13 de octubre 2004 - 00:00

Empresario audaz, autoformado, muy innato como para imitarlo

Empresario audaz, autoformado, muy innato como para imitarlo
Franco Macri logró en su vida algo que la Argentina especialmente hoy ambiciona: ser centro de expectativas de inversión. En su reciente libro «El futuro es posible», es sorprendente leer la cantidad de obra pública en cuya construcción intervino. Para citar algunas, Cine Metro, en Bs. As.; «El rulero», en Av. 9 de Julio; la Panamericana; Central Luján de Cuyo; autopista Santa Fe-Rosario, Atucha I, etcétera. También es sorprendente la cantidad de empresas internacionales con que se asoció. Por caso, con Standard Electric, Bell South International, de Motorola a General Electric, Energy Corp., CRM Movicom, Pullman Kellog, Gulftream Corp o Citibank, entre otros de renombre mundial y la más importante para su evolución como fue Fiat.

Estas asociaciones, de cuyos porcentuales accionarios propios no hace mención el autor, pueden ser un logro suyo, pero también son un demérito de país, porque demuestran lo complicado que somos, la falta de reglas estables que tenemos, la inseguridad jurídica que mostramos, los retorcidos caminos sindicales y las engorrosas tramitaciones oficiales que obligan al extranjero a asentarse, por conveniencia o no, con representantes criollos conocedores de nuestra particular idiosincrasia. Aun en los momentos más atractivos para invertir, el capital extranjero necesitó de los Macri y de muchos más similares a él, aunque no en su nivel, para poder desenvolverse. Así lo cuenta en el libro Franco Macri -durante bastante tiempo, acompañado de su hermano Tonino y luego de algunos de sus hijos-.

No fue creador de algún monstruo empresario de un mismo ramo, como Pérez Companc en petróleo y banca, los Rocca con Techint, Alfredo Fortabat y viuda Amalita con Loma Negra. Lo suyo fue entrar, hacer y salir de múltiples emprendimientos. Por eso el libro no es para inspirar entrepreneur que de la nada puedan hacen un gigante. Hay enumeración de operaciones que hacen al orgullo del autor del libro, pero son enumeraciones con pocos detalles. De ahí surge que Macri es un innato relacionista para negocios, algo más típico de la Argentina que de otros países.

Como lectura, la parte inicial de la obra es interesante y enseña historia económica realista. Sorprende que en 1949, cuando él vino de Italia, entró a trabajar a una empresa constructora donde crea hasta un sistema de contabilidad. Pero lo curioso es que se llevaba un camión al puerto de Buenos Aires para apresurarse a tomar como trabajadores a los inmigrantes apenas descendían de los barcos y antes que los tomaran otros. Es como el desempleo cero, un ideal. Tanto era el dinero en obra pública que hacía aquel primer gobierno de Juan Perón (1946-1952) que lograba ese alto grado de actividad que estalla en crisis en 1952. Pero el libro no entra en la profundidad, como haría un economista -raza intelectual que a Macri no agrada englobándolos en «técnicos»-. Perón podía gastar el inmenso dinero acumulado por otros gobiernos anteriores en la Segunda Guerra Mundial, alimentando a Europa y sin poder importar casi nada porque la industria en esos países se dedicaba al esfuerzo bélico, no al confort. Perón, a decir verdad, debió emplear muchos menos fondos públicos en construcción y más en asentar las bases de una verdadera futura industrialización consistente.

• Sin omisiones

En su libro este empresario no omite nada, pero elude con gran cintura los puntos oscuros de su trayectoria, por caso, su zafarrancho con el Banco de Italia que atribuye bastante a aquel brillante economista que fue el fallecido en un accidente aéreo, Ricardo Zinn. Su visible «gaffe» exportando partes de auto Peugeot con reembolsos al Uruguay para importarlos luego lo salva trascribiendo partes de la reciente defensa en juicio político a Moliné O'Connor. Este buen jurista -el único de los arrasados miembros de la Corte por Néstor Kirchner que se fue dando batalla hasta el final, lo que le costó sacrificar no menos de $ 14.000 pesos de jubilación por mes que otros de sus colegas cobran renunciando a tiempo, pero hiriendo su imagen- no debe sentirse muy feliz por la cita en el libro. O'Connor expresó la ignorancia jurídica del diputado tucumano kirchnerista Eduardo Falú, que lo acusó de que había «contrabando» en esos autos lo cual era falso porque entraron legalmente, pero no se refirió Moliné a la salida de autopartes.

Sorprende a veces la lectura, por caso, cuando dice que en 1962 debió empeñar hasta la casa de su familia para zafar de una encrucijada financiera. Y algo similar le pasó después, lo que prueba los juegos de audacia empresaria con que se movió en tantos años. En todo el libro se nota ese vaivén que caracterizó a Macri sobre libre empresa o proteccionismo, según la época y en qué situación de negocios lo encontrara.

Como experiencia empresaria, la mejor parte del libro, donde Macri profundiza más y donde habitualmente se le reconoció un buen accionar -y totalmente privado, sin contratos con el Estado- es en su experiencia en la industria automotriz, cuando compra FIAT, toma la licencia de Peugeot y produce SEVEL. Lo que allí afirma es correcto: hacia 1996/1997 la industria del automotor de la Argentina era muy superior a la de Brasil (él había llevado a SEVEL a líder del mercado doméstico), peleó y no fue atendido por el gobierno -fundamentalmente no lo ayudó Domingo Cavallo- y en 7 años transcurridos la Argentina cedió a Brasil un liderazgo que hoy debería ejercer -y en toda Latinoamérica como se presentaban las expectativas y el desarrollo interno-, en lugar de andar teniendo que prolongar regímenes proteccionistas. En resumen, libro con altibajos, redacción amena, no forma empresarios futuros porque del libro emana un hombre con condiciones demasiado naturales como para imitarlo. Enumera demasiado -con aire de currículum- sin ahondar, no tiene apreciaciones políticas destacables hacia ningún lado, pero vale en aspectos descriptivos históricos y específicos de política empresaria, como el caso señalado de los automotores.

J. R.

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