Tropas al Líbano: el gobierno hace política exterior de "pago chico"
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Un estadista toma sus decisiones según su propia evaluación del interés nacional en cada oportunidad concreta. Definirse en base a lo que un antecesor hubiera hecho o dejado de hacer configura, en el fondo, una grave carencia de criterio propio y la suprema ironía de que quien en realidad le fija la agenda es el fantasma del mismo adversario del cual se procura diferenciar.
Prevenirnos de otro ataque terrorista. El terrorismo no triunfa sobre sus víctimas cuando masacra personas o vuela edificios. Su verdadera victoria deviene cuando el miedo nos invade y ajustamos nuestra conducta al temor, permitiendo que sean ellos, los terroristas, los que nos fijen nuestra política exterior. Ahora, además, estamos ayudando a impulsar en Naciones Unidas una línea de acción que permita a Irán desarrollar armamento nuclear no controlable por el sistema de Naciones Unidas. ¿Qué seguirá después? El poema de Bertolt Brecht, lo más probable.
En esa dirección, poco falta para que decidan anular los acuerdos de Malvinas y emprender con bombos y platillos un glorioso retorno al Movimiento de Países No Alineados, que desde el 11 de setiembre se reúnen en Cuba.
No acompañar a Estados Unidos. Para quienes observan la realidad sin distorsiones de estudiantina ideológica,la coincidencia o no con los demás gobiernos del mundo dependerá del siempre cambiante cuadro de situaciones puntuales. Para tomar ejemplos a la mano, Brasil no se suma a esta convocatoria como tampoco accede a la presión norteamericana en el voto sobre Cuba o las patentes medicinales. Pero sí se alió con Washington nada menos que en la Segunda Guerra Mundial y después en la Guerra Fría. Estudia sus intereses y decide según el caso. Francia, tan antinorteamericana, se opuso vehementemente a acompañar a Estados Unidos en la desastrosa aventura de Irak pero está enviando miles de soldados a esta misión al sur del Líbano.
Hacer antinorteamericanismo militante resulta tan absurdo como el seguidismo incondicional. En realidad, es lo mismo, desde signos opuestos. Quienes condenan a los noventa por una supuesta conducta subordinada pueden terminar cometiendo el mismo error desde el otro extremo: el mal que efectivamente se causa a los intereses nacionales acaba siendo equivalente al que se procura demonizar.
Este tipo de actitudes conforma una política exterior facciosa, del todo comparable a la de nuestras dictaduras militares, con las que tanto enlaza por la doctrina: en Naciones Unidas estamos votando hoy sobre Cuba exactamente igual que Fidel Castro votaba protegiendo de inspecciones a Videla y Pinochet cuando los derechos humanos que se violaban eran los nuestros. Poco se sabe, siguiendo con la ONU, que, al recuperar la democracia, de ciento cincuenta y ocho estados miembros, la Argentina venía siendo, durante años, el cuarto país que votaba más en contra de Estados Unidos. Sólo Sudán, Yemen y Cuba nos superaban. En plena Guerra Fría, Kadafi votaba más en acuerdo con Washington que nosotros. La Argentina sólo coincidía con EE.UU. en 12,5%, mientras Brasil o Chile rondaban el doble y la España de Felipe González pasaba de 50%, con Francia e Italia en casi 70%. Así se construyó, durante años, una política exterior facciosa que nos aisló del mundo hasta terminar generando la catástrofe de Malvinas. En los ochenta y los noventa la revertimos, pero ahora tomamos decisiones que parecen regresarnos, también en este tema, al más crudo setentismo. Filocastrista, además.
El mundo está hegemonizado por los Estados Unidos. La mejor forma de balancear ese pernicioso desequilibrio pasa por fortalecer la diplomacia multilateral y apuntalar a las decisiones de las Naciones Unidas, organismo al cual recurrimos, por ejemplo, para reclamar por Malvinas y cuyo Consejo de Seguridad integrábamos cuando se resolvió enviar tropas de paz al sur del Líbano.




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