Es de difícil solución el dilema que enfrenta José Manuel de la Sota, quien sigue estudiando su lanzamiento como candidato presidencial como si fuera Carlos Reutemann. No sólo pretende llenar el vacío que dejó otro, el propio Reutemann, lo que en política es siempre una faena complicada. Además, se propuso enfrentar a Carlos Menem y contrariar el juramento de 1999, cuando confesó que «cada vez que me opuse me fue mal y, ahora que voy con él, gano». Sin embargo la principal dificultad del precandidato peronista es su vinculación con Eduardo Duhalde. Si se le aproxima, se expone a recibir sobre su espalda el voto castigo que inspira el Presidente. Si se aparta demasiado, corre el riesgo de perder el apoyo de un distrito clave como el bonaerense, que todavía se reconoce en los Duhalde. Tarea para el brasileño Eduardo «Duda» Mendonça, que pierde un cliente con Duhalde pero lo recupera con el cordobés (a propósito: el último mensaje que grabó el Presidente lo realizó en los estudios que el bahiano montó en Belgrano para la campaña de 1999).
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De la Sota recorre en estos días el laberinto del peronismo componiendo la compleja maquinaria con la que oponerse a Carlos Menem y desafiar a la fortuna. Un primer problema que se le presenta es el de la candidatura a vicepresidente. El sábado se entrevistó casi en secreto con Julio Miranda, en Carlos Paz. Miranda es el gobernador de Tucumán, una especie de coordinador de los dirigentes del NOA, que propuso al cordobés a Juan Carlos Romero como candidato a vice. El tucumano viene demostrando que es casi tan ansioso como un periodista (y eso que es sindicalista, de la escuela de Diego Ibáñez, a quien representaba entre los petroleros privados): ya espantó a «Lole» Reutemann pidiéndole un lugar en la fórmula a través de los diarios. Está a punto de hacer lo mismo con De la Sota. Lo más curioso es que también mortifica a Romero, de gira por Europa, quien todavía no dio de baja su sueño presidencial.
De la Sota parece no inclinarse todavía por la postulación que le ofrece Miranda. Como Reutemann, su acompañante ideal sería Rubén Marín: el pampeano, discreto, se ha convertido en la pieza principal del ajedrez peronista. Se trata de alguien independiente, con tradición partidaria, cuyo desplazamiento hacia «el Gallego» causaría una herida en Menem, a quien siempre trató de manera leal. Es probable que Marín prefiera mantener su prescindencia, sobre todo desde que Reutemann se alejó de la pista: con él sí el pampeano hubiera emprendido una etapa nacional como jefe de campaña y candidato a vicepresidente. De hecho, Reutemann confesó que lo soñaba en ese lugar en un largo reportaje que concedió en su provincia.
En contra de estas posibilidades, pensadas para componer una ecuación del interior, circula la teoría que Felipe Solá le sugirió al cordobés: que se haga secundar por un porteño, tipo Gustavo Béliz. «El conurbano vota como los vecinos de Buenos Aires», razona Solá. «¿Por qué Béliz y no Daniel Scioli?», se preguntó De la Sota, sin que nadie objetara al secretario de Turismo.
Lo que se considera casi descartado es que el cordobés se incline por un bonaerense. En enero, cuando se hablaba de elecciones en marzo, había escogido a Julio Alak. El intendente de La Plata acredita un capital importante: aproximarlo no significaría contaminarse con la marcha del gobierno nacional. Alak cayó siempre antipático en la casa de los Duhalde, más por imposición de «Chiche» que del propio «jefe de hogar», por usar la terminología oficial. Pero ayer perdió parte de ese brillo: acaso suponiendo que De la Sota podría convocarlo, el Presidente le impuso su olor invitándolo a una reunión en la Casa Rosada. Dicen que hablaron del estadio platense pero todo el mundo sabe que Duhalde sólo habla de la pelea contra Menem en estos días.
Es cierto que De la Sota pretende aparecer como la expresión de un consenso interno del PJ y no como el delegado del duhaldismo en la pelea contra Menem. Pero esa aspiración tiene un límite: ¿hará Duhalde que se juegue todo el aparato provincial en su favor? Y una pregunta más inquietante: ¿podría Duhalde hacerlo aunque quisiera? Es evidente que el deterioro de la autoridad presidencial llega hasta su feudo. No sólo Alberto Ballestrini (intendente de La Matanza) se aproximó a Adolfo Rodríguez Saá, enemigo declarado de los Duhalde (los mortifica diciendo que «son el pacto de Olivos» cuando en ese acuerdo el actual Presidente, vestido de jugador de paddle en lo de Dante Caputo, cree haber perdido un mandato). También Raúl Othacehé, intendente de Merlo, advierte ya desde ahora que el PJ de la provincia no votará unificado en favor de De la Sota, aunque el cordobés corra con los colores de los Duhalde (o tal vez por ello).
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