Algunas organizaciones barriales, asambleas, espontáneos grupos de protesta y también piqueteros no alineados con el gobierno (es decir, aquellos que no reciben la visita mensual de algunos funcionarios del gobierno) han comenzado a imaginar respuestas para la movilización organizada por el oficialismo el próximo primero de marzo. Como se sabe, para ese día se anunció una convocatoria en apoyo al gobierno, muestra de adhesión que ya se suspendió en dos oportunidades para evitar confrontaciones (recordar que, en ese sentido, fueron persuasivas las presiones de monseñor Casaretto, entre otros clérigos, que le hicieron abandonar el proyecto al Presidente). Ahora, sin la presunta presencia de otros manifestantes opuestos, la gente de Duhalde -mayoría bonaerense- pretende desfilar vitoreando su nombre.
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Hay sectores del ámbito porteño que parecen molestos con esta actitud, ya que la situación no está para premios demagógicos, que se supone provienen de algunos intendentes del Gran Buenos Aires. Se concilia, además, con las giras de buena voluntad de Duhalde por el interior, provincias tipo Tucumán o Santiago del Estero, donde recoge muestras de favor (aunque muchos sospechan que esas muestras fueron previamente abonadas). Lo cierto es que hay grupos quejosos dispuestos, después de la manifestación del primero, a organizarse para replicar en número a esa concentración duhaldista. En rigor, parece penoso que se haya instalado esa posibilidad de enfrentamientos que, más bien, retrotrae a la época en que algunos caudillos avanzaban sobre la Capital.
Para el acto del primero se estima que, por lo menos, deberán contratarse alrededor de 1.000 ómnibus, única forma de garantizar 25 mil personas en el Congreso. Por supuesto, los organizadores bonaerenses estiman que conseguirán reclutar muchas más voluntades. Nadie habla de presupuestos, pero es obvio que una manifestación de esas características requiere un engrasamiento anterior. Además, para algunos organizadores esto es una bendición: nunca entregan lo mismo que reciben. Se piensa en la capacidad organizativa de los municipios de Matanza, Florencio Varela, Tres de Febrero, eventualmente contingentes provistos por Aldo Rico desde San Miguel, San Vicente, Malvinas Argentinas, como los más aptos -para el oficialismo- para acercar gente al Congreso. Aun cuando en esos lugares se repiten cacerolazos, también cortes de ruta y el desprecio a la conducción municipal suele reiterarse. Si hasta un veterano prócer del peronismo como Manuel Quindimil, en Lanús, ha recibido más de una silbatina, quizá no molestos con él, sino con los apoyos que brinda.
Sería lamentable que esa «plaza del sí», ya anticipada en varias provincias, se constituya no tanto en un apoyo a cierta gestión, sino en la chispa de una confrontación no deseada con otros sectores de la población, espontáneos y dañados por la crisis. Venezuela y el general Chávez -quien tuvo respaldos genuinos en su momento- han avanzado hacia una división ominosa de ese tipo.
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