La designación del «albertista» Héctor Capaccioli como nuevo superintendente de Salud, que abrirá la puerta de los fondos de las obras sociales al sindicalismo, originó un nuevo conflicto en la administración porteña. Sucede que Capaccioli se desempeña allí como secretario de Descentralización. Al pasar al Ejecutivo Nacional, su cargo vacante pertenecería -en teoría- a la cuota de poder municipal que viene manejando Alberto Fernández.
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Sin embargo, cuando el jefe de Gabinete nacional intentó el jueves pasado ubicar allí a uno de sus más fieles seguidores, el cabecilla de los «Jóvenes K» Nicolás Trotta, se encontró con una pared inesperada. El vicejefe de Gobierno a cargo del Ejecutivo porteño, Jorge Telerman, aclaró a Capaccioli -gestor de su propia sucesión- que él no produciría ninguna modificación en el gabinete de Aníbal Ibarra: «Es el compromiso asumido con Aníbal», dijo, entre puntilloso e irónico el alcalde interino.
El dato volvió a revelar la discordia existente entre Fernández y Telerman. Aunque ahora ese conflicto parece tener otras dimensiones además de las porteñas: ¿Fue pactada con Alberto Zannini la decisión de no ampliar el margen de poder del jefe de Gabinete en la comuna?
Nadie sabe dar una respuesta, mucho menos negativa. Lo cierto es que Capaccioli, según el régimen adoptado por Telerman, debería ser subrogado por otro secretario municipal. Quienes conocen el celo del nuevo jefe de Gobierno por la descentralización -el área a cubrirse- aseguran que pondrá el cargo en manos de su funcionario más cercano: Sergio Beros, el secretario de Desarrollo Social del Gobierno porteño, su propio sucesor en esa área.
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