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Miguens explicó que la nueva ley «iguala a aquellos que entraron en cesación de pagos hace dos años con los que cayeron en ese estado a partir de diciembre», cuando el gobierno impuso trabas al movimiento de dinero en los bancos, congelando parcialmente los depósitos.
La norma establece que durante los 180 días de suspensión de las ejecuciones y los pedidos de quiebra, las empresas podrán formular propuestas para reestructurar sus deudas con los acreedores.
Pero el Congreso modificó el período de negociación exclusiva entre deudor y acreedor, que era de 30 a 60 días, para llevarlo a 180 días, lo que en la práctica significa un aplazamiento de la convocatoria de acreedores, generando mayores dudas sobre la posibilidad de resolver el diferendo comercial, agregó Miguens.
En la reforma de la norma, el Congreso eliminó el artículo 48, que posibilitaba que en caso de no convencer el deudor a sus acreedores en el período de negociación en exclusividad, podía ingresar un tercero que por su capacidad financiera asumiera pasivos de una empresa mal administrada.
Esto impide la capitalización de deuda, con el consecuente saneamiento de las empresas en cuestión, y ayuda a que los actuales dueños de grandes empresas endeudadas continúen al frente de sus negocios, sostuvo Miguens.
Tomas Pardina, letrado del estudio Alfaro Abogados, señaló que la norma tendrá un efecto devastador sobre el crédito. «Para adelante significa que para una empresa privada argentina va a ser virtualmente imposible conseguir crédito (...) nadie va a querer darle un crédito a una compañía que puede prácticamente decidir no pagar», explicó.
Pardina concluyó que la medida terminará entonces «aumentando el efecto recesivo» en una economía que no crece desde 1998.




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