De madrugada, con el vaso en la mano
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Un Milei auténtico dando batalla para defender su modelo
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Renunció Carlos Frugoni en medio de un escándalo por propiedades no declaradas en EEUU
-¡Vos me estás cargando! -lo miró fijo.
-No: soy hincha y hasta tengo una camiseta -le dijo el muchacho, un chileno de unos 25 años, llamado Pablo Hernández.
-¿Pero vos sos tonto? ¿Cómo te vas a hacer hincha de Racing si es para sufrir? -intervino Alberto Fernández obligando a que Kirchner le recuerde su fanatismo por Argentinos Juniors.
-Nene: si vas a ser hincha de un equipo argentino, tenés que ser de Boca -apareció Tomada.
Al rato, el mozo se apareció con una camiseta de Racing y se fotografió con Kirchner.
El fútbol, a pesar de todo, aportó los únicos momentos de distensión en una noche para el olvido. El más eufórico de la mesa era Sergio Massa, hincha de Tigre, y electo intendente de ese distrito.
Hubo que mirar detenidamente la letra chica para justificar a qué viajaron Tomada y Massa, más allá de hablar de fútbol y actuar de sparring para las humoradas del Presidente, a Santiago de Chile: un convenio sobre seguridad social -para acordar un protocolo entre los 22 miembros de la comunidad iberoamericana sobre jubilaciones- justificó su inclusión en la delegación.
El resto del pasaje lo completaban Cristina de Kirchner, que participó un rato de la mesa de los galanes tristes en el lobby, la casi invisible Alicia Kirchner, Miguel Núñez -desdoblado entre el Presidente en retirada y la presidente electa- y el viceministro del Interior, Rafael Follonier, al que Kirchner le encomendó actuar como nexo -¿o como «comisario» para que no hagan escándalo?- con los asambleístas llegados desde Gualeguaychú.
Antes del confesionario grupal en el Sheraton, Kirchner había esquivado el delicattesen de mariscos y frutos de mar que se sirvió para los presidentes en la apertura de la cumbre y se escapó con su esposa, sólo escoltados por la custodia y los secretarios, al restorán Puerto Marisko, previa requisa de rigor de los encargados de la seguridad presidencial. ¿Por temor a un envenenamiento, Kirchner y su esposa se hicieron enviar su propio pan y sus galletitas de cereal? No: indicación de médicos y nutricionista, no paranoia chavista.
El matrimonio había visitado ese local en 1995, y Kirchner pidió repetir el plato que probó entonces: calamares en su tinta con arroz negro, langostas, camarones apanados y machas a la parmesana, que la senadora «picoteó» antes de avanzar sobre su plato «de fondo»: atún con sésamo y raviolones negros de centolla. Postre: frutas frescas, torta de merengue y chocolate mazapán.
Pablo Ibáñez




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