3 de agosto 2005 - 00:00

Escraches molestan al gobierno cuando llegan a su gente

La agresión a Estela de Carlotto en el Teatro Cervantes en la noche del lunes concentró ayer la atención de diversos sectores. Que activistas piqueteros de Raúl Castells y un sector de familiares de víctimas de Cromañón insultasen y arrojasen huevos a esta moderada dirigente de Abuelas de Plaza de Mayo por haber firmado una solicitada en respaldo de Aníbal Ibarra puso de relieve las principales contradicciones que advierte el público en los dirigentes:

• Hasta ahora las agresiones y escraches no mal vistos por el gobierno no se habían dirigido directamente a funcionarios o allegados del gobierno. Carlotto estaba acompañada nada menos que de Cristina de Kirchner, a quien también los familiares le reclamaron por apoyos oficiales al jefe de Gobierno, Aníbal Ibarra, al borde de que le voten el inicio de un juicio político por la tragedia de Cromañón. Ayer Carlotto reaccionó dignamente: dijo que llevará a juicio a quienes la atacaron porque no consentirá en silencio el método. Ahora falta que agregue que esa costumbre permitida por el gobierno de acosar con actos violentos a personas de la oposición es también censurable en esos casos. Segundo: limitó su firma de la solicitada en favor de Ibarra a que no quiere que se busquen chivos expiatorios sino a los verdaderos culpables.

• ¿Pensaba Carlotto que su cercanía al gobierno no iba a lesionar su imagen, la más alta en dirigentes de organizaciones defensoras de derechos humanos y respetada hasta por sus adversarios más declarados? Venía de participar en el «seminario» -en realidad una retahíla de discursos desde un escenario dichos ante una barra de público adicto al gobierno- que organizó el gobierno para mostrar a sus funcionarios junto al juez Baltasar Garzón e identificar a la gestión Kirchner con la defensa de los derechos humanos, algo que se espera de cualquier gobierno aunque por encima de las anteojeras del actual. El hijo de la dirigente es además candidato a diputado en las listas oficiales del kirchnerismo en la provincia de Buenos Aires, después de ejercer un cargo en el área de derechos humanos en la gestión de Felipe Solá. Que la insultasen y le tirasen huevos es un costo menor de hacer política en un país cuyo presidente hace alardes diarios de ira desde sus oficinas y además lo hace transmitir por TV en vivo y en directo.

• El respeto de que goza Carlotto en todos los sectores, a diferencia de la desubicada Hebe de Bonafini, defensora de causas antisemitas y justificadora hasta del atentado del 11-9 en Estados Unidos o de Horacio Verbitsky -con quien Carlotto mantiene una querella por uso de fondos en la bonaerense Comisión de la Memoria-, hizo que ayer abundasen las aclaraciones. Ella dijo que no defendía a Ibarra sino a la Justicia; un sector de padres de Cromañón censuraba los insultos y huevazos pero sin resignar las críticas a la firma de la solicitada en definitiva pro Ibarra. Nina Peloso, presente también en la algarada en las puertas del Teatro Cervantes, dijo que su presencia era casual, una coincidencia, porque la motivaban Garzón y Cristina de Kirchner, no Carlotto, ante quienes quiso pedir por la libertad de su esposo Raúl.

• Que ocurriera en un acto con Garzón agranda más el hecho. Esa presencia del juez español la buscó siempre el gobierno con el solo propósito de exhibirlo -algo que al español no le desagrada- como amigo después de una sorda querella sobre lo que el magistrado escribió en un libro, que Kirchner estaba contra la extradición de ex militares hacia España. Cuando ocurrieron las agresiones el Presidente veía el acto por TV junto a Felipe Solá y Sergio Massa (jefe de la ANSeS) y se ufanaba de que esa imagen del Cervantes iba a recorrer el mundo. Cuando vio los insultos montó en cólera y atribuyó los incidentes a una provocación del duhaldismo. «Justo ahora aparecen estas cosas», se enojó. Si Duhalde pudiera movilizar a piqueteros castellistas y a familiares de Cromañón estaría mucho más tranquilo en estas horas sobre su futuro político. ¿Creía el gobierno que los activistas del Cervantes ignoraban la dimensión del acto e iban a desaprovechar la oportunidad de usarlo en su beneficio?

• El método del escrache, que ha gozado el gobierno en carne ajena, empieza a dolerle en la propia. Aunque duela decirlo, quizá mueva al gobierno a comenzar a cumplir su tarea ante estas manifestaciones, como son también los cortes piqueteros. ¿Cree acaso este gobierno que el antifaz o el garrote del piquetero son amenaza sólo al vecino que sufre el corte? El antifaz y el garrote buscan intimidar al policía y al gobierno, temeroso de pagar el costo político de aparecer reprimiendo -desde ya de manera eficaz, es decir incruenta- vaya a saber ante qué público. Esa intimidación eficaz del agresor ¿la permitirá ahora para opositores cuando los escraches le llegaron a su gente?

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