12 de noviembre 2007 - 00:00

De madrugada, con el vaso en la mano

Cincuentón en hora crítica, Néstor Kirchner manoteó el Gran Old Parr, scotch de 12 años de reserva, única medicina para su generación que a la medianoche del jueves logró domarlo. Hacía un rato, se había enterado de que, luego de abrazarlo ante los flashes, Tabaré Vázquez había ordenado la habilitación de la pastera Botnia.

En el lobby del hotel Sheraton Santiago -como el de Retiro, se desdobla en un clásico y otro más moderno y selecto, llamado San Cristóbal Tower, en el que ocupó una suite el matrimonio presidencial-, Kirchner se apaciguó con fútbol y varias medidas del Old Parr que también atacó Jorge Taiana.

Un velorio la mesa de la comitiva argentina, con palabras fuertes contra Tabaré, como anticipos de la frase que al día siguiente le diría, en persona, Kirchner al uruguayo: «No me tomés por pelotudo».

Un rato antes, el patagónico había disfrazado su furiade dolor en el discurso público frente a la TV, el rey Juan Carlos y los demás presidentes pero, cara a cara con el uruguayo, a unos pasos del toilette, sin testigos, vomitó lo que hacía horas mascullaba en privado: esa frase bien criolla pero comprensible en toda su dimensión para cualquier uruguayo.

El trago no tuvo efecto calmante en Carlos Tomada, tan molesto con la decisión de Uruguay que hasta se embraveció con un mozo que le negó un pedido etílico: eran casi las 2 de la madrugada cuando el ministro de Trabajo reclamó un champagne para despedir una noche en la que la delegación argentina no tenía nada para festejar. Como el mozo le dijo que no tenían esa bebida espumante, Tomada levantó la voz ante el compañero gastronómico: «¡Cómo me dicen que no!: ¿no ven que estamos con el presidente argentino?». Funcionó como una frase mágica: minutos después, voló un corcho.

Deficitario de sonrisas, sin ganas de bromear, lo único que arrancó a Kirchner de su lamento fue otro mozo que se le arrimó y comenzó a hablar de viejas glorias de Racing y se confesó hincha del equipo de Avellaneda. Desconfiado, Kirchner lo tanteó:

-¡Vos me estás cargando! -lo miró fijo.

-No: soy hincha y hasta tengo una camiseta -le dijo el muchacho, un chileno de unos 25 años, llamado Pablo Hernández.

-¿Pero vos sos tonto? ¿Cómo te vas a hacer hincha de Racing si es para sufrir? -intervino Alberto Fernández obligando a que Kirchner le recuerde su fanatismo por Argentinos Juniors.

-Nene: si vas a ser hincha de un equipo argentino, tenés que ser de Boca -apareció Tomada.

  • Distensión

    Al rato, el mozo se apareció con una camiseta de Racing y se fotografió con Kirchner.

    El fútbol, a pesar de todo, aportó los únicos momentos de distensión en una noche para el olvido. El más eufórico de la mesa era Sergio Massa, hincha de Tigre, y electo intendente de ese distrito.

    Hubo que mirar detenidamente la letra chica para justificar a qué viajaron Tomada y Massa, más allá de hablar de fútbol y actuar de sparring para las humoradas del Presidente, a Santiago de Chile: un convenio sobre seguridad social -para acordar un protocolo entre los 22 miembros de la comunidad iberoamericana sobre jubilaciones- justificó su inclusión en la delegación.

  • Comitiva

    El resto del pasaje lo completaban Cristina de Kirchner, que participó un rato de la mesa de los galanes tristes en el lobby, la casi invisible Alicia Kirchner, Miguel Núñez -desdoblado entre el Presidente en retirada y la presidente electa- y el viceministro del Interior, Rafael Follonier, al que Kirchner le encomendó actuar como nexo -¿o como «comisario» para que no hagan escándalo?- con los asambleístas llegados desde Gualeguaychú.

    Antes del confesionario grupal en el Sheraton, Kirchner había esquivado el delicattesen de mariscos y frutos de mar que se sirvió para los presidentes en la apertura de la cumbre y se escapó con su esposa, sólo escoltados por la custodia y los secretarios, al restorán Puerto Marisko, previa requisa de rigor de los encargados de la seguridad presidencial. ¿Por temor a un envenenamiento, Kirchner y su esposa se hicieron enviar su propio pan y sus galletitas de cereal? No: indicación de médicos y nutricionista, no paranoia chavista.

    El matrimonio había visitado ese local en 1995, y Kirchner pidió repetir el plato que probó entonces: calamares en su tinta con arroz negro, langostas, camarones apanados y machas a la parmesana, que la senadora «picoteó» antes de avanzar sobre su plato «de fondo»: atún con sésamo y raviolones negros de centolla. Postre: frutas frescas, torta de merengue y chocolate mazapán.

    Pablo Ibáñez
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