Adriana Mateo. la experta en fotografías de músicos de jazz en todo el mundo.
Flor Moya
“Hay músicos que tienen un misterio especial. Y hay algunos que son más amigos de la cámara que otros, que son más reservados”, dijo a este diario Adriana Mateo. “A mí, desde el principio de mi carrera, me interesó retratar a las grandes leyendas del jazz y descubrí que, para ir de gira con un músico, tenés que ser uno más de la banda, de hecho en general eso es lo que piden. Y por eso, sobre todo siendo mujer, o sea en general la única mujer entre un montón de hombres, tenés que ser invisible, y sacar las fotos sin perturbar en absoluto la actuación de los músicos”.
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La argentina Mateo, considerada una de las máximas fotógrafas de músicos de jazz del mundo, con premios en museos tanto en Estados Unidos como en Italia, está en Buenos Aires para presentar su nueva muestra, ya exhibida en el exterior, sobre el desaparecido trompetista ganador del Grammy Roy Hargrove, de quien fue su fotógrafa personal durante 10 años, forjando una gran amistad. “No me gusta hablar de mi vida privada pero lo cierto es que cuando una alcanza una cercanía como fotógrafa también se forma un vínculo personal, algo que me ha pasado trabajando con muchos músicos pero especialmente con Roy, a quien acompañé en la que fue su ultima gira”.
La decena de retratos del colaborador de Sonny Rollins y muchos otros músicos legendarios podrán verse en el bar del Club Bebop de Palermo, donde tuvo lugar el diálogo con este diario con Mateo, docente en la Universidades de Columbia y NYU de Nueva York y también, entre otras cosas, lee y escribe música y estudió cine con uno de los grandes directores de fotografía del Hollywood de los años 80, Andrew Laszlo, el hombre detrás de la cámara en clásicos de Walter Hill como “Los guerreros”, “Calles de fuego” y “Southern Comfort”, y de la primera y excelente “Rambo” de Stallone. Y algo sobre trabajar con músicos le debe haber enseñado, ya que fue el director de fotografía en la filmación de los Beatles en el Shea Stadium.
“Laszlo vivía muy lejos, en Maine, y para estudiar con él había que quedarse seis meses ahí, y como siempre yo era la única mujer. A él le gustaba mi estilo de iluminar a media luz, el uso del claroscuro que de algún modo heredé de mi padre, el director de fotografía del cine argentino Roberto Mateo. Los músicos son gente especial que tiene un trabajo con horarios y demandas especiales, y eso no va sólo para los del jazz, sino también para los del tango y sobre todo para los del rock, que por algún motivo suelen ser los que más exteriorizan su modo de vida. Yo nunca tuve que fotografiar nada no se vinculara con la música, digamos que nunca estuve en un concierto donde falte un artista por algún exceso. Sí he tenido desafíos al fotografiar a artistas encumbrados desde hacia años y estaban de vuelta de todo, y sólo tocaban porque era su cumpleaños o algún evento parecido, o porque se les daba la gana. Y solían ser gente protegida por su círculo íntimo, como el caso de Dave Brubeck, que tenía una familia hermosa que lo cuidaba muchísimo. Igual que la de Sonny Rollins”.
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La última foto que le tomó a Roy Hargrove antes de su muerte. Ella fue su fotógrafa personal durante una década.
Si bien Mateo ha retratado a todos los grandes, como Ron Carter, Chick Corea, los Marsalis, Jimmy Heath, Wayne Shorter, Lee Konitz o Herbie Hancock –”con quien me llevé muy bien dado que ambos somos budistas”-, los que le pidieron misiones imposibles fueron Sonny Rollins y el pianista Cedar Walton: “Rollins tocaba en el festival de jazz de Umbria , Italia, donde yo era la fotógrafa oficial. Creo que fue su última presentación en vivo. Lo cuidaban muchísimo, al punto de que cuando fui al backstage, no había absolutamente nadie salvo Rollins y sus músicos y algún ayudante. Le expliqué que yo era la fotógrafa y que necesitaba su permiso para sacar la foto desde el pozo, debajo del escenario durante el show. El respondió algo que me aterrorizó y me hizo sudar toda la noche: ‘Si yo la miro a los ojos desde el escenario, entonces puede sacar la foto’. Fui al pozo y empecé a sudar de nervios, éramos 50 personas todas apretadas, no había modo de que él me fuera a mirar a los ojos. Sin embargo en un momento del concierto lo hizo, puso su mirada en mí y como que posó para una foto que, no se bien cómo, pero logré sacar bien. Con Walton fue más complicado, porque era un tipo muy seco, no era muy halagador ni comunicativo. Estábamos en Washington en un club muy chiquito, donde no había lugar para nada, mucho menos en el escenario, y él me pidió especialmente una foto desde atrás del piano para que se lo vea a el y al público. Y yo lo hice pero casi no podía respirar, agachada detrás del piano para que se viera el publico, porque ya expliqué que siempre tengo que ser invisible. Entonces, la gira siguió en el Village Vanguard, aun más chiquito, y con la dueña, Lorraine, que tenía un carácter tremendo, y de nuevo Walton me pide la foto desde atrás del piano, y si me veía Lorraine habría hecho un escándalo, pero saqué así la foto y haciéndole una seña al contrabajo para que me cubriera. Después, cuando vio las fotos, Cedar se rió delante de mí y dijo que todo era una broma, pero que la verdad le gustaba saber que yo haría cualquier cosa que él me pidiera para tener la foto que quisiera”.
Según la fotógrafa, parte de ese talento para lograr la foto que quiere el músico y su don de la “invisibilidad” surgen de sus conocimientos musicales y de trabajar mucho: “por un lado, como yo leo y escribo música y toco un poco el piano y la trompeta, me conecto estrechamente con lo que están tocando, pero además voy antes a los ensayo, así se cómo moverne en el escenario sin perturbar a la banda”.
La muestra, que puede verse hasta febrero, es algo especial para Adriana Mateo. La fotógrafa ha sacado libros, además de portadas de álbumes de jazz, y sus trabajos están en galerías y museos, pero esta exhibición la toca en lo personal por su cercanía con el trompetista. “Por eso, de todas las fotos, mi favorita es la última de la muestra, que no toca la trompeta sino que esta sentado en el piano. Fue su última foto, antes de hacer un viaje y tener un ataque en el taxi al bajarse del avión”. Por último le preguntamos qué es lo principal que les enseña a sus alumnos: “les explico la técnica desde lo analógico y les pido que rompan con la cámara digital. Que uno tiene que ser el jefe de la cámara y no al revés, nunca hay que dejar que sea la cámara la que nos diga lo que tenemos que hacer”.
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