28 de octubre 2005 - 00:00

¿Apoyo oficial sólo de 26,1%?

Un estudio del resultado de las elecciones del domingo pasado que realizó la CTA (sindicato de estatales ligado a Víctor de Gennaro) aporta al debate una nueva visión de la tendencia del electorado argentino. Fue realizado por el diputado Claudio Lozano, que ingresó a la Cámara en listas del ibarrismo, pero en estos tiempos está distanciado del oficialismo por la negativa a darle a esa liga sindical la personería gremial que les prometió Néstor Kirchner antes de asumir como Presidente y cuando ese sector del gremialismo era el único que lo apoyaba al santacruceño. Esa distancia puede justificar la lectura «a desgano» que hace el Instituto de Estudios y Formación de la CTA, que concluye que el vencedor de las elecciones fue el no-voto (ausentes, en blanco o impugnados) con 35%, y que el gobierno recibió en realidad el apoyo de sólo 26,1% del padrón electoral. Veamos los argumentos de este estudio, que agrega un ángulo polémico y por eso útil para el análisis de los comicios legislativos.

Los resultados de la reciente elección legislativa han sido presentados, por medios, dirigentes y funcionarios, con cierta intencionalidad. Por un lado, se habló del más alto grado de participación electoral en mucho tiempo, por otro, se habla de que la elección supone casi un plebiscito y, por lo tanto, un «cheque en blanco» para la gestión de gobierno. Sin embargo, un examen más puntilloso de los datos electorales obliga a revisar ciertas argumentaciones.

Se observa que 29% de los que estaban en condiciones de votar prefirió no concurrir. Este porcentaje es mayor al de la última elección presidencial (22%), al de 1989 (18%) e incluso superior a la elección legislativa de octubre de 2001 (26%), que marcó un punto álgido en la crisis política de finales de la convertibilidad. Está claro que lejos de disminuir, la tendencia es un aumento de las personas que deciden no asistir al acto electoral.

El 9% de los que fueron a votar prefirió no elegir ninguna de las ofertas electorales presentes. Es un porcentaje que también es superior al de las elecciones presidenciales de 1989 (5%) y de 2003 (2%), pero inferior al de la elección legislativa de 2001 (21%).

De esta manera, ya sea porque no asistieron o porque no encontraron ninguna opción válida, lo cierto es que 35,4% del padrón no definió ningún tipo de participación en las elecciones.

Por otro lado, frente a los intentos de pensar el resultado electoral como un plebiscito de la actual gestión, la información obliga a ser más cautos. La afirmación se sustenta sobre la base de los votos positivos, se computa que el oficialismo obtuvo 40,4% de los votos. Porcentaje que es ampliamente superior al del resto de los participantes de la contienda.

• Dispersión

Sin embargo, vuelve a ignorarse al conjunto de la sociedad que decidió no asistir a sufragar o que, realizándolo, optó por no elegir ningún candidato. Incorporándolos resulta que son el porcentaje más elevado del padrón (35,4%) y que el oficialismo obtuvo 26,1% del padrón. Pobre porcentaje para hablar de plebiscito, menos aún de « cheque en blanco». El otro dato para considerar es la elevada dispersión de votos. Ninguna oferta electoral (obviamente exceptuando la oficial) ha logrado superar 10% del padrón.

Debe considerarse que 35,4% del padrón que no encontró representación en los comicios tiene incorporado al porcentaje del padrón que históricamente no viene concurriendo a los comicios. Desde inicios del período democrático y hasta 1989 (fecha a partir de la cual el ausentismo empieza a crecer en porcentaje del padrón) el ausentismo se ubicó, con leves oscilaciones, en torno a 15%. Por ende, descontando este porcentaje resulta que entre los nuevos ausentes y aquellos que no votaron en blanco y/o impugnaron agrupan a 20,4% del padrón. Es decir, constituye el segundo conglomerado de significación del padrón a una distancia no significativa del que obtuviera la opción oficial.

Corrigiendo el total del padrón por los «históricos ausentes», accedemos a los porcentajes que, en nuestra opinión, se acercan más a lo ocurrido el domingo pasado
.

En síntesis, el oficialismo ha recibido un aval moderado por parte de la población, lo cual sigue indicando que la reconciliación efectiva de la política con la sociedad sólo podrá lograrse cuando los efectos materiales y concretos de una gestión de gobierno impacten (seriamente) sobre la vida cotidiana.
El hecho objetivo de que la actual actividad económica equipare los niveles de 1998, pero con situaciones sociales más graves en términos de desempleo, ingresos y pobreza, les pone límites concretos a las mejoras relativas que se observan respecto del año 2002.

Sin duda alguna, la ausencia de políticas explícitas de redistribución del ingreso y de una apuesta estratégica a un nuevo proyecto de nación industrial es la clave para modificar esta situación y reconstruir esa potente noción de futuro que históricamente tuviera la sociedad argentina. Mientras tanto,
la presentación de los datos aquí expuestos como triunfos altisonantes descansan más en los cambios al interior del propio sistema político y en la importante distancia entre el esquema electoral oficial y la dispersión de las restantes fuerzas. Lo que agiganta el triunfo oficial no es la «participación de la sociedad», sino las derrotas, a manos de Kirchner, Duhalde, Barrionuevo y Menem, así como el hecho de que prácticamente ninguna fuerza de oposición supera 10% de los votos (el radicalismo en declive apenas llega a 10,5%).

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