El pretexto: que mandó a reprimir
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Antes habían trascurrido 48 de extrema tensión: primero, un escrache al domicilio particular de Kirchner en Río Gallegos que dejó varios lesionados -»autoheridos», según el prisma de Aníbal Fernández-; luego, la marcha que estalló en incidentes violentos.
El clima se había vuelto irrespirable al punto que se hizo peligrosamente recurrente la referencia a la muerte. «Esto no para hasta que haya un muerto», alertó el cura de Las Heras, Luis Bicego. « Están buscando que haya un muerto», retrucaban desde la Casa Rosada.
En medio, Kirchner trató de «extorsionadores» y « patoteros» a los estatales, mientras que Aníbal Fernández embistió contra el obispo Juan Carlos Romanín. Hasta ahí, no hubo ningún gesto de distensión desde el gobierno: más bien, irritado, el Presidente sumó tensión.
Sin embargo, ayer la percepción cambió. La renuncia de Sancho, ordenada por Kirchner, y la aparición de un dialoguista como Peralta descomprimió la situación y hasta licuó un hecho que parecía irrefutable: que la oposición volteó al gobernador de Kirchner.
¿Acaso en las protestas no aparecía siempre como reclamo la renuncia de Sancho? Sin embargo, pragmático Kirchner cedió y entregó a su hombre, de probada inhabilidad para gobernar, y buscó instalar la designación de Peralta como un salto hacia adelante.




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