Chequera mata disidencia: los ex radicales K regresan a Kirchner
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Arturo
Colombi
Pero en los despachos de los ministros Florencio Randazzo y Julio De Vido, Colombi dejó una lista larga de pedidos adicionales: 800 millones de coparticipación adicional, obras viales y la regularización de una antigua deuda por la represa de Salto Grande.
Un día antes, el correntino había dado su muestra de cariño: mandó a sus diputados a levantar la mano para prorrogar la Emergencia Económica y la ley del cheque. Fueron votos esenciales para el oficialismo, que superó el quórum por apenas seis avales.
Ahora, la Casa Rosada va por la figurita más difícil: Eduardo Brizuela del Moral, gobernador de Catamarca, históricamente el más esquivo a mostrarse con los Kirchner. Un dato: se negó sistemáticamente a participar, aun en pleno furor concertador, de los shows K.
Pero la caja es el mejor antídoto contra las rebeldías: Brizuela tiene todavía pendiente la firma del PAF por unos 300 millones de pesos y espera, luego de una larga temporada de sequía de obras, que vuelvan los obradores y los anuncios a su provincia.
A pesar de su mansedumbre característica, Brizuela tiene algunos apuros: de números, por un lado; políticos, por otro. En marzo, Catamarca es la segunda escala electoral de la temporada que inició, el domingo pasado, Gerardo Zamora en Santiago del Estero.
El tema fiscal lo explicitó unos días atrás, en su visita a la Casa Rosada, el ministro de Economía catamarqueño, Mamerto Acuña. Lo escucharon, pero antes de firmar cualquier papel le pedirán un menú de condiciones. Otra vez, los caminos conducen al Congreso.
En tanto, la elección de marzo es la previa de la legislativa de octubre, donde Luis Barrionuevo, desde el PJ disidente, buscará renovar como diputado. Kirchner y Brizuela comparten un temor: que, separados, faciliten una victoria del dirigente gastronómico.
Con Colombi en camino y Brizuela en proceso de amansamiento, la Casa Rosada considera que cierra el círculo del cobismo sin Cobos al menos en la etapa de gobernadores. Ya tuvo, el domingo, su festejo con Zamora en Santiago, al que subió a otro todavía K, Miguel Saiz, de Río Negro.
El tercer jugador de ese equipo cambiante es Maurice Closs, mandatario de Misiones, que parece haber despertado, tardíamente, a una desenfrenada fe kirchnerista.
La próxima etapa apunta a los intendentes. Hay un núcleo duro, sobre todo bonaerenses, a los que Kirchner se resiste a levantarles la condena: Mario Meoni, que fue en algún momento un mimado K, ahora aparece enemistado al extremo con la Casa Rosada.
Ni siquiera su vínculo amigable con Sergio Massa -Meoni estuvo, incluso, en su jura como jefe de Gabinete- le alcanza para acortar distancias con el gobierno. Es más: una de las tareas que Kirchner dio a Oscar Parrilli es animar una furiosa embestida K contra el juninense.
La política del látigo, que presume ejemplificadora, Kirchner la ejecuta mientras la cuestiona en otros caciques territoriales: mandó, por caso, a un operador modoso a conquistar alcaldes de un gobernador de trato sinuoso con la Casa Rosada.
Un peronista del sur, Mario Das Neves, chubutense que quiso inaugurar el poskirchnerismo, conoce en carne propia el rigor de esa estrategia K.




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