11 de mayo 2007 - 00:00

El pretexto: que mandó a reprimir

Antes de la medianoche del miércoles, la decisión estaba tomada: Néstor Kirchner decretó el fin de la aventura de Carlos Sancho como vice en funciones de Santa Cruz. Hubo un hecho providencial: el choque entre policías provinciales y empleados municipales que dejó más de 20 heridos.

Un rato más tarde, Sancho fue notificado y, unas horas después, anunció la renuncia que pasado el mediodía la Legislatura aceptó en el mismo trámite que reincorporó a Daniel Peralta como diputado y lo ubicó en la línea de sucesión para que asuma las funciones de gobernador.

Poco más de 12 horas demandó el proceso a pesar que se había comenzado a bosquejar a fines de abril cuando Kirchner recibió a Peralta en la Casa Rosada, cita que compartió Rudy Ulloa Igor, ex secretario privado de Kirchner que funciona como edecán político.

El Presidente sólo esperaba el momento para mover esa ficha. Ocurrió el miércoles durante la movilización de municipales, encabezada por el intendente de Río Gallegos, Héctor Roquel, que terminó en un enfrentamiento entre los manifestantes y los efectivos policiales.

  • Desprolijidad

  • Fue, decían ayer en la Casa Rosada, un «operativo desprolijo y desproporcionado» que le sirvió a Alberto Fernández para explicar la dimisión de Sancho. Un detalle: el jefe de Gabinete salió a confirmar la renuncia que habían informado dirigentes opositores.

    Antes habían trascurrido 48 de extrema tensión: primero, un escrache al domicilio particular de Kirchner en Río Gallegos que dejó varios lesionados -»autoheridos», según el prisma de Aníbal Fernández-; luego, la marcha que estalló en incidentes violentos.

    El clima se había vuelto irrespirable al punto que se hizo peligrosamente recurrente la referencia a la muerte. «Esto no para hasta que haya un muerto», alertó el cura de Las Heras, Luis Bicego. « Están buscando que haya un muerto», retrucaban desde la Casa Rosada.

    En medio, Kirchner trató de «extorsionadores» y « patoteros» a los estatales, mientras que Aníbal Fernández embistió contra el obispo Juan Carlos Romanín. Hasta ahí, no hubo ningún gesto de distensión desde el gobierno: más bien, irritado, el Presidente sumó tensión.

    Sin embargo, ayer la percepción cambió. La renuncia de Sancho, ordenada por Kirchner, y la aparición de un dialoguista como Peralta descomprimió la situación y hasta licuó un hecho que parecía irrefutable: que la oposición volteó al gobernador de Kirchner.

    ¿Acaso en las protestas no aparecía siempre como reclamo la renuncia de Sancho? Sin embargo, pragmático Kirchner cedió y entregó a su hombre, de probada inhabilidad para gobernar, y buscó instalar la designación de Peralta como un salto hacia adelante.

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