De la Sota hace la suya y no alegra a Kirchner
José Manuel de la Sota desenganchó la elección de autoridades en Córdoba de la fecha de las presidenciales. Las hará el 2 de setiembre, contrariando el deseo de Néstor Kirchner de juntarlas con las del 28 de octubre. Ya estaba enojado con el gobernador de Córdoba por haber elegido a Juan Schiaretti como heredero, recordando mezquindades del pasado cavallista de los tres. Con eso le resta el peso de la elección local, que puede arrastrar sufragios hacia las listas nacionales en un distrito en el cual el peronismo, se presume, hará una buena elección. De la Sota le concedió a Kirchner sólo que coincidan con las elecciones a gobernador de Santa Fe para ilusionarlo con los titulares del día después: una derrota del oficialismo que cree segura a manos de Hermes Binner la compensaría, si gana Schiaretti, con un triunfo en Córdoba.
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Tampoco lo halagó De la Sota en la elección del candidato a presidente: Kirchner, con quien el gobernador mantiene a veces diálogos violentos a puertas cerradas, insistió con Juan Schiaretti, un protocavallista a quien el Presidente tiene en la lista de sus rencores, que son muchos y bien firmes. Promete, a puertas cerradas, quitarle el pan y la sal en la campaña. Hacia afuera se dedica a sacarse fotos con él, para enojo de un Luis Juez que tiene promesas del Presidente de ayudas que nunca llegan.
¿Por qué no es más duro el Presidente con De la Sota?, se enoja el extravagante alcalde de Córdoba, que quiere heredar ahora la gobernación. No obtiene respuestas. Aunque debería suponer una: Kirchner nunca ataca a quien tiene algún poder de fuego -sus andanadas verbales son por general para quien no puede o no quiere defenderse-. El Presidente le teme a De la Sota más de lo que confiesa; cree que es el único peronista que a futuro puede alzarse de manos y plantear un proyecto político para enfrentarlo. Por eso mantiene con él un conflicto de baja intensidad y busca no pelearse en la superficie; hacerlo, cree, sería alimentar la dialéctica y hacerlo crecer como adversario del kirchnerismo. Eso, entiende Kirchner, lo hará una vez que esté afuera de la gobernación y pensando en 2011.
¿Cuánto le molesta a Kirchner ir a una elección nacional que coincide con provinciales sólo para 62% de los electores? Los que ven detrás de las paredes (pero que oyen lo que se dice) niegan que Kirchner haya hecho mucho por convencer a De la Sota para que convocase la elección el 28 de octubre. Tampoco que le moleste que queden fuera de esa coincidencia tres distritos llenos de votos como Capital, Córdoba y Santa Fe. La clave está en las encuestasque le acercan a su mesa; los peores números para la candidatura de Cristina son en los grandes centros urbanos. ¿Para qué arriesgarse y más en distritos como Capital Federal o Santa Fe en donde el peronismo no tiene las de ganar?
Todo lo que hace hoy Kirchner en materia electoral sirve a sostener el edificio de la candidatura de Cristina. No porque esté convencido de que eso ocurrirá; pero basta con que lo crea el peronismo para desmovilizar cualquier especulación sobre otras nominaciones. ¿Quién se animaría a enfrentar a esa furia que es la senadora? Correría su esposo en auxilio y con ese temor bloquea cualquier discusión sobre la candidatura para sucederlo, algo que vale oro para cualquier presidente que llega al fin del mandato.
Nada le indica al Presidente sin embargo, que pueda lograr convencer al público de que obedezcan la orden de votar. El «dedazo» es un resabio de la política pestilente de la que dice querer separarse. Tampoco el recurso sirvió en esa bisagra que fue Misiones. Menos aún ayuda el regreso de los muertos vivos con el caso «
Isabelita». En sus charlas de peña una frase recurrente de Kirchner es «Vivo enojado con el 'Viejo'(Perón). El sabía que se moría, podría haber hecho otra cosa con el peronismo, pero nos condenó a 'Isabelita'». Nada más fascinante que repetir los gestos próceres cuando la vida da la oportunidad. Pero este retorno al peor pasado -que algo alegra a Kirchner- echa una nueva luz sobre estas manipulaciones en la cúpula, que puede hacer aparecer en esta Cristina puesta a dedo a otra «Isabelita», con entorno y Brujo (sobra gente en la mesa chica para repartir esos roles). Una estampa odiosa de cuya conveniencia se tiene aún que convencer Kirchner. Por razones de estética.



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