Algo parecido a una venganza
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Le va a ser difícil a Macri seguir tratando de ocultar lo que sabe: que la presión de Toma para cancelar las elecciones es lo más parecido a una represalia por su negativa a un acuerdo con el PJ tomista. Algo que para Toma fue un anhelo que siempre compartió con Carlos Menem, pero que se convirtió en una necesidad cuando Daniel Scioli le dijo adiós a la fórmula oficial del PJ porteño el mismo día cuando quedaba consagrada.
El negociador del macrismo con Toma, el dirigente Juan Pablo Schiavi, declaró el viernes pasado terminadas las negociaciones cuando el jefe de la SIDE rechazó la última condición que le planteaban para autorizar al PJ a «colgarse» de la hoy exitosa nominación de Macri. Primero que admitiesen apoyo a la fórmula completa Macri-Rodríguez Larreta (h) y echasen a las tinieblas exteriores la posibilidad de darle algún lugar a la vice de Scioli, la menemista Alicia Pierini.
Además -fue la orden de Macri a sus negociadores-, debía el tomismo bajar de la lista de legisladores a algunos candidatos que desentonaban con el perfil del jefe. ¿Para qué hacer nombres? decían ayer esos negociadores en un intento de ser discretos en la protección del sindicalista de los porteros Víctor Santamaría. Este ex belicista transita los tribunales por una cuestión de viviendas y para el macrismo esa agenda es intolerable por lo menos para una candidatura a legislador porteño. Los delegados de Macri dicen haber escuchado una amenaza intolerable: "A vos te vamos a tirar con unas carpetas".
Sin acuerdo para unir voluntades, habrá pensado Toma, ¿a quién le conviene hoy una elección? Sólo a Macri, por lo bien que lo presentan las encuestas. Es lo que pensó en su momento Patricia Bullrich y por eso pidió una postergación; también pensó eso Luis Zamora, que se queja de que se hagan tan pronto; también los radicales, que se ven hoy debajo de cualquier otro candidato.
Cerca de Ibarra se explica que al actual jefe tampoco le conviene ahora. Si fuera cierto -lo niega con el énfasis de que es capaz, que no es mucho-, estaría arrepentido de la convocatoria que firmó hace dos meses. Sí, responden en el hall de su despacho. Creyó que polarizaría con Macri y no pasó, está cuarto; no pensó nunca que se lanzaría Zamora; lo traicionó su ánimo caviloso que le impidió alianzas con Carrió o con Kirchner. Ni se animó a enancarse en una campaña anti-Menem que en la Capital siempre funciona.
Ese apresuramiento en llamar a elecciones el 8 de junio, 15 días después de la asunción del nuevo presidente, lo justificó siempre Ibarra en que debía no regalar tiempo al sucesor de Duhalde. No permitir con esa elección «de sobrepique» que el nuevo presidente tuviera el deber, o la posibilidad de presentarle un adversario propio en la Capital.
También impedir que un López Murphy, una Carrió, si perdiesen en la elección presidencial, tuvieran el tiempo de sumarse a esa pelea. O que pensara lo mismo un Daniel Scioli que aún no ha renunciado a ser el candidato a jefe de gobierno del PJ oficial y que con esta postergación puede pensar en una segunda chance.




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