Cobos, otro corredor para puesto que más fantasías crea en el poder

Política

Los creyentes en esta teoría de la conspiración son muy capaces de sentirse alentados por el dato de que, después del actual vicepresidente y candidato a gobernador de Buenos Aires, Daniel Scioli, el número 2 mentado para secundar a Cristina de Kirchner es Julio Cobos, quien alterna la gobernación de Mendoza con su condición personal y hobbística de «runner». Pero, de otro lado de las interpretaciones, se tira por los suelos a la figura del VP como un mero cortador de cintas inaugurales y asistente a recepciones diplomáticas de segundo orden. En las democracias occidentales, la figura del VP puede ser lo mínimo y lo máximo: opera mucho efectivamente como sombra decorativa, pero también es, en el célebre lugar común estadounidense, el funcionario que se encuentra a «un latido de corazón de distancia del botón rojo».

Aquí no tenemos botón rojo, aunque algunas comparaciones pueden aproximársele. El rol de la personalidad en la historia nunca puede ser subestimado, a pesar de las generalizaciones marxistas y hasta hegelianas. Sí: porque fue Hegel, el mismo que en sus momentos de mayor exaltación comparaba haber visto «al emperador a caballo» con haber visto «a la Razón Universal a caballo», el que en sus instantes más íntimos admitía tácitamente que el rey podía ser personalmente superfluo,y era «el hombre que ponía los puntos sobre las íes y las tildes sobre las tés». Pero esto se deducía largamente de la idealización totalitaria de Hegel del modesto Estado prusiano de su época como encarnación de la Idea Moral, una monumentalidad de tal porte que sus integrantes solamente podían funcionar como meros engranajes de la grandiosa maquinaria. En realidad, los funcionarios, sean reyes, presidentes o vicepresidentes, cuentan. Y mucho.

En Estados Unidos, la república presidencialista por excelencia, cuya institución rectora fuera bautizada por el pensador francés Raymond Aron como «la Presidencia Imperial», por ejemplo, los candidatos al cargo eligen con el máximo de los cuidados a sus postulantes a número 2. No todos con la malicia, la paranoia y -para decirlo sin rodeos- la mala leche de Richard Nixon, quien seleccionó a Spiro Agnew -más tarde defenestrado en un escándalo de corrupción privada- explicando a sus íntimos que «Spiro es como mi póliza de seguros: ¿quién va a querer asesinarme si saben que luego tendrán de presidente a semejante cretino?». Típico de Nixon: una versión cínica del dicho más elegante de que «un vicepresidente debe ser discreto, leal y lucir elegante en el entierro». Pero Nixon tuvo suerte no sólo en sobrevivir políticamente a Agnew sino en que la sucesión de este último, que ante renuncia o fallecimiento del personaje en funciones debe ser el líder de la Cámara alta, recayera en el entonces senador Gerald Ford, a quien famosamente se atribuía «ser incapaz de caminar y mascar chicle al mismo tiempo». Nixon finalmente cayó, pero no fue por las maquinaciones del pobre Ford sino por su propio escándalo de Watergate. Esa, claro, es otra historia.

  • Excepción

    El resto de la saga norteamericana moderna tiende a confirmar la regla, con una sola poderosa excepción final (hasta ahora). El grisáceo Walter Mondale, segundo de la pésima presidencia de Jimmy Carter -inflación de doble dígito, segundo shock petrolero, revolución en Nicaragua y defenestración del sha de Irán, con interminable toma de una cincuentena de rehenes norteamericanos incluida- tuvo la desgracia de disputar las elecciones con un boyante Ronald Reagan en 1984. Los números de Reagan lo pulverizaron casi antes del recuento electoral.

    George W. H. Bush, vice de Reagan y padre del actual presidente, pudo ser elegido en 1988, pero gracias al extraordinario boom económico heredado de su predecesor, y tuvo de VP al inolvidable evasor de Vietnam Dan Quayle, quien en su acto más famoso corrigió en el pizarrón de una escuela primaria la palabra «potato» (papa, en singular) agregándole una inexistente «e» final. Sin embargo, ésa fue sólo una mancha menor en la mediocre presidencia de Bush padre, cuyo mejor momento fue su respuesta a la invasión de Kuwait por Saddam Hussein pero no pudo sobrevivir al pobre desempeño de su economía.

    Vinieron los ocho años brillantes de Bill Clinton, y lo fueron económicamente hasta el final. Sin embargo, su segundo, Al Gore, pese a ganar la mayoría del voto popular, perdió en los tribunales conservadores frente a George W. Bush hijo, entre denuncias de fraude. Pero, de alguna manera, esa sombra de ilegitimidad de Bush quedó un poco eclipsado por la personalidad excesivamente « vicepresidencial» de Gore, que nunca logró salir de la sombra de la de su jefe. Fue el amanecer de Bush II, que inició su primera presidencia bajo un signo de pregunta para ganar la segunda resonantemente tras el 11 de setiembre.

    Pero, si parece haber una «maldición del vicepresidente», aquí vino la poderosa excepción y a la vez la confirmación de la regla, bajo la figura del VP Dick Cheney. Sombrío y reclusivo, de perfil ultrabajo, cultor del hermetismo y aficionado a vendettas y golpes bajos contra figuras que encuentra adversas en su propio gobierno, el ex (y no tan ex) CEO de la poderosa compañía de servicios petroleros Halliburton constituye para muchos el verdadero poder detrás del trono.
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