Blumberg: le redujeron la concurrencia pero redondeó su mejor acto
Juan Carlos Blumberg y su campaña contra la inseguridad no repitió aquellas 180.000 personas de su primer acto en el Congreso, hace dos años y medio, pero redondeó el más completo de todos los que hizo. Hubo anoche algo más de 70.000 concurrentes a Plaza de Mayo, lo cual es valioso a su causa si tenemos en cuenta las intimidaciones previas y simultáneas que tuvo para amedrentar a sus seguidores. Bastaba ver esa larga fila de ómnibus rojos de una empresa «Plaza», uno tras otro, contratados para trasladar -junto a los naranjas de colegiales y de todo tipo- a las milicias piqueteras del funcionario y activista Luis D'Elía en su «contramarcha a la de Blumberg» para meter miedo a cualquiera. Hubo valentía en los concurrentes frente a tal clima -mucho más que cabezas de ciertos sectores productivos que por temor a represalias del gobierno no concurren ni a las disertaciones de Roberto Lavagna, por ejemplo- pero hubo paz, sin agresiones desde los 3.000 llevados al acto piquetero. Tampoco aparecieron anoche los activistas de «Quebracho» en Plaza de Mayo y los encapuchados con sus amenazantes palos. ¿Será cierto que financia a este grupo el venezolano Hugo Chávez? Si hubiera habido disturbios y corridas terminaba el acto de anoche en masacre por la cantidad de mujeres -probablemente más que hombres allí- y gente mayor. Sorprendió la cantidad de mayores desmayados por el esfuerzo de la espera y por la larga recorrida de cuadras caminadas, porque entre policías y los ómnibus de D'Elía aislaron desde lejos la Plaza, como no había sucedido en otros actos más libres de este emprendedor contra la inseguridad delictiva (a la que agregó ahora sacar de su decaimiento la lucha antidroga, destinar más fondos a cárceles en lugar de «trenes bala», urbanizar las villas de emergencia, empezando por censarlas y permitirles votar jefes porque hoy «hay que pagar peaje a los delincuentes», denunció la oradora Emilse Peralta, madre del chico asesinado Diego). El temor previo alejó muchos jóvenes trabados a concurrir por padres temerosos cuando para otras protestas salían desde los colegios. Desde el momento en que Blumberg aconsejó en su alocución «saber votar», el acto fue también político. Más aún cuando el más duro y por momentos brillante discurso de la noche fue del rabino Sergio Bergman quien dijo que «a la democracia se la quiere hacer formal... hay una monarquía constitucional... la Constitución es un mamarracho para perpetuarse en el poder». Este orador judío -comunidad muy enojada porque sus actos de calle son atacados por «Quebracho» con pasividad policial mientras que los islámicos se hacen con normalidad- desarrolla su accionar en villas de emergencia y pertenece a la sinagoga Libertad de la Capital Federal. La Iglesia Católica prefirió resguardarse en su propia lucha por las instituciones y mandó un sacerdote de sermón dominical. Blumberg tuvo un discurso mesurado, respetando mucho al presidente Kirchner en sus palabras y frenando gritos hostiles. Puso al descubierto que no fue atendido en los celulares de los ministros Aníbal y Alberto Fernández. Sobre todo el primero es el de más frecuente contacto oficial y debe estimarse un error político del gobierno, aunque no le gusten los actos de este padre de hijo asesinado. Sólo le atendió el teléfono Daniel Scioli que no tiene poder de ejecución. Pero el gobierno le evitó toda violencia y no presionó a Jorge Telerman para que no le levantara el palco y le facilitara, como en todos los actos anteriores, equipos técnicos de sonido (aunque para ironizar obreros que los instalaban los probaban con la marcha al Che Guevara de Carlos Puebla). Frente a la indiferencia de los trasladados en la «contramarcha» a 5 cuadras de D'Elía, hasta repudiado por el Nobel Adolfo Pérez Esquivel, que se retiró para no mezclarse, el de Blumberg fue un acto perfectamente organizado. Comenzó con el Himno Nacional que los piqueteros en el Obelisco se lo olvidaron y cantaron a capella algunos desde la calle. En el acto de Blumberg se recordó hasta las víctimas del avión de LAPA caído hace años. Se agradeció a la Policía Federal, a la prensa (que no lo aisló salvo el canal oficial «7» de televisión), a la concurrencia de asociaciones vecinales, de víctimas de violaciones. Blumberg atacó con nombres. El de Alejandro Slokar -un subsecretario de Justicia puesto por Eugenio Zaffaroni para modificar hacia la delincuencia al Código Penal- estuvo justo y lo aplaudió la multitud. Rechiflaron cuando lanzaba Blumberg nombres bonaerenses que demuestran bastante su intencionalidad política en ese territorio, como el de León Arslanian que depuró bastante la Policía Bonaerense, aunque tremendo conglomerado siga siendo un templo de inseguridad. También rechiflaron al gobernador Felipe Solá, que se buscó la mención por atacar en estos días a Blumberg cuando no le correspondía. En estos temas Blumberg entra en una interna oficial: le hablan mal de gobernados aspirantes políticos a suceder a Solá. Las mejores frases de Blumberg fueron: «Esta es la Plaza de todos... si lograron superpoderes y el Consejo de la Magistratura pueden lograr la seguridad... Los derechos humanos son para todos... respetar siempre al presidente de la Nación... No puede ser que nos insulten y amenacen por pedir que se cumplan las leyes... Nosotros traemos propuestas y no las pudimos hacer llegar en petitorio al Presidente a quien le correspondía conocerlo primero». A 6 cuadras los oradores de D'Elía -y él mismo- habían dejado el Obelisco envuelto en insultos hacia los peticionantes de seguridad pública, periodistas, políticos y desde ya el propio Blumberg. D'Elía en su dolor por el asesinato en riña privada de uno de sus comandantes piqueteros tomó una comisaría y ahora le reprocha a Blumberg que desde el asesinato brutal de su único hijo haga un simple acto.
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La mejor evidencia de la sensación opositora que se vivió en el acto fueron los silbidos que se escuchaban cada vez que Blumberg nombraba al Presidente o a algún funcionario público -especialmente Felipe Solá y Leon Arslanian-, gestos que el padre de Axel trataba de acallar inmediatamente, en un ejercicio similar al que pudo verse en otros actos. Pero a cada silbido contra Kirchner volvía a repetir: «No; hay que respetar al Presidente, hay que ayudarlo, porque si a él le va bien, nos va bien a nosotros».
No pareció que Raúl Castells, que adhirió a la convocatoria de Blumberg, aportara una cantidad significativa de militantes. Aparte de su presencia sólo pudo verse un grupo de no más de 20 personas con algunas pancartas que rezaban: «La mejor seguridad es trabajo para todos» Los peronistas opositores Cristian Ritondo y Marina Cassese fueron sin banderas y portando su vela. Más cerca del palco se ubicaron los macristas Jorge Enríquez, los diputados Paula Bertol, Esteban Bullrich, Eugenio Burzaco, Pablo Tonelli, Martín Borreli, Daniel Amoroso y con ellos Diego Guelar. Todos permanecieron sin intentar protagonismos, como también lo hicieron Mauricio Macri y Ricardo López Murphy, a los que casi no se pudo ver en el acto. También el radical Nito Artaza. Un poco más lejos se mostraba Cecilia Pando.




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