El despido al jefe de la Gendarmería Pedro Pasteris supuso también un huracán sobre el embajador argentino en Colombia, Martín Balza. Es que la excusa para exonerar al gendarme se respaldó en su actuación como alférez, casi adolescente, en la detención de montoneros que regresaban al país para volver a operar militarmente.
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Como es común a su actitud política -y presionado por ciertos organismos-, Kirchner echó a Pasteris. Pero, como otros recordaron, en esa misma época y en la misma zona, también actuaba Balza como segundo jefe en una zona adyacente.
Por supuesto, el ahora diplomático sostuvo que él no participó en ninguna de estas detenciones -las cuales terminaron luego en desapariciones-y, también fiel a su estilo, dijo que debían consultar a otros dos colegas que se ocupaban de cuestiones de inteligencia (y presuntamente son los que disponían de la información de los montoneros que pretendían ingresar en el país).
Sin embargo, Balza no ha salido del aprieto, al menos para defensores de derechos humanos que, quizá con alguna razón, suponen que las instrucciones militares que tenían aquellos que detuvieron a los montoneros son las mismas que disponía el propio Balza, las cuales no llegó a cumplir por un accidente geográfico y de las que hasta ahora -pese a la autocrítica pública que hizo en su momentono había mencionado.
Le cuesta mucho a Balza mantenerse indemne del pasado.
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