacionales confirman que el consumidor se tomó un respiro. El gasto final se desaceleró. Aumentó 1,9% en el cuarto trimestre. La producción reaccionó aun más tajante. Se sabe: el producto bruto creció sólo 0,6%. La brecha entre ambas cifras refleja la digestión de inventarios (por el comportamiento de las importaciones se puede presumir que el corte fue sesgado hacia los stocks de productos nacionales). Con crédito restringido y un horizonte nublado es normal la reticencia empresaria a apostar con audacia. La llave la tiene el consumidor. La llave y una pesada mochila. Por si acaso, el mundo de los negocios ya comenzó el ajuste preventivo. Menos producción, menores inventarios, menores demandas de empleo. De paso, son menores necesidades de capital y más autonomía. No es casualidad que la política económica, entonces, enfoque hacia allí sus cañones. Y que en enero despachara, por primera vez, munición de grueso calibre.
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