9 de mayo 2005 - 00:00

Comentarios políticos de este fin de semana

(Categorización: Imprescindible, Bueno, Regular, Prescindible)

VAN DER KOOY, EDUARDO. «Clarín»

Prescindible: El columnista del monopolio se enreda con tres temas distintos:la necesidad de que los sueldos de los funcionarios públicos sean mejorados, la inmoralidad de que eso se haga con dineros negros desde la SIDE y la necesidad de que por razones de Estado siga habiendo fondos por los cuales los gobiernos no deban rendir cuentas. Sobre el primer tema, Van der Kooy comenta una paradoja: Kirchner y Alberto Fernández firman recibos por sumas muy superiores a las que efectivamente cobran por aquel decreto de tope salarial para el gabinete que dispuso Adolfo Rodríguez Saá. El Presidente gana 6.000 pesos por mes, cuando sus antecesores en el cargo cobrarán pensiones dos veces y media más caras que ese salario. Es obvia la necesidad de mejorar los sueldos de los funcionarios, aunque el periodista se objeta a sí mismo comparando esos ingresos con los de las grandes legiones de pobres que hay en la Argentina.

Finalmente, Van der Kooy defiende la existencia de fondos reservados para operaciones secretas y pone un ejemplo inobjetable: pagar información para determinar si era cierto el dato según el cual un barco lleno de armas del terrorismo de Al-Qaeda llegaría a un puerto argentino para abastecer a fundamentalistas locales. Inobjetable por lo obvia la información de Van der Kooy.

Aunque se haga el distraído con otros aspectos del problema: no sólo no indaga en el manejo actual de los fondos reservados de la SIDE, tema sobre el que hay abierta una causa judicial que pretende desentrañar el destino de aquellos 100 millones de pesos aportados por Eduardo Duhalde a la entidad cuando supo que Kirchner sería su sucesor (y que el actual presidente mantuvo e incorporó en el Presupuesto de 2004; la nota sólo se refiere a $ 12 millones de este incremento).

En un pico de fiebre oficialista, Van der Kooy también le pide a Carrió que no sea oportunista al denunciar a funcionarios que hoy revistan en el gobierno de Kirchner pero en los '90 cobraban sobres de Carlos Menem. En cambio el oportunismo de esos funcionarios al columnista no le mueve un pelo. Es cierto: en el monopolio «Clarín» molestan las críticas a las conductas acomodaticias. ¿O allí no se escribía en los '90 todos los domingos un himno al mismo Eduardo Bauzá que hoy aparece convertido para el diario en un repartidor de sobres? Van der Kooy coincide en su temario con Joaquín Morales Solá, pero esta vez los dos periodistas no se ponen de acuerdo. La nota de «Clarín» dice, con acierto, que Rafael Bielsa no expresó la posición del Presidente en su exaltada queja hacia Brasil. Es raro que el periodista le suelte así la mano a Bielsa como ya lo había hecho el miércoles. Pero dice algo cierto, que ya se señaló con extensión en este diario el jueves pasado: en vez de endeudarse para seguir desembolsando pagos netos al Fondo, el gobierno podría estimular a los productores nacionales para defenderlos de la expansión asistida de la industria brasileña. Otra disidencia entre las dos plumas del monopolio (Morales Solá revista allí vía TN) tiene que ver con el viaje de Kirchner a Cuba: según Van der Kooy todavía no está decidido, según «La Nación» se hará pero sólo resultará tolerable para Washington si el Presidente regresa en el avión con Hilda Molina, la médica a la que se impide visitar la Argentina para ver a sus nietos.


GRONDONA, MARIANO. «La Nación».

Regular:
Bueno pero duro por demás el artículo de ayer de este ensayista.Comienza con una metáfora atractiva pero insoportable para la autoestima nacional: Brasil sería el sultán que sale en busca de otros amores y deja ofendida a quien era su principal concubina, la Argentina. La prueba de ese desdén está dada por la expectativa brasileña de ocupar una banca permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Según Grondona, Condoleezza Rice bendijo esa pretensión al señalar a Brasil como el líder de la región, una especie de potencia subimperial. En la misma página se puede encontrar, con la firma de Joaquín Morales Solá, una visión alternativa: Estados Unidos sólo les repite a los brasileños lo de siempre, es decir, que pertenecen a una potencia. No menos que eso, tampoco más, como podría ser un aval para integrar el Consejo.
Grondona aporta algunos datos e ideas interesantes.

Por ejemplo, que Juan Carlos Onganía dio el golpe de 1966 contra Illia (que el autor de la nota conoció de cerca) por miedo a una expansión de la dictadura brasileña que se había encaramado en el poder en 1964. También explica que, a diferencia de la Argentina, la inestabilidad de los gobiernos brasileños no llegó a romper un consenso básico respecto, entre otras cosas, de su política exterior. Cita bien esta vez a un hispano-romano, Séneca, para hablar de los argentinos: «Para el navegante que no sabe adónde va nunca hay vientos favorables». La nota propone tres modos para enfrentar el desafío brasileño.

