Comentarios políticos de este fin de semana

Política

GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».


El «arbitrismo» es uno de los frutos más ingeniosos de la cultura española; designa al movimiento de los pensadores, principalmente económicos, que en los siglos de Oro (XVI y XVII) le reclamaban al rey «arbitrios» o decisiones que, por su audacia y su justificación teórica, podían cambiar la realidad, solucionar todos los problemas. Esos arbitrios eran, por cierto, antojadizos, despegados de la realidad cotidiana y quedaron registrados por lo fantasiosos y disparatados en la historia de la literatura y no en la historia de la ciencia, o de la política. Una solución arbitrista era, por ejemplo, que el rey ordenase construir un túnel por debajo de un lago para que se encendiesen allí inmensos fuegos. Eso calentaría el lago, cocinaría a todos los peces y vegetales allí contenidos y el estado podría producir una gigantesca y nutritiva sopa (como aquéllas que soñó Chiche Duhalde para los pobres del conurbano) que alimentarían no ya a una ciudad, sino a un país, o al mundo. Por esas extravagancias los arbitristas fueron llamados también « locos razonadores».

Los panoramas de Mariano Grondona a veces parecen inspirarse en aquel pensamiento, como en la columna de ayer, que describe una solución para la crisis política argentina. Consistiría en que los movimientos políticos se agrupasen en dos grandes organizaciones que compitiesen por el poder y se alternasen en su ejercicio. Sin advertir la naturaleza compleja y multifacética de la raza de los políticos criolla, el profesor los imagina en un utópico minué en el cual quien gobernara tolerase las críticas de sus adversarios. Los opositores esperarían mansos que el desgaste horadase al gobernante hasta el punto de hacerle perder suavemente el poder, que iría a sus manos después de prolijas elecciones. Esa alternancia, imagina Grondona, se haría sin modificar el rumbo del Estado en una música que «garantiza el éxito de los regímenes políticos».

No ha tenido en cuenta Grondona, en esta descripción, ni la naturaleza humana ni el modo de hacer política de sus compatriotas, que ejemplifica, por caso, un Oscar Lamberto. Este ha sido un legislador serio y notable, pero su alma es tan elástica que fue el miembro informante en el Congreso de la ley de convertibilidad en abril de 1991 y en enero de 2002 fue el ponente de la ley de emergencia que volteó la convertibilidad. Difícil imaginar mejor ejemplo de alternancia del poder... en el alma de un mismo individuo.

Con ese ánimo arbitrista el profesor le aconseja a la oposición cómo encarnar su rol: deben aprovechar que la adversión contra los Kirchner viene de abajo, que a la mayoría del país no le gusta el unicato y que hay mucha inflación. Pero falta el detalle, que aparezca un líder que encabece esa oposición imaginada en el gabinete del Dr. Grondona, con lo cual es seguro que el kirchnerismo seguirá perdurando en el gobierno.

MORALES SOLA, JOAQUIN.
«La Nación».


Sin mucha información nueva, dedica la entrega de ayer a reseñar el contraataque de Néstor Kirchner -a quien le atribuye haberse ya hecho «cargo del país», no ya de su gobierno- contra los dirigentes del campo. Le atribuye haber ordenado a las fuerzas de seguridad que dependen del Poder Ejecutivo la detención de algunos de esos jefes ruralistas, en gesto que califica como una fractura de la igualdad ante la ley. Con el mismo criterio de la flagrancia en la comisión de los delitos atribuidos, esas fuerzas deberían haber detenido antes a miles de piqueteros por cortar rutas y calles durante los gobiernos que se sucedieron desde 2002 hasta ahora.

Incurre Morales Solá en un síndrome de otros analistas que es sobrevalorar el llamado «doble comando», la injerencia de Néstor Kirchner en el gobierno de su esposa Cristina. ¿Acaso ésta no intervenía en las decisiones de su esposo cuando era presidente? La idea del doble comando como un demérito es otro pergeño erróneo de Eduardo Duhalde que ha tenido suerte porque esconde un problema grave del cual pocos se hacen cargo: la debilidad de origen de las presidencias Kirchner, en particular la de Cristina. Puesta en el cargo a dedo y admitida por el sistema de decisiones del peronismo, asumió en extrema debilidad y sin muchas posibilidades de superarla por la pesada agenda que heredó. Su marido, en todo caso, acude a intervenirle la gestión porque, si no lo hace, las consecuencias de su decisión serían aún mayores.

