Solo quien no cultiva la política ignora la atracción, misteriosa e incomprensible, que esta actividad ejerce sobre sus aficionados.
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La observación tiene validez universal pero se vuelve más evidente por estos días si se pone la lupa sobre algunos hombres del menemismo. ¿Cómo explicar que Jorge Triaca, luego de alcanzar la cumbre en la vida sindical y, a través de ella, ser ministro, acabe de inaugurar una simple unidad básica en San Telmo, como si fuera un principiante?
Algo semejante ocurre con otro gremialista, Luis Barrionuevo, quien se dio en apariencia todos los gustos que ofrece su profesión y derivados: contribuyó como pocos a consagrar a un presidente en dos oportunidades, conduce su sindicato, se ha convertido en pieza decisiva de la CGT y, a la vez, pilotea el hobby de su club, Chacarita Juniors. Sin embargo, por una fuerza extraña, se embarca semana a semana hasta los confines de Catamarca, donde nació y vive parte de su familia, para pelear una interna partidaria contra los Saadi por el Senado. Otro ejemplo desconocido es el ex ministro del Interior Julio Mera Figueroa.
Este salteño, amante de la cría de caballos, se ha propuesto -casi desde el retiro políticoconmover al peronismo bonaerense con la pasión y, sobre todo, con los argumentos casi de un adolescente (al menos de aquellos que no temen los sinsabores que ofrece la lucha por el poder). Cuando Juan Perón regresó al país, Mera ya era diputado y desde allí pasó a administrar una inmobiliaria en Punta del Este para ponerse al reparo de los militares; el alfonsinismo lo encontró al lado de Vicente Saadi, desde donde lo adoptó Menem para convertirlo en jefe de campaña y, más tarde, en titular del Interior. Todavía no sabe por qué le hicieron perder ese cargo (sospecha que puede haber sido por su intento de construir un multimedios con el fallecido Robert Maxwell que hizo temer al obvio monopolio de la Argentina), aunque la excusa fue el intento de una contratación para confeccionar DNI «a un precio que sería una bicoca al lado del que se pretende cobrar ahora, sin que nadie se queje». La experiencia con Ramón Ortega no merece ser contabilizada, por fugaz. Así que el reingreso de Mera a la superficie política se produce hoy después de casi una bucólica jubilación.
Respetuoso de las jefaturas, el salteño con domicilio bonaerense acudió a Carlos Menem y le manifestó su intención: «Me gustaría volver a mi distrito, Salta, para pelear por una senaduría». El riojano lo miró y le torció el rumbo: «¿Por qué no caminás la provincia de Buenos Aires, que la conocés más?». Mera se convenció y, enseguida, le pidió un cargo a su jefe: «Si volvés en el 2003 quiero ser tu ministro del Interior de nuevo». Ahora explica: «Pedir un puesto fue una cábala porque Perón decía que en política hay que cuidarse de los que dicen no querer nada; son los que están dispuestos a todo por conseguir cualquier cosa».
Sin embargo, al rato de explicar en qué consiste su plan, se advierte que tiene poco que ver con ministerios. «La Argentina está en un virtual estado de asamblea, si se quiere peligroso», razona Mera. Dice que esto se nota en que «los chicos toman las escuelas, los desocupados se vuelven piqueteros y hasta el propio gobierno carece de orden y organización». Allí se detiene un instante, para hablar de De la Rúa y pregunta: «¿Sabe el cuento del que no quiere ir a la escuela». Cuenta: «Le dice a la madre, 'mamá no quiero ir a la escuela porque los chicos me pegan, me insultan y me toman el pelo'. 'No sé -le contesta la madre-, arreglalo con tu padre'. El va al padre y vuelve a hacer su descargo: 'No quiero ir a la escuela porque los chicos...'. El papá le contesta: 'De ninguna manera. Vas a ir a la escuela como todos los días. Primero, porque tenés 43 años y, segundo, porque sos el director'».
Interna
Ante ese «asambleísmo» general, a Mera no se le ocurre pedir orden. Al contrario, dice que debe ponerse también al peronismo en asamblea y ofrecerlo a quienes tienen una queja para expresar. «El peronismo es la única fuerza política capaz de manejar el conflicto social. No porque sus dirigentes sean más representativos sino porque la gente le sigue atribuyendo una solución para sus dramas. Entonces debemos organizarnos y decirles a los desocupados, a los que menos tienen, a los más jodidos: tomen el peronismo, aprovéchenlo y úsenlo en su favor como fuerza organizada; si no lo hacen, en poco tiempo se volverán piqueteros ustedes también».
Imaginado ese discurso, Mera muestra la hilacha de la interna. Sobre todo cuando dice que «con Duhalde, que fosilizó al partido en la provincia con sus conductas autoritarias, de aparato, durante 10 años, no se puede hacer lo que yo pido». ¿Qué propone, entonces? «Quiero pedirle a Carlos Ruckauf que se ponga al frente de Julio Mera Figueroa un reclamo por el cual Duhalde tenga que ofrecer internas transparentes, con padrones limpios y junta electoral independiente». ¿Y por qué Ruckauf va a estar más cerca de usted que de Duhalde? «Es sencillo: a él le conviene que el peronismo se movilice si es que quiere ser presidente. Con este peronismo que dejó Duhalde, es obvio, no llega.» Pregunta para Mera: «Usted representa a Menem, que quiere también ser presidente». Respuesta: «El conflicto de Ruckauf con Menem es nacional y yo no lo traslado al distrito. Más aún, Menem es riojano y si quiere resolver los problemas bonaerenses deberá aceptar nuestra manera de organizarnos. Menem, sigo creyendo, es el mejor; pero tiene un mal muy grave que son sus gerentes».
Si se sigue el dibujo que este hombre traza sobre el mapa político de la provincia se advertirá una figura poco convencional: para él es más natural un acercamiento entre Menem y Ruckauf, al menos para el 2001, que el mantenimiento de la sociedad de Ruckauf con Duhalde. Confiesa que todavía no le hizo saber a nadie de la provincia sobre estas ideas, aunque mantiene diálogo con el ministro de Obras Públicas, Julián Domínguez, un hombre del corazón del gobernador. Mañana en una localidad bonaerense habrá una convención de punteros de la tercera sección para promoverlo, aunque él afirma que no está para cargos electivos a pesar de que goza de cierto marketing. «Hay otros hombres», lucubra. Pero, ¿quiénes? «Y, bueno, me parece que a Jorge Villaverde se lo debe de tener en cuenta, tampoco me olvido que Felipe Solá busca su propio destino. Hay una cantera en Buenos Aires», se ilusiona tratando de nuclear a las diversas fuerzas que en ese distrito dicen responder a Menem. Cuando en verdad, al que le replica Mera Figueroa es a Duhalde. Sea por la política, por desdén o porque ningún tropiezo -como a Barrionuevo o a Triaca-parece desanimarlo.
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