10 de diciembre 2004 - 00:00

Cristina pedirá al rey de España una "misión imposible"

Juan Carlos de España.
Juan Carlos de España.
" Te podemos ayudar, pero siempre que no te salgas del sistema." Así le habló Juan Carlos I, el rey de España, a Néstor Kirchner, la última vez que se vieron, durante la Cumbre Iberoamericana de Costa Rica. ¿En qué consiste la ayuda? En que el monarca lleve adelante algún tipo de gestión con Rodrigo de Rato, el director gerente del Fondo Monetario Internacional, para que la Argentina tenga un tránsito más sereno por ese organismo. Esta es la gestión que, según el embajador en España, Carlos Bettini, realizarán Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández cuando visiten Madrid este fin de semana. La tarea que se han impuesto estos relevantes representantes del gobierno es, así y todo, bastante rara: ¿qué gestión requiere en su favor un país que, como la Argentina, está dispuesto a seguir pagando sus deudas sin siquiera negociar?

De Rato ha de estar contentísimo con Roberto Lavagna, quien no debería requerir de ninguna «cuña».

• Recomendaciones

Aun así, las recomendaciones de Bettini, quien le hizo notar a Kirchner el puente que existe entre la Casa Real y De Rato, igual que las pretensiones del gobierno representado por la primera dama y el jefe de Gabinete, deben ser ajustadas con algunos datos que se pueden relevar en la realidad española de estos días. No vaya a ser que se terminen exagerando las expectativas y el gobierno termine pasando de un «cuento chino» a un «cuento de gallegos»:

• La idea de que el rey puede influir sobre De Rato es bien intencionada y, en alguna medida, acertada. En efecto, De Rato debió su poder durante la gestión de José María Aznar a su vinculación con un círculo empresarial y social más ligado a la Corona que al Partido Popular, entre cuyos integrantes se destacó Alfonso Cortina, el ex presidente de Repsol YPF. Esta amistad con Cortina es todavía más estrecha en el caso de De Rato con César Alierta, el presidente de Telefónica (el vínculo inclusive casi dio materia para los que quisieron armarle algún escándalo al ex ministro de Aznar). Por eso no se comprende bien por qué la administración de Kirchner nunca desmintió, como parte de la operación de seducción a De Rato, que entre sus oficiales hubo quienes se movieron para el desplazamiento de Cortina de Repsol o de Miguel Gutiérrez de Telefónica, en este caso para sustituirlo por el ex operador financiero de Santa Cruz, Alfredo Mac Laughlin. La senadora Kirchner tendrá oportunidad de hacerlo ahora, cuando comparta una mesa redonda con el autor intelectual del diario «El País» (ahora propietario de radio «Continental» en Buenos Aires), Juan Luis Cebrian. «El País» publicó una versión según la cual Kirchner le dijo a José Luis Rodríguez Zapatero: «Me gustaría que remuevan a Cortina de Repsol», a lo que el primer ministro habría contestado: «En dos mesestendrás su cabeza». Nadie desautorizó esta información, aun cuando la nueva cúpula de la empresa se encarga de rechazar la idea de alguna influencia del PSOE en su designación. Estas guerras facciosas, ciertas o fantaseadas, seguramente influyen más en la imagen argentina que se forma De Rato (un dirigente del PP con pretensiones presidenciales) que cualquier consejo del rey. Además, no se necesita aclarar que sobre la Argentina -y sobre todo respecto de Roberto Lavagna y su manía por estirar las decisiones hasta la exasperación-, el titular del Fondo conoce mucho más que el Borbón.

• El otro aspecto de la operación que debe ser acotado tiene que ver con el funcionamiento del Fondo. Como quedó demostrado durante los últimos tres años, allí la palabra final sobre la situación argentina la sigue pronunciando el gobierno de los Estados Unidos. Y en este punto se ha producido un cambio fundamental: las relaciones entre el equipo de Kirchner y el de George W. Bush son «relaciones carnales» si se las compara con las que mantiene la administración de Rodríguez Zapatero. En otras palabras: la senadora Kirchner y el ministro Fernández irían a reclamar la abogacía de una administración que no tiene crédito para sí misma delante de Washington. Tanto es así que Juan Carlos I debió autoinvitarse a un encuentro con Bush para ejercer algún tipo de mediación que suavice el trato con el gobierno socialista. La excusa la ofreció una muestra del patrimonio real que se realizó en Seattle a instancias de la fundación Bill y Melisa Gates. Bush aceptó gustoso la visita del rey, pero todo se complicó cuando debieron acordar el protocolo. La oficina real incluyó en la lista a un ministro del gobierno, como es costumbre. Pero la Casa Blanca aclaró que Bush no acepta hombres de la gestión socialista en su mesa. No sólo por la forma en que hicieron abandonar a España el escenario iraquí, sino porque, con motivo de un desfile militar, el gobierno de Zapatero decidió prohibir la participación de un regimiento norteamericano. La manifestación más llamativa de este cortorcircuitoes que el reelecto presidente de los Estados Unidos no quiso contestar a los llamados telefónicos insistentes del primer ministro español, a quien agradeció las felicitaciones con un telegrama. La cadena de agravios se completó con la denuncia del canciller José Luis Moratinos (a quien llaman ya «Moretones»), según la cual Aznar obligó al embajador español en Caracas a ponerse a disposición del embajador de EE.UU. en la realización del golpe militar contra Hugo Chávez. La consecuencia más relevante de esta denuncia se produjo ayer: por primera vez en la historia de la democracia española, la oposición rechazó el presupuesto enviado por el Ejecutivo a las Cortes. Nunca la clase política española adquirió un temperamento tan conflictivo en los últimos 25 años. En definitiva: Juan Carlos ya tiene bastante con los enredos del gobierno de su país en los grandes centros del poder internacional como para convertirse en gestor de otras administraciones. Sin que haya que aceptar la broma según la cual debería ser Zapatero quien les pida a los argentinos algún tipo de mediación con Washington.

• Para que la gestión que realizarán en Madrid la primera dama y el jefe de Gabinete tenga algún suceso, deberían comunicar al gobierno y el empresariado de ese país un avance en el trato que se les da a las empresas de servicios públicos. En este orden, los dos argentinos asegurarán que el marco regulatorio que se envió al Congreso no será sancionado como ley. Es remover un obstáculo, aunque sea uno puesto artificialmente por el propio gobierno. En cambio, la senadora Kirchner y Fernández no podrán ofrecer avances en materia de contratos con empresas privatizadas, salvo aquellos que afectan a las proveedoras de energía para grandes consumidores. En los demás casos, que comprometen a empresas proveedoras de clientes domiciliarios, habrá que esperar a 2006 para que vean algún aumento de tarifas. Como se sabe, es la superación de esta cuestión la que más podría entusiasmar al rey o a cualquier otro español gravitante para que la Argentina progrese en el Fondo. Pero en este tema tan sensible, el gobierno sigue en veremos desde los tiempos de De Rato.

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