No culmina el desatino oficial de nombrar a un embajador para tratar «especialmente» a la comunidad judía, hecho suscripto por el propio Eduardo Duhalde a instancias de Carlos Ruckauf y Esteban Caselli, el presunto asesor en cuestiones de Culto. Tras el repudio al decreto (por considerarlo discriminatorio) y pedido de revocatoria por parte de organizaciones judías, el canciller le envió ayer una carta a la DAIA balbuceando excusas por el error y ofreciendo explicaciones. Más lodo para el barro.
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Una larga misiva de dos carillas suscribió Ruckauf al titular de la DAIA, asegurando que el decreto no tenía ningún sentido discriminatorio ni tampoco el propósito de generar una instancia diferente de interlocución entre las organizaciones de la comunidad judía y el gobierno. Más bien, expresa que fue una atención -de él, se supone, ¿del Presidente o Caselli?- con Saúl Rotsztain, «hombre proveniente del campo de las relaciones institucionales que ha sabido desplegar espacios de diálogo». No caben dudas sobre la afirmación: Rotsztain estaba en la nómina de Ruckauf, fue asesor en el Banco Provincia y hoy figura entre los 30 colaboradores contratados del Ministerio de Defensa, bajo la tutela del subsecretario Fernando Maurette, espada del canciller en el ámbito militar. Lo que prueba la ductilidad de Rotsztain como «hombre de varios espacios».
Sigue Ruckauf en su descargo pidiendo por segunda vez perdón por el sentido discriminatorio que podía deducirse de la medida y promete «rectificar claramente» el decreto para evitar confusiones, añadiendo consideraciones propias del Preámbulo que seguramente la DAIA no ignora. Su mayor problema: ¿cómo echar atrás un nombramiento que firmó el propio presidente Duhalde? ¿Cómo justificar ante el propio mandatario -quien lo mandó a arreglar el asunto antes de que se vaya 15 días del país- la gravedad de la medida? Ni siquiera tampoco puede sancionar al responsable de Culto, Caselli, quien en ocasiones parece con más vara alta que el propio canciller. Al menos, en ciertos temas de jerarquía.
Mínimo bálsamo fue la carta. El propio destinatario, José Hercman (titular de la DAIA), consideró que «es una clara marcha atrás en una medida indefendible: se han dado cuenta de lo que hicieron (por las protestas, sin duda) y trataron de maquillarla diciendo que no se refería a la comunidad judía local sino a las organizaciones no gubernamentales del resto del mundo. Suena poco creíble». Obvio: si así no fuera, jamás se le hubiera precisado y dedicado la misión con la comunidad judía, en una actitud manifiestamente racista.
• Compungido
Rotsztain, a su vez, derivó a un emisario el viernes pasado para declarar «lo compungido» que estaba por el inocente favor que le había tramitado el tándem Ruckauf-Caselli. Al hablar por teléfono con este diario desde Nueva York, ayer, dijo que «no sabía qué contestar frente a la reacción de las organizaciones judías» y luego pidió cortar. Es como si él mismo ignorara las características discriminatorias de la decisión, un episodio deplorable en la historia diplomática argentina, quien por recibir una sinecura considera con ingenuidad que ésta sirve -con la misma utilidad- para tratar la cuestión judía, el espíritu boquense, las pretensiones ecológicas o el problema de los jubilados.
Pero no es esa estupidez la que irrita con razón a los judíos en sus dos dimensiones de pueblo y religión: advierten que la designación de un judío oficial para que los interprete en forma especial frente al gobierno supone una condición de racismo intelectual, excluyente, parcial, de peligroso origen y particular vigencia. Cuesta aceptar que sólo un criterio mezquino, prebendario, de servicio personal y crematístico haya impulsado una medida que sin demasiado cuidado suscribió el presidente Duhalde.
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