El peronismo del Congreso está decidido a pedir la cabeza de Aníbal Fernández, secretario general de la Presidencia, convencido de que el funcionario, junto con una logia que también integran Carlos Ruckauf y Esteban Caselli, están operando contra Eduardo Camaño en la interna de la provincia de Buenos Aires (Quilmes) y, como efecto rebote, perjudicando a todos los bloques. Pero las peleas entre bonaerenses no se limitan a eso. En un adelantadísimo juego de la interna peronista del duhaldismo, el odio natural que Aníbal Fernández le tiene a Camaño y las peleas de los seguidores de Duhalde ya están complicando hasta la vida diaria de la Casa de Gobierno.
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La historia de recelos se agravó cuando se denunció que Camaño había designado a cuarenta y dos militantes propios con distintas categorías en Diputados con el consiguiente aumento de gasto político, según dijo un medio perteneciente a un periodista televisivo que habla con Duhalde, al menos, dos veces por día. Ese periodista fue beneficiado, claro, en tiempos de Ruckauf como antes por Carlos Menem.
En realidad, esa lista de nombramientos sorprendió a los legisladores ya que esas designaciones no correspondían a Camaño sino que son personal de los distintos bloques. Es más, allí aparecen 19 personas que no pertenecen a la Cámara, 7 del bloque peronista, 5 que sí trabajan para Camaño, 3 del radicalismo, un empleado de Luis Zamora, uno del Polo Social, uno del ARI y 5 de los bloques provinciales.
Por eso el PJ y la UCR estallaron cuando comprobaron que la lista de nombramientos había sido entregada en la oficina de Aníbal Fernández al periodista que frecuenta el núcleo duhaldista de la Rosada, sin aclararle, a propósito, que se trataba de personal que se designa bajo el cupo que le corresponde a cada legislador y a cada bloque. Claro que aparecen nombrados por Camaño ya que es el presidente de la Cámara quien autoriza esos temas. Pero la cuestión no era aclarar la situación de Camaño sino alimentar, con cómplices ad hoc, la hoguera de la interna peronista bonaerense. Típica muestra de mala fe.
Después de haber leído la denuncia y comprobado el origen de la operación política, las cabezas de los bloques grandes de Diputados se reunieron con las bancadas más chicas. Juntos le enviaron un mensaje a Camaño: «Si nosotros permitimos que desde la propia Rosada te hagan esto a vos, ¿qué dejamos mañana para nosotros? Ya estamos cansados de operaciones. Esto es un gobierno parlamentario, al Presidente lo designamos nosotros y todo funcionario abajo del Presidente está a tiro de lo que nosotros decidamos. Parece que Fernández esto no lo entiende».
Como primer coletazo en la conducción de la Cámara ya están analizando dar de baja a una serie de contratos firmados para profesores de la Universidad de La Matanza que aparecen trabajando en Diputados y, en realidad, podrían ser «ñoquis», parte de la misma interna.
Las operaciones desde el seno mismo de la Presidencia no se limitan al caso Camaño. La interna que estalla en los pasillos de la Rosada incluye desde ataques a Mario Blejer hasta Felipe Solá. En el Congreso le adjudican la ejecución de esas maniobras al denominado Grupo Focus, integrado por los comunicadores del Poder Ejecutivo Eduardo Amadeo y Germán Ruckauf, hijo del canciller, pero con Aníbal Fernández como autor intelectual, no se sabe si por dotes propias o carencias de otros.
A su servicio trabajarían los que en el Congreso se conocen como la «conexión local», un grupo integrado por Mario Gómez Ramos, Carlos Mastrangelo, «Chiquito» Casanovas y el «Gordo» Ogando, ex director de Automotores de Diputados en épocas de Alberto Pierri, que gustan reunirse en el bar Génesis, de Combate de los Pozos e Hipólito Yrigoyen, lugar donde entregaron la famosa nómina de empleados a un tal «Adrián», prensero especialista en «Aníbales».
El Grupo Focus incluye entre sus obras los ataques que recibió el ahora renunciado Blejer, que veía todos los días en los diarios su salida del Banco Central, al punto que desde la entidad hace tiempo que intentaban contactar peronistas del Congreso para protegerse de los ataques que ellos también veían llegar desde la Rosada.
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