El duhaldista, que supone plegarse como la concubina desairada pero resignada. El de Rafael Bielsa, que revista la impotencia de la conducta anterior de una exaltación inconducente. O el paradigma chileno, que supone explorar una vía individual, de baja integración y multiplicidad de socios. Es buena la sugerencia pero acaso ignora un principio elemental de la política exterior: cada país tiene, en buena medida, la que le impone su PBI. Chile, sin industrias, puede desplazarse livianamente por la superficie del comercio internacional con sus productos primarios.

Pero la Argentina deberá pensar muy bien a quién le venderá las manufacturas industriales si decide ensayar un camino solitario. En la actualidad, 37% de los bienes que exporta la industria argentina tiene como destino el Mercosur.


MORALES SOLA, JOAQUIN. «La Nación».

Prescindible:
Irregular el columnista ayer. Comienza con una cita de su santo patrono, Roberto Lavagna, sobre política exterior (después de todo, se está yendo Rafael Bielsa) y una extraña teoría acerca de tres anillos de países con los que la Argentina debe mantener relaciones estratégicas. Morales Solá carece de humor pero podría haber insinuado que ese mapa es el de las amistades y enemistades con que debe toparse Lavagna en su interminable y todavía infructuoso esfuerzo por salir del default. El mismo periodista lo dice: en el mapamundi de Lavagna no figuran ni Gran Bretaña ni Italia ni Japón. Después de la devoción comienza la obligación y Morales Solá difunde, más que datos, algunos criterios:

1. Estados Unidos todavía no considera que Brasil deba ser parte del Consejo de Seguridad simplemente por creer que esa reforma debe demorarse mucho más.

2. Castro podría beneficiar a Kirchner durante su campaña electoral liberando a la doctora Hilda Molina para que visite el país, del mismo modo que concedió algunos pedidos a José Luis Rodríguez Zapatero.

3. Lo más importante de la nota de Morales Solá: hay diplomáticos extranjeros a los que él no menciona más que como «de países centrales» que denuncian pedidos de coimas por parte de funcionarios del gobierno de Kirchner. El gobierno, dice Morales Solá, conoce el reproche pero jamás consiguió pruebas. Brumosa denuncia que tal vez cobre cuerpo en los próximos días. Concluye Morales Solá con un vuelo soñador su nota de ayer: «El gobierno de Kirchner se jacta de contar con una inmejorable información política, de saber hasta cuántas hojas muertas se llevan las brisas del otoño». Más allá de que los casos Southern Winds, Malvinas/ Constitución europea, acuerdos con China, etc., demuestran que esta afirmación es exagerada, las palabras elegidas harán que en cualquier momento haya que buscar en el suplemento literario las columnas de este tucumano.

VERBITSKY, HORACIO. «Página/12».

Prescindible:
El columnista y asesor del gobierno engola la pluma para sancionar que el fallo de la Corte imponiéndole una política carcelaria a Felipe Solá y el dictamen del procurador Esteban Righi en favor de la inconstitucionalidad de las leyes de punto final son lo más importante que ha ocurrido en la Argentina a nivel institucional en los últimos 74 años. Con ironía podrían reseñarse otros acontecimientos igualmente ponderables en la historia del país desde 1930 pero como se trata de la defensa de la vida y de la situación de los presos es algo gratuito.

Curiosa la óptica de Verbitsky cuando saca esos dos debates del marco político en que ocurren. La legalidad de las leyes de punto final no surge del antojo de legisladores o dirigente ni en el momento de su sanción ni ahora cuando legisladores y dirigentes proponen su nulidad. El propio Raúl Alfonsín las llamó «leyes del miedo» que permitieron el principal bien del sistema político argentino desde 1983 que fue la disipación de la amenaza del golpe militar.

Con menos claridad en cuanto a la necesidad política de su gobierno, el actual gobierno promovió esa nulidad como una bandera que sirve a la consolidación de una fuerza que no tuvo en su origen electoral buscando un combate con fuerzas indefendibles. La mordaz Elisa Carrió llamó a ese impulso de Néstor Kirchner de atacar a las Fuerzas Armadas con «cazar leones dentro de un zoológico».

Verbitsky achica el efecto de estas eventuales nulidades - que dependen ahora de la Suprema Corte-diciendo que apenas un centenar y medio de ex militares, ya detenidos, y algunos en actividad podrían llegar a juicio. En cuanto a la avasalladora sentencia de la Corte sobre la provincia de Buenos Aires para que adopte medidas en beneficio de los presos que viven situaciones de degradación, Verbitsky pierde la parsimonia y se mofa del gobernador Felipe Solá al llamarlo «el ingeniero Solo», vaya a saber con qué propósito. Lo personal domina el análisis y llega Verbitsky a hablar de presos en «campos de concentración», una exageración incalificable y que para algunos será hasta ofensiva.

El panorama semanal lo completa Verbitsky con una descalificación -rara en élde la intención del gobierno de cerrar el proceso político ya iniciado en el Congreso contra el juez de la Corte Antonio Boggiano. Reseña los argumentos a favor de frenar en juicio y los enfrenta con el relato de cómo Boggiano firmó la famosa sentencia que le pudo hacer pagar al Estado sumas millonarias al convalidar un arbitraje entre el Estado y la empresa Meller. Busca darle viso de actualidad a tanta noticia vieja con una perspectiva de actualidad: que la Corte debe vigilar el resultado de los arbitrajes que imponen dictámenes abusivos como los que amenazan desde los tribunales CIADI del Banco Mundial.

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