Deslucido lanzamiento porteño de Cristina
Propios y ajenos esperaban más de Cristina de Kirchner anoche en el Luna Park. Se mostró junto a Julio Cobos ante un auditorio de funcionarios, piqueteros y algunos militantes -la minoría- del conurbano. Acto frío, discurso improvisado y desconcentrado que hasta defraudó el lema oficial de que empezaría con ella algún cambio. Sobreactuó amistad con Madres de Plaza de Mayo y le pidió la música a Mercedes Sosa, emblema del alfonsinismo melancólico de los años 80. Ella pudo más, pero prefirió las palabras aburridas en un país atónito con hechos que conmueven.
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Oficializaron la designación de Herrmann en reemplazo de Frugoni
Cristina Fernández y Julio Cobos en la presentación oficial de
la fórmula. Detrás, un sonriente Néstor Kirchner (arriba). Néstor Kirchner
buscó el
contacto con
símbolos como
las Madres y
Abuelas de
Plaza de Mayo
en el acto del
Luna Park, en
busca de
prestigio y de
votos de
sectores que
cree lo distancian
del
peronismo (abajo).
La faena de la senadora tampoco es fácil: debe asegurar continuidad a un gobierno que se desagua día a día con problemas que nacen en sus entrañas mismas; desaciertos en el gasto, destrucción de los indicadores de la economía, denuncias de corrupción. Si se suma el descenso del superávit, el aumento del riesgopaís, y que la crisis financiera internacional cierra el acceso de una nación defaultera a los mercados, parece peligrar la fórmula del éxito para Kirchner, liquidez + prestigio. Y ella tiene que edulcorar esa pócima.
Arrancó con un reto. «¡ Presidenta, acostúmbrense, presidenta!», le gritó la candidata al auditorio que la recibió al son de «Se siente, se siente, Cristina presidente». No pudo reprimir el impulso de retar a alguien, quizás por la necesidad de sostener el único activo que se le reconoce, la firmeza, el énfasis con que suele sostener sus palabras -difícil decir sus argumentos, que en ella son tan cambiantes como la identidad difusa del gobierno al que pertenece-.
Esperaba el público mucho más del personaje, que ese solo reto. Si le escribieron algo más sólido, lo olvidó. Improvisó sosteniéndosecon lugares comunes («¡Qué nos pasa argentinosss!», «no tenemos un proyecto de país», etc., etc.) como si se tratase todo de recubrir con palabras gastadas una realidad que hace saltar los resortes cada día que pasa. Sobre el final, el esfuerzo de tener que prolongar la actuación sin libreto se le notó a la senadora en el cuerpo. Se fue quedando sin letra ni inspiración; ni el vestido rosa, radiante, alcanzaba para distraer la mirada de la cámara hacia un rostro arrasado por la transpiración.
Desconcentrada como pocas veces antes en público, la candidata echó mano del relato de la épica patagónica para entrar en más contradicciones, algo imperdonable ante el público que la oía por televisión.
Reclamó comprensión desde la centralidad cuando el gobierno que ostenta es la centralidad elevada al infinito. Denunció que antes se gobernaba desde Buenos Aires en beneficio o perjuicio del gobernador y el intendente amigo o enemigo, cuando su esposo es un estilistadel clientelismo político. Que el proyecto de sucesión conyugal tiene un aroma monárquico lo comprueba el culto a la personalidad de la primera dama.
Si quería ofrecer un discurso de cambio pudo ir más allá, como brindar alguna promesa de terminar con el reparto de los fondos del Estado según las adhesiones de intendentes y gobernadores.
Quiso mostrarse como abanderada de la superación de la crisis política nacida de «la implosión» (dijo) del año 2001, pero terminó en una defensa encendida de la concertación transversal, mecanismo de cooptación de voluntades ajenas que ha profundizado esa crisis más allá de todo remedio a la vista. Era obvio que reivindicase a Ricardo Balbín saltando la tapia de la residencia de Gaspar Campos para acordar algún pacto con Juan Perón que nunca funcionó.
En el único pasaje interesante del discurso amagó con alguna autocrítica: «Ninguno de los partidos políticos con responsabilidad en lo que pasó en estos años puede decir 'lo hemos hecho bien'. Asumimos las equivocaciones, es una obligación moral y nacional para no repetir los errores». Pero ahí quedó, como si la controlase su esposo con la mirada y se desvió hacia obviedades del tipo: «No sólo necesitamos un buen gobierno sino buena gente, que se mire y reconozca lo mejor del otro». Algo que por lo demás los Kirchner deberían intentar alguna vez.




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