Entre la gente bien informada nadie cree que, al designar a Nilda Garré al frente del Ministerio de Defensa, el Presidente destacó allí a la persona que administró hasta ahora la relación bilateral con Venezuela. Ese mérito, por decirlo de algún modo, corresponde a Julio De Vido y a su colaborador Claudio Uberti. Antes del último viaje de Néstor Kirchner a Caracas, la embajadora Garré ignoraba la fecha de la llegada y el motivo de la visita.
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Sin embargo, el sólo hecho de llevar a Defensa a la embajadora ante la República Bolivariana constituye una señal desafiante para quienes temen por el alineamiento internacional de la Argentina, sobre todo en una materia que es -hay que ser crudo- de las pocas que interesan en el exterior. De modo simbólico, con Garré en Defensa, el Presidente quiso dar una señal agresiva hacia los Estados Unidos. Como si estuviera negociando con Washington. Pero ¿alguien negocia con él del otro lado?
La otra razón por la que Garré es ministra tiene que ver con una fascinación del santacruceño. Sobre la base del modelo chileno, que tuvo a Michelle Bachelet como ministra de Defensa (la ahora candidata a presidenta de la coalición gobernante es, además, hija de un brigadier muerto por la represión de Augusto Pinochet). Kirchner soñó con que los militares tengan una jefa, no un jefe. Y, de ser posible, con un pasado de izquierda, reivindicativo. Ahora se dio ese gusto: puso allí a la ex cuñada de Fernando Abal Medina (uno de los fundadores de «Montoneros» e integrante de la célula que secuestró y asesinó a Pedro Eugenio Aramburu), una ex frepasista convenientemente aburguesada.
Razones suficientes para que los militares, sobre todo los de Ejército, vean esta designación como algo equivalente a descolgar otra colección de cuadros.
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