Un entusiasta de Eduardo Duhalde, tanto que lo soporta ejerciendo como secretario privado a pesar de su profesión de médico, es José Pampuro, obviamente conocido como «Pepe». Fuma en pipa, de rigurosa fidelidad también a Chiche Duhalde, busca acercamientos para el Presidente, realiza tareas con discreción -en otra época era el enlace secreto con Domingo Cavallo cuando éste servía sin distinción a Dios y al Diablo- y cada tanto opina sobre medidas ejecutadas o a instrumentar. Prudente, acierta en ocasiones, se equivoca en otras. Pero siempre, su referencia es la inquietud que aqueja a su jefe, la preocupación que le quita el sueño (por eso siempre dice que duerme como un niño).
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Y, es obvio, a Duhalde lo altera -desde que asumió- la definición de «Presidente designado» con la que algunos lo martirizan, quizá disfrutando por esa controvertida legitimidad que le significó alcanzar la primera magistratura no por el voto popular, sino por el pacto de los legisladores. Tal vez, para muchos, esa distinción no es significativa, pero el protagonista -como suele ocurrir- lo vive como un pecado. De ahí que, para resolver ese agujero de representatividad, algunos pensaron en la convocatoria a un plebiscito y Pampuro se convirtiera, desde el lunes de la semana pasada, en uno de los divulgadores de la idea. Nadie más que él sueña con hacer feliz a su jefe.
En rigor, lo del plebiscito atiende dos propósitos: l) neutralizar o intimidar a quienes, desde el PJ y otros sectores, claman por el llamado inmediato a elecciones generales como una forma de desplazar a Duhalde. La respuesta, entonces, es advertir que tambien él dispone de lo suyo en materia electoral; 2) revalidar con sufragios esa entente que hizo con el radicalismo de Raúl Alfonsín y su propio capital bonaerense (singularmente, también una forma de desprenderse del socio si en el futuro lo requiriese cualquier eventualidad). Aunque lo más deseable por Duhalde es abandonar la anomalía de su designación, la que a cada rato le hace decir que «no es un presidente débil». No se refiere en esa frase a su contextura física o mental, sino a la forma en que llegó al poder, no transparente del todo, y a la obligación de compartir con otros una categoría que, supone, sólo le corresponde a él (los legisladores que lo nominaron entienden que es un par de ellos).
La idea del plebiscito surgió al mejor estilo duhaldista de las encuestas. No sólo, ahora, lo mide una mujer bonaerense que maneja un aparato gigantesco, sino otros encuestadores que horadaron ese monopolio y sirven al gobierno. En general, los sondeos revelan que Duhalde, también su esposa Chiche, Luis Zamora, Elisa Carrió, luego Carlos Reutemann y José Manuel de la Sota son los únicos que figuran como posibles votados, en el caso hoy de una elección. La muestra no sirve para nada -al margen de otras razones- porque ninguno de los presuntos aspirantes alcanza siquiera 15%. Pero no son estos datos estadísticos los que tentaron a Duhalde y euforizan a Pampuro.
• Pregunta paralela
Sucede que paralelamente, la encuesta preguntó también si se deseaba el cambio de gobierno o se prefería que Duhalde se quedase hasta 2003. Si había sido magro el otro resultado, éste -tal vez compelida la gente por el enigma de lo que podría devenir luego de Duhalde- favorece las pretensiones oficiales: de las dos fracciones en disputa, la de la continuidad se impone con suficiencia. Esto habilitó el sueño: si verdaderamente nos quieren, ¿por qué no escriturar esa preferencia en un plebiscito?
Así rumia el entorno, no sólo el infidente Pampuro, aunque hay una frontera que les impide proceder: podemos ganar, reconocen, pero no podemos garantizar que la gente se presente a votar. Al menos, en forma significativa. Por lo tanto, el plebiscito de los que aman a Duhalde tropieza con la ingobernable voluntad de los votantes, quienes podrían desistir de sufragar en la convocatoria aun si ésta fuera obligatoria. Y ser presidente sólo con el respaldo de una parte minoritaria del padrón significaría no sólo más debilidad, sino también un fracaso que empujaría a la renuncia. Para cambiar ese espíritu de deserción electoral, esa desobediencia cívica, es que empezaron los actos de Duhalde por todo el país, la plaza del Congreso del l y hasta el acto del 24 de marzo. Se supone que esa movilización colectiva podría alentar la concurrencia a las urnas, al menos ésa es la quimera de Pampuro.
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