3 de abril 2003 - 00:00

El duhaldismo acompañó a Kirchner, pero con frialdad

Fue un desacierto que anoche un acto que concentró apenas la mitad de los 60 mil asistentes prometidos paralizase un amplio sector de la Capital Federal. No ocurre eso ni con un River-Boca en el mismo estadio para una final, que no entorpece la circulación. El duhaldismo acompañó formalmente, casi a reglamento, a Néstor Kirchner en River Plate. Llevada esa militancia en centenares de micros, la circulación de vehículos se paralizó por exagerados cortes de calles en torno al estadio. Una sobreactuación del gobierno para hacer creer en asistencias masivas que impidió salir a la gente hacia la zona norte a la hora de más tráfico. Otro error fue ese enardecimiento de Kirchner ante las cámaras de TV; embalado por esos miles que lo escuchaban en River, no reparó en que lo veían millones por TV gesticular amenazas vociferantes que intimidan a ese voto moderado que decide todas las elecciones.

La tropa era prestada pero Néstor Kirchner logró finalmente encabezar un acto masivo. Escoltado por su vice, Daniel Scioli, el candidato del PJ oficial se subió al escenario de la cancha de River Plate donde -traídas desde el Gran Buenos Aires- se amontonaron entre 28 y 30 mil personas.

Con ese mitin el duhaldismo dio al santacruceño una prueba de amor condicionada: aportó la multitud necesaria para mostrar por TV el estadio colmado pero, en paralelo -cruel como pocos en eso de explicitar dónde está el poder- inyectó cuotas de frialdad.

• Ambigüedad

Una postal probó esa ambigüedad: cuando la voz del estadio -femenina- nombró a Hilda Chiche Duhalde, las tribunas se estremecieron. En cambio, cuando Kirchner trepó al palco (de traje pero sin corbata) las barras apenas aplaudieron; por compromiso, casi a desgano.

Pero nada tiene que reprochar el santacruceño a sus aliados bonaerenses. Los caciques del conurbano alquilaron los 2.000 micros como habían prometido pero no pudieron lograr lo imposible: que Kirchner, en definitiva un hombre que viene del frío, apasione a las muchedumbres.

En rigor, cada uno hizo su parte: los gobernadores se apilaron en el tablón -aún el formoseño Gildo Insfrán que evitó cumbres pasadas-; los funcionarios y legisladores se sometieron al «corralito» -estaban apretujados tras una valla sobre el césped- y hasta Chiche Duhalde derramó alguna sonrisa.

Aparecieron, como estaba previsto,
Felipe Solá -el bonaerense, que alguna vez el PJ duhaldista quiso de vice, se ha convertido en una especie de tres de la fórmula- acompañado por su esposa Teresa, el jujeño Eduardo Fellner, el misionero Carlos Rovira, y el tucumano Julio Miranda.

También el vice de Tierra del Fuego,
Daniel Gallo; los jefes de Congreso, José Luis Gioja y Eduardo Camaño, y una delegación de ministros integrada por Aníbal Fernández, Alfredo Atanasof, Ginés González García, Juan José Alvarez, y hasta Jorge Sarghini, como enviado de Roberto Lavagna.

También una colección de intendentes y legisladores prototípicos del duhaldismo:
Manuel Quindimil, José María Díaz Bancalari, Hugo Curto, Baldomero «Cacho» Alvarez, María del Carmen Falbo, Mabel Müller y Daniel «Chicho» Basile, entre otros.

Como contrapeso, el felipismo aportó caras propias: por caso,
Federico Scarabino, Julio Alak, Hugo Corvatta y Florencio Randazzo. Naufragó en esa frontera difusa de pertenencias, y en su doble rol de ministra de Educación y candidata a vice bonaerense, Graciela Giannettasio.

Aunque eran los dueños de la noche -
fueron, al fin, quienes fletaron los colectivos a $ 150 por móvil y pagaron las viandas para los aplaudidores-, los bonaerenses tuvieron que compartir el césped con porteños como el multipartidario Gustavo Béliz y Daniel Santilli, y hasta el ex PC Eduardo Sigal.

Al margen de esas quejas menores, se escucharon protestas por la espera a que los sometió el candidato -arrancó dos horas más tarde de lo previsto- y hasta apuntaron contra los organizadores porque el acto quedó fuera de los noticieros de TV.

«Tanta inversión desperdiciada. A esta hora la gente está mirando novelas»,
se lamentó un protoduhaldista que conoce con precisión los recovecos de la logística electoral. Kirchner pensaba en otra cosa: en cómo lograr que las miles de personas que saturaban River, el 27 de abril lo voten.

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