Victorias pírricas
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El ejemplo más patético de este pensamiento es la política implementada por su gobierno en materia de comercio interior y -en especial- lo recientemente ocurrido en materia de control de precios y descabezamiento del INDEC con el único objetivo de que los índices de precios y la tasa de inflación no arrojen sombra alguna sobre su proyecto político. Cuando la realidad indica que, como consecuencia de la reactivación económica -que es cierta-, de un grado de impericia en el manejo del Presupuesto y del gasto público, de la falta de inversión genuina en cuestiones estructurales y -finalmente-por la coyuntura internacional en materia de «commodities», se disparan los precios y se produce una incipiente crecida inflacionaria, el gobierno se pone nervioso y, en lugar de buscar soluciones al problema, se intenta implementar paliativos « cosméticos» que hagan parecer que nada de esto está ocurriendo. Esto no es más que una forma de negarse a asumir la realidad y de obrar en consecuencia.
Así, si el índice de precios mide alto, lo mejor es modificarlo por órdenes superiores. Si aún así no se consigue esa modificación en el grado esperado porque la estadística es una ciencia exacta que no permite tal manipulación, pues entonces habrá que despedir a los actuarios que elaboran el índice que nos molesta. Si la carne sube de precio porque la demanda internacional se incrementa, pues entonces prohibamos las exportaciones de carne; si el precio del trigo sube, detengámoslo artificialmente y esa suba en el valor de mercado del bien compensémosla con un subsidio, de modo que el precio aparente siga intacto y no afecte el índice; si la medicina prepaga aumenta, disimulemos esto implementado un sistema de «copagos». Así, en el índice oficial el precio será el mismo, aunque el consumidor deba pagar más por el servicio; y así sucesivamente. Para los casos en los cuales esto no pueda arreglarse de este modo, existirá siempre la posibilidad de utilizar mecanismos oficiales de premios y castigos -amenazas incluidas-para disuadir cualquier intento de rebelión en el mercado. Con estas pequeñasbatallas, el gobierno del presidente Kirchner va derrotando el «índice» de inflación bajo el mismo sistema con que ganaba las batallas Pirro. Una victoria para las noticias, la prensa y el público a un costo tan enorme que hace perder totalmente el sentido del triunfo invocado. En el caso argentino, el triunfo aparente del presidente Kirchner sobre el «índice» de inflación no ha sido tal.
Han quedado en el camino como caídos en la batalla la confiabilidad de los índices futuros de inflación -que permanecerán por mucho tiempo sospechados de manipulación por los nuevos funcionarios-; los precios que figuran en las listas -que dejarán de ser referentes para el mercado-; las estadísticas sobre consumo, empleo, crecimiento y comportamiento del mercado -sospechadas también de amigable elaboración-; los reclamos de los diversos sectores de la producción y de los servicios que deben ser resueltos -pues faltarán parámetros objetivos y confiables de referencia para la toma de decisiones-, y hasta la renegociación de los futuros aumentos salariales y convenios colectivos, ya que los índices oficiales no podrán ser utilizados para evaluar correctamente la situación.
A todo ello hay que agregar el desconcierto y la desazón que esto producirá en la población debido a la próxima aparición de todo tipo de índices y estadísticas paralelas que sólo traerán preocupación y angustia al hombre común que no sabrá a quién creerle. ¿Era todo esto necesario para poder conseguir algunas décimas de menos en las mediciones? ¿A qué teme tanto el gobierno? Hace falta hoy un poco más de realismo al encarar los problemas estructurales y de fondo de la Nación. La inflación y los problemas o desajustes que puedan presentarse en el ámbito la economía no se solucionan matando al mensajero, cambiando los índices, ni amenazando a los productores y comerciantes con un revólver sobre la mesa. Lo que pueda conseguirse por estos métodos no son más que victorias pírricas.