Lo demás es descripción de lo conocido: cómo se le triza a Kirchner el peronismo en las manos, cómo juega el matrimonio al negociador blando y la negociador duro: cómo exagera el gobierno al acusar de golpistas a los activistas del campo, etc.

WAINFELD, MARIO.
«Página/12».


El columnista que reemplaza a Horacio Verbitsky (esta semana dedicado al autobombo por su participación en un congreso de prensa) da un conmovedor ejemplo de los esfuerzos de un ingenio que se crió para ser opositor, pero al que las circunstancias lo ponen a defender a un gobierno. La larguísima nota (seguramente escriba durante la semana; lo revelan ciertos descansaderos de la prosa) acumula críticas a los activistas del campo y de paso a la prensa que cubre sus proezas. Se enoja con el periodismo que, dice, los trata de manera «triunfal»; también con los medios electrónicos que le dan «micrófono, eminencia y manija a un agitador astuto». Se refiere, aunque no lo nombra, a Alfredo de Angeli. También cobra en la columna, Eduardo Buzzi, a quien le atribuyeexpresiones « intolerantes, maximalistas, filogolpistas».

Al gobierno le atribuye ejercer su poder «con continencia» ante estos exabruptos, pero debe reconocer la suma de los desaciertos del gobierno al que cumple en defender. A Javier de Urquiza le dice «ñoqui», a Néstor Kirchner le reprocha no haberse ocupado antes de «articular» (?) -o sea conversarcon otros sectores de la vida del país, algo que ha debilitado las posibilidades de enfrentar la crisis como la que transita con el campo. Afirmar esto es no conocer al personaje, que no «articula» ni con él mismo cuando se mira ante el espejo. No porque su psiquis se lo impida; sólo porque ejercita de manera solipsista la política, le vaya bien o le vaya mal.

Como Grondona para la oposición, Wainfeld se permite también pergeñar un programa para el gobierno Kirchner: 1) aumentar las jubilaciones; 2) eliminar los superpoderes; 3) derogar la ley de emergencia económica; 4) cambiar el gabinete y sumar «espadas mediáticas» que sepan defender al gobierno -como si no existiesen ya los Kunkel, los Aníbal y los D'Elía- y «movilizar a la opinión pública» (no es claro que ésa sea la tarea de un gobierno).

Pedir esto es también desconocer la metodología del actual gobierno; reclamarlo es pedir un cambio de gobierno en términos también maximalistas. El remate de esta oferta de ideas es el mismo que le propone Grondona; los ruralistas -dice Weainfeld- «deberían meditar y actuar con cordura». Otro ejercicio de arbitrismo.

BLANCK, JULIO.
«Clarín».


Atrasa un poco el columnista que reemplazó ayer a Eduardo Van del Kooy, cuando concentra los reproches al gobierno en el argumento del «doble comando». Lo malo del comando, en todo caso y desde la perspectiva de Blanck, es lo que hace, no que sea doble, simple o triple.

Apuesta el columnista a que el gobierno le ganará la pelea al campo y que Néstor Kirchner sumará «una cucarda más al pabellón». No explica por qué ocurriría eso aun cuando Cristina de Kirchner no haga más cesiones al sector.

Tres frases le dan pimienta al panorama de Blanck, y se las reproduce aquí en crudo:

De Mauricio Macri a su entorno: «El kirchnerismo ya fue y hay que ayudar a que aterricen el avión con cuidado, porque así como vamos lo van a estrellar contra el piso»

De Macri a Hugo Moyano: «Tenés que convencer a Kirchner de que baje un cambio».

De Julio De Vido a Macri: «El Flaco (por Kirchner) siempre fue loco, pero siempre le salió bien».

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