El presidente de la Nación expresó que el sindicalista sin dominio de gremio petrolero en Santa Cruz Mario Navarro «no es violento, lo conozco». ¿Puede no serlo un dirigente que lidera un grupo que dispara 130 balazos contra una comisaría, se desplaza con fusiles con mira telescópica para ser más certero, hieren de un balazo (por la espalda, además) a un joven policía y ya caído le parten el cráneo con un hierro y lo matan. Más algo similar con el cuñado del ganador legítimo del gremio en elecciones a quien encuentran tirado en una zanja? Ningún pacífico es cabeza de un grupo de esas características.
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La defensa del orden no se hace con barbarie y encarnizándose con el adversario doblegado a nivel de arrebatarle sus hijos como sucedió en los '70, es cierto. Pero es inhumano para un gobernante forzar a permanecer a policías, que son ciudadanos cumpliendo su deber, encerrados en una comisaría y obligarlos a defenderse con simples balas de goma frente a violentos armados con plomo que los acribillan desde afuera.
Alentada toda la izquierda por el progresismo para llegar al poder era inevitable que los ultras -como muchos del progresismo lo eran antes- alienten más que nunca la esperanza de implantar una dictadura, una «Cuba argentina», frente al relajamiento evidente de los resguardos institucionales. Para el trotskismo y marxismo gozar de los beneficios del Estado no es meta, sino destruirlo. Eso los diferencia.
No entenderlo así por el gobierno es caer en aquella gestión del primer ministro Neville Chamberlain de Inglaterra que cuando Adolfo Hitler invadió Checoslovaquia, en 1939, inauguró la estrategia politica del «apaciguamiento», o sea no darle importancia a la violencia creyendo que se consumiría sola. El «chamberlismo» costó luego 60 millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial.
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