Mesa servida para cuatro, en el sexto piso del edificio de Belgrano y Chacabuco. Allí funciona el estudio Corach, pálido al lado del lujo edilicio donde otro abogado, el doctor Eduardo Duhalde, tiene oficinas en la vecina calle Lima. El lugar sirvió de sede a la reunión entre el ex ministro del Interior Carlos Corach; quien fuera su secretario de Seguridad Miguel Angel Toma; José Pampuro, attaché del Presidente, y Juan Carlos Mazzón, attaché de Pampuro. Corach y Pampuro no presentan problemas de domicilio político: uno es menemista y el otro duhaldista, ambos incondicionales. En cambio, Toma y Mazzón han profesado tantos credos que ya perdieron la fe. Convencionalmente se resolvió: «Pinky», el diputado, jugaría el doble como discípulo de Menem y Mazzón se sentaría en la banda duhaldista de la mesa, aunque todavía profesa devoción por Carlos Ruckauf. Hombres de mil reinos, claro. Durante dos horas se comprometieron a mantener esa identidad pasajera. Era importante esa clasificación porque la comida sería, antes que nada, el avance hacia un pacto discreto: el de Eduardo Duhalde y Carlos Menem, inicialmente ya esbozado por el mensajero Eduardo Bauzá.
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Los cuatro comensales contaban, antes de sentarse, con una cantidad de supuestos que el lector debería conocer antes de escucharlos hablar. Por ejemplo, sabían que el Presidente había hablado con Eduardo Menem para insinuar un acercamiento con el riojano mayor. El senador se mostró cooperativo y guardó para otro momento un reproche que se le cae de la lengua: no soporta que Jorge Yoma entre y salga de Olivos como si fuera su casa, como lo hacía antes con Carlos Menem cuando era su principal afiliado. Más gente de reinos múltiples.
Toma, Mazzón y Pampuro estaban al tanto también de las gestiones que había hecho Corach en favor del gobierno cuando dialogó con Eduardo Moliné O'Connor (quién lo diría, cuñado de Hugo Anzorreguy y ahora tan comunicativo con el ex ministro del Interior) y con Guillermo López, para que la Corte Suprema pusiera las velas en favor del viento oficial en las causas que se siguen por el «corralito». Es cierto que las gestiones principales frente al tribunal las sigue Horacio Jaunarena, sobre todo por su condición de ministro de Defensa pero en Olivos están reconocidos con Corach y el martes por la noche se notó en el trato que le brindó Pampuro.
Además, los cuatro conocían de varias fuentes algunos comentarios del propio Duhalde frente a los gobernadores del PJ reunidos en Iguazú, la semana pasada. «Menem tenía gestión, te podía gustar o no, a mí no me gustaba, pero hay que reconocerle que tenía gestión. A mí lo que menos me gustó fue la convertibilidad pero él tenía conducción en el gobierno», confesó el Presidente en aquella oportunidad, con toda la intención de que su elogio llegara a oídos del adversario.
Nadie necesitó explicitar estas premisas. Se pasó, en cambio, a garabatear el formato de un acuerdo futuro. El trazo principal vino del duhaldismo: Menem debería prescindir de presentarse en cualquier interna. A cambio, se renovaría el mandato del riojano al frente del partido y encabezando una lista única. En caso de que no hubiera acuerdo, el congreso del PJ que conduce Carlos Reutemann prorrogaría todas las decisiones hasta marzo de 2003.
• Impulsos
La aproximación con Menem responde a varios impulsos del duhaldismo. Por un lado, una exigencia perentoria de acuerdo político que proviene del Fondo Monetario Internacional: Horst Köhler sigue impresionado con los servicios que la cohesión política presta a la economía turca, arena en la que él se estrenó como titular del organismo.
Por otro, con sólo insinuar un acercamiento con Menem, el gobierno daría a entender que ha depuesto otras batallas: contra la Corte, contra los bancos, contras las empresas extranjeras (sobre todo las privatizadas) y contra otros fenómenos que en el discurso de Duhalde siempre estuvieron identificados con el menemismo y su «modelo perverso».
Sin embargo, en las mesas de estos acuerdos siempre quedan mercaderías menores, sin ubicación. Los cuatro contertulios del estudio Corach procuraron ubicarlas. El dueño de casa, por ejemplo, se mostró favorable a que Toma avance hacia el Ministerio del Interior, destino que podría resultar para él casi equivalente de otros, la SIDE o Defensa. Sería difícil explicarle a Rodolfo Gabrielli esta aspiración del diputado, cuya banca vence el próximo año: el mendocino le abrió las puertas de su cartera y le permitió incorporar secretarios (Cristian Ritondo, por ejemplo) e innumerables contratados. Ahora, con el doble impulso de Corach y de José Luis Manzano, Toma sueña con desviarlo a Gabrielli hacia una torre de marfil. La embajada en España, por ejemplo.
Mazzón no abrió la boca sobre movimientos pero es sabida su ilusión: que Ruckauf sea promovido como jefe de Gabinete en lugar de Jorge Capitanich. En la mesa se hizo una referencia a otro aspirante a ascender: Oscar González, ex delasotista, estaría encantado con secundar a Toma en Interior, a sabiendas de que no registra peso en la balanza que selecciona a los ministros.
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