Cristina Fernández de Kirchner, senadora y candidata presidencial por el Frente para la Victoria, clausuró ayer en San Juan un congreso de filosofía, más distinguido por la presencia de políticos que de filósofos, típico de estos tiempos de excelencia académica. Estuvieron presentes, entre otros, los gobernadores -Julio Cobos, de Mendoza; Carlos Verna, de La Pampa; Jorge Busti, de Entre Ríos; Jorge Obeid, de Santa Fe; Eduardo Fellner, de Jujuy; Mario Das Neves, de Chubut, y José Luis Gioja, de San Juan. El congreso tuvo su modelo en el que clausurara en Mendoza en 1949 el general Juan Perón, cuyo discurso final, «La comunidad organizada», le fuera redactado por el filósofo Carlos Astrada, con fuerte raigambre heideggeriana. En esta versión, Cristina de Kirchner se proclamó hegeliana, casi una devaluación del pensamiento con el antecesor y repostuló la vigencia de la Tercera Posición. Se vuelve a los 50.
Cristina de Kirchner, candidata presidencial, cerrando un congreso filosófico más nutrido
de políticos que de filósofos.
Quizás inevitablemente, la Tercera Posición hizo su reaparición en las palabras de Cristina Fernández de Kirchner en el Segundo Congreso Internacional Extraordinario de Filosofía en San Juan. Después de curarse en salud («yo no soy filósofa, tampoco lo quiero ser») y de contradecirse algunos párrafos después («soy absolutamente hegeliana», se autoproclamó), sostuvo: «Así como los historiadores discuten si fue la caída de Constantinopla o el Descubrimiento de América el inicio de la modernidad, el fin de la Edad Media, yo creo que se va a discutir si fue la caída del Muro de Berlín o la caída de las Torres Gemelas el fin exacto de la modernidad». ¿El peronismo como síntesis superadora de los dos íconos caídos, entonces? Veamos los principales tramos:
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«La filosofía es hija de su época, la filosofía es esencialmente la época articulada en pensamiento -dijo la senadora y candidata a presidenta-. Y se me ocurre que sería bueno en este Congreso, donde la interpelación es el futuro del proyecto humano, que nos interroguemos acerca de cuál era la realidad del Primer Congreso de Filosofía, que se lleva a cabo allá por el 49 en la provincia hermana de Mendoza. ¿Cuál era el mundo que circundaba ese evento, también encuentro de pensadores? Eran, creo, ahora lo podemos ver al cabo del tiempo, los finales de la modernidad (¿otra vez? [Nota de la Redacción.]), que se caracterizó, esencialmente, por la formulación de categorías de pensamientos absolutas, totales, abstractas, profundamente racionalistas. El mundo de aquel primer congreso fue en ese momento un mundo bipolar entre lo que podríamos denominar la utopía socialista, el socialismo, el marxismopor un lado, y el liberalismopor el otro.»
Después de las picas y palas de Berlín y los tanques repletos de combustible del World Trade Center, ¿qué aparece? El hegelianismo nunca fue demasiado amigo de las libertades, se sabe. Y -bingo- «(hay que) comenzar a advertir que luego también de las Torres Gemelas, cuando cae la utopía que se levantó después de la caída del Muro de Berlín, cuando Francis Fukuyama nos anunciaba 'el fin de la historia, en la democracia liberal, también esa segunda caída pone en crisis el concepto de una democracia liberal que se quería imponer bajo forma de globalización, que no es aceptada en todas partes del mundo». Muy bien: la pulsión de libertad de los berlineses del 89 es equivalente a la acción de 19 terroristas.
Ideologías
Previamente, la senadora había lanzado otro guiño a los ya conversos levantando la bandera de las ideologías. «En épocas donde algunos nos dicen que las ideologías no cuentan, que han desaparecido, que en definitiva lo importante es debatir tal o cual propuesta concreta, pero que en realidad la ideología no es necesaria en dirigentes políticos, yo digo que todos los dirigentes políticos tenemos ideologías, todos los dirigentes políticos tenemos ideas. Lo que pasa es que algunos no pueden contar las ideas que tienen, y entonces las disfrazan de no necesidad de tener ideología, de no necesidad de articular precisamente las ideas con la realidad, porque ésta es la otra cuestión.»
Pero sobre el final, una cuota de moderación: «Podríamos decir entonces, que si alguna vez, como parte de una generación, aspiramos a cambiar el mundo, hoy estamos más humildes, apenas queremos cambiar a nuestro país y ayudar a que cambie la región». Y «después de la violación masiva de los derechos humanos, tenemos otras violaciones: la de la inequidad, la pobreza y la desigualdad». Para terminar en una cómoda ambigüedad: «Ahora los gobernantes de América latina se parecen a los gobernados. Yo no sé si será a la derecha, al centro, a la izquierda o al fondo, pero me parece que sí hay una nueva realidad latinoamericana». Con lo que nadie podría desacordar.
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