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La matriz del discurso de la candidata fue, como su eslogan, un juego de palabras: «La novedad del cambio será seguir en la misma dirección», afirmó resaltando los acentos. «Para evitar -agregó- los cimbronazos que nos dejaron al borde de la disolución social».
Encontró, en ese baile, una metáfora. «Cada elección presidencial no puede ser una ruleta rusa -dijo- donde si gana uno sale para un lado y si gana otro sale para el otro.»
Luego se estructuró lo que, pretenciosa, la primera dama desglosó como ejes «basales» de un plan a «mediano y largo plazo», continuidad y/o superación de la temporada que inició su esposo, el 26 de mayo de 2003, con 22% de los votos. «El Presidente tenía más desocupados que votos», recordó.
Se movió a tres bandas: el aspecto institucional -dijo que «se reconstruyó el Estado constitucional democrático»-, el modelo económico « industrialista, que rompió los tabúes de agro versus industria» y del que destacó la bonanza fiscal, y un «cambio cultural» que permitió «a los argentinos recuperar la autoestima».
Un detalle: fue implacable e impiadosa con el Congreso, al que reprochó haber votado leyes «porque un ministro tenía una Banelco», y castigó a la Corte noventista.
Los éxitos, claro, los atribuyó al cuatrienio de su esposo -en un momento lo llamó «señor Presidente», en otro «Kirchner» a secas-, a quien elogió como «un hombre fuera de lo común».
La aventura continuista que prometió aportó dos datos en algún punto novedosos:
Al final, antes de la lluvia de papelitos blancos y celestes, de los besos al aire y los saludos hacia los palcos en penumbras, la primera dama se animó a una confesión. Tras los halagos a su esposo, que ablandó con un «tampoco es un héroe», dijo mirando a Kirchner: «Espero que no lo extrañen demasiado».
Afuera, entre el frío y el olvido, las columnas comenzaron a dispersarse apenas las pantallas mostraron a la primera dama perderse detrás del escenario. Cuando 20 minutos después la candidata salió a la calle a darse un baño de popularidad quedaban más banderines y pancartas que fanáticos.
En verdad, a pesar de que hoy le cuenten otra historia, en las calles nunca hubo una multitud.




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