Sabemos que una cantidad enorme de nuestros compatriotas están sometidos a un nivel de pobreza injusto y agraviante. Comprendemos que quienes padecen esa situación y sufren por sus familias, ejerzan su derecho a la protesta y al reclamo. Pero estamos convencidos de que la violencia, la confrontación física, la destrucción, la agresión y la represión no sirven para mejorar la situación de nadie. No se trata de invocar la paz a partir de una convocatoria ingenua a la buena voluntad colectiva. Se trata de aprender las lecciones de nuestro pasado no tan lejano y tal vez, nada más que adormecido: la violencia siempre perjudicó a los más débiles y terminó siendo la excusa de los autoritarios que, diciendo buscar el orden, despojan al pueblo de su capacidad de autogobernarse y profundizan aún mas las desigualdades.
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Está claro que el Estado debe monopolizar el uso de la fuerza dentro de la ley. También es cierto que el desorden callejero permanente crispa aún más a una sociedad ya muy golpeada por la crisis económica. Pero el gobierno tiene que saber que su fortaleza no puede ser el resultado de la represión policial. El único camino que tiene para cumplir con su papel en la transición, consiste en buscar acuerdos básicos acerca de tres temas decisivos: la situación económica y la relación con el FMI; la política de emergencia para luchar contra la pobreza y la reforma política.
La relación con el FMI se ha convertido en la manifestación concreta de nuestra debilidad. El nivel de endeudamiento generado durante los noventa nos coloca en situación de indefensión y sometidos a presiones que afectan nuestra dignidad. El único camino para enfrentar esta situación en mejores condiciones consiste en la consolidación de nuestro país como nación organizada y coherente, y en la profundización del proceso de integración regional. Así como es imprescindible recostruir los lazos de solidaridad internos, tenemos que comprender que nuestra capacidad de decisión autónoma depende en gran medida de los lazos de solidaridad que establezcamos con Latinoamérica a partir del Mercosur.
La UCR insta al Gobierno Nacional a enmendar el rumbo de su política económica. Ha fracasado el intento de supeditar todas las decisiones nacionales a los problemas de un sector financiero que fracasó rotundamente en el empeño de generar niveles de confianza indispensables para su subsistencia. No ignoramos el papel que en todo ello puede haber tenido la polítca y las decisiones públicas. Pero tampoco se han advertido síntomas de compresión y de respuestas ante problemas en los que la respuesta de la iniciativa privada debe primar sobre la de los poderes públicos. Esto es particularmente evidente en lo que se refiere a las casas matrices de muchos bancos internacionales, que persisten en desconocer la responsabilidad que les asiste en un sistema definitivamente globalizado como el vigente en el mundo actual. Debemos recrear las bases para una economía basada en la inversión , la producción y el empleo.
La UCR hace suyo el reclamo ciudadano de una política social volcada a la protección de los que menos tienen. La política del Gobierno Nacional, ha resultado una vez más, claramente contraproducente. Los riesgos del clientelismo y el centralismo están nuevamente vigentes, aun cuando los sistemas que se procura implementar pretenden orientarse en un sentido contrario. Resulta imprescindible avanzar en la transparencia y la auditabilidad de las políticas de lucha contra la pobreza y la exclusión social, rechazando dogmatismos y rigideces e incorporando a las organizaciones sociales en la gestión de recursos sociales, cada vez más escasos e imprescindibles.
El gobierno no debe confundir apoyo institucional con subordinación política. Nuestra identificación con la democracia, nuestra buena fe para ejercer la oposición y nuestro sentido de responsabilidad están fuera de discusión porque han sido acreditados a lo largo de toda nuestra existencia. Sabemos que hoy, más que nunca, la mejor manera de recuperar el sistema político consiste en actuar con responsabilidad intelectual, sin doble discurso, sin arreglos a espaldas del pueblo, adoptando abierta y públicamente las actitudes que indique la conciencia en favor del bien común. A partir de esas condiciones, estamos dispuestos a contribuir a lo que entendamos necesario para completar la transición, pero de ninguna manera declinaremos la independencia partidaria, porque no beneficiaríamos al pueblo, dilapidaríamos nuestro valioso patrimonio ideológico y le estaríamos haciendo el juego a los sectores autoritarios que quieren la revancha desde el ochenta y tres por vía de destruir la política y los partidos nacionales.
El único camino para devolverle legitimidad al sistema político, consiste en que el pueblo vote, eligiendo libremente su gobierno. Por eso, las elecciones no deben ser una salida de emergencia que produzca un gobierno tan débil como el actual, sino un camino de recuperación que fortalezca a la Argentina democrática, devolviéndole la capacidad de planificar y ejecutar políticas públicas eficaces. De ahí que nos interese profundamente que todos los argentinos quieran votar, y que todos los partidos tengan propuestas desarrolladas y equipos consolidados para afrontar esta situación inédita desde una plataforma humana e ideológica lo suficientemente firme.
La Unión Cívica Radical sufre una de las situaciones más dificiles de su historia. Tenemos plena conciencia de su deterioro frente a la opinión pública y sabemos que -más allá de generalizaciones injustas, críticas mal intencionadas o indebidas transferencias de responsabilidad por parte de algunos de quienes nos juzgan- hemos cometido errores que debemos reconocer y reparar. Estamos convencidos que los valores y principios que la Unión Cívica Radical ha representado históricamente, servirán para recuperar la Nación si los convertimos en propuestas progresistas, modernas y operativas. En busca de ese objetivo, haremos todo lo necesario para defender la identidad partidaria, recuperar la militancia, modernizar nuestras ideas y métodos de acción y corregir las deformaciones clientelítisticas y prebendarias que nos contagiaron en la última década.
La Argentina saldrá de esta encrucijada en la medida en que vuelva a crecer y distribuya ese crecimiento con justicia, empezando por los más desposeídos: los desocupados, los jubilados, los asalariados. Esa es la única forma de recuperar el equilibrio social perdido. Pero también hace falta un crecimiento espiritual, que reivindique la confianza en nosotros mismos y en nuestra recíproca solidaridad. El enorme precio de la crísis debe significar por lo menos un aprendizaje esencial y definitivo: nadie se salva individualmente cuando la Nación cae.
Hemos acompañado el esfuerzo parlamentario en busca de nuevos marcos normativos para la reforma de las reglas y prácticas de la vida política argentina. Pero no es allí por donde pasa solamente la reforma. Es necesario un cambio en las actitudes y en la vida interna de los partidos. El Comité Nacional de la UCR, trabaja en la elaboración de respuestas al reclamo popular y presentará en el próximo plenario nacional, una propuesta integral de reformas de instrumentos básicos para la reorganización de su vida partidaria. Es el imperativo de la hora y la vía más fecunda para la recuperación de la confianza que muchos ciudadanos han perdido en ese instrumento básico para la vida democrática que son los partidos políticos.
Es la hora de consensos nacionales y de recrear la esperanza. De acción solidaria e innovación política. De compromiso y de realizaciones. Que nadie especule con la confusión y la desunión de los argentinos. Que nadie espere que la violencia vuelva a instaurarse en la Argentina. La Unión Cívica Radical reconoce sus errores y al mismo tiempo ratifica sus compromisos permanentes. Es el partido de la reparación ética y la reforma democrática. Del cambio social y la identidad nacional. Ese es el sentido profundo de su compromiso en esta hora de reconstrucción social.
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