Fútbol y tentaciones de reforma (y una carpetita)

Política

Nervioso al abrirle por primera vez la puerta a alguien que le ganó una elección importante, Néstor Kirchner quiso ser más municipal que Mauricio Macri y avanzó en zonas que hasta ahora no estaban en disputa. «Tenemos que reformar la Constitución de la Ciudad para eliminar el ballottage», le dijo, pese a que lo forzó a su candidato Daniel Filmus al calvario de la segunda vuelta. «Y también revisar el gasto en política, con organismos caros como las comunas con mucha estructura». Kirchner, otro demócrata, remató: «Y con tantas autoridades elegidas, que después no te dejan gobernar».

Avanzar con esa reforma no planteada en ninguna plataforma y que fue votada hace diez años como un avance institucional puede ser la noticia de fondo más importante del encuentro. No por la suerte del ballottage -invento perverso para otros cielos, pero que en la Argentina se usa para burlar el voto- o de las comunas, sino porque reforma sinónimo siempre de reelección. La soñó Aníbal Ibarra cuando creía que la limitación de los dos mandatos frenaba sus proyectos (no pudo completar el segundo todavía no sabe por qué). ¿Querrá Macri que le voten reelección perpetua?

Ninguno de los tertulianos de ayer lo permitiría: el Kirchner post-Piña mandó a voltear las reelecciones permanentes de todas las provincias, salvo de Santa Cruz. Macri mortifica a sus legisladores impidiéndoles la reelección.

Pero Kirchner sabe que desatando cualquier proceso de reforma no faltará quien pida mandatos sin fin y que esa factura la pagará Macri.

Este Kirchner que nunca levantó el teléfono para saludar a los candidatos presidenciales de 2003 produjo esta novedad de recibirla primero a Fabiana Ríos y ahora a Macri. Impensable en el Kirchner del ciclo ascendente; comprensible en este del ciclo descendente. Lo felicitó a Macri al saludarlo, mordiendo una explicación que sobraba: «Lo felicito por la elección. Yo siempre respeto la decisión de la gente». ¿Podría ser de otra manera?

  • Comitiva

    Del viejo Kirchner conservó el intento compulsivo que tiene para deslegitimar al interlocutor. Le mandó a preguntar a través de Oscar Parrilli con quién iría, pero le hizo decir que él no anunciaba con quién lo recibiría a Macri (ver nota aparte). Lo esperaba con los dos Fernández con quien el gobernador electo tiene una relación odiosa. Con Aníbal se saludó con frialdad, pero éste no pudo contenerse. Cuando Macri sacó el tema de las mejoras pendientes en el Riachuelo, escuchó una lista de obras ya realizadas por el gobierno nacional. «Han hecho cosas», se sorprendió: «A veces cuando no hablamos, hacemos algunas cosas», le respondió Aníbal con su mejor rostro de pesado del conurbano. Macri no le permitió seguir: «Pero ustedes hablan de más».

    Alberto prefirió ser menos agresivo: no sabe si Kirchner sabe que en 2002 el actual jefe de Gabinete iba a ser candidato a legislador en las listas del macrismo. Cuando Miguel Toma postergó la elección de jefe de Gobierno para el año siguiente, Alberto ya era jefe de Gabinete del nuevo gobierno y había borrado la memoria de sus agendas.

    También hubo para las circunstancias futboleras. «¿Se queda Román en Boca», se interesa Néstor. «No lo sé», despista Mauricio. Silencio. «Y no me preguntés de Racing», ríe nervioso Néstor. «El problema de ustedes ha sido no hacerle caso a Fernando Marín», lo mortifica Mauricio, que usó el tema para encarrilar la reunión hacia algo más serio.

    «Si tuviéramos la Policía, en la Ciudad estaríamos nosotros dando explicaciones sobre lo que ocurrió en Nueva Chicago», dijo para introducir el reclamo que justificaba el encuentro.

    «Voy a cumplir mi palabra y vamos a aprobar la derogación de la ley Cafiero», responde Kirchner. «¿Pero cuándo?». «El 15 de agosto va a estar derogada en las dos cámaras, ¿no dije que yo cumplo mi palabra?». La mesa festejó la noticia como si fuera un paseo. Se entusiasmó Macri al contarlo cuando salió, pero ninguno de los dos abundó en cómo se logrará ni qué tipo de derogación de esa norma que limita la autonomía porteña puede votar el Congreso.

    Ya es poco lo que puede lograr hoy el kirchnerismo en el Congreso; cuanto más puede armar el quórum para las sesiones en que se trate el proyecto, pero no puede prometer más que bloque de la fracción que le responde. El resto de los diputados y senadores nacionales nunca aprobaría una reforma con cesión de los fondos y los bienes que reclama la Ciudad desde que asumió Fernando de la Rúa -Policía, tierras fiscales que administra el ONABE, el puerto, etc.-. La ley Cafiero no fue un invento personal del ex senador; expresó la voluntad de las provincias que no quieren transferirle fondos al distrito más rico de la Argentina. También expresó la estrategia del peronismo que sabe que podrá gobernar el país en algunos turnos pero no la Ciudad de Buenos-Aires, y por eso la quiere con la menor autonomía y sin cesión de coparticipación de impuestos alguna.

    Seguramente para esa fecha habrá una ley de transferencia con un programa futuro, con financiación futura y remitida a una utópica nueva ley de coparticipación, norma que ha dicho Kirchner que nunca se aprobará mientras él pueda. Primero porque no es fácil (el reparto de los impuestos ha sido muchas veces motivo de guerras civiles y secesiones); segundo porque es lo que pidió siempre el FMI a la Argentina.

    Se lo explicó Kirchner a Macri así: «Con la Policía hay que ir de a poco. No se puede derogar la ley así como así. Hoy la Policía cuesta $ 900 millones».

    Macri: Pero está en el Presupuesto, ¿por qué no lo pasan?

    Kirchner: Porque el resto de las provincias le pedirían a la Nación que les pagásemos la Policía. No es fácil, ingeniero (así se trataron, de ingeniero a Presidente).

    Instruido por sus contadores, el nuevo jefe de Gobierno mostró algo de sus proyectos cuando le pidió a Kirchner el aval de la Nación para tomar créditos al BID y al Banco Mundial para emprender las obras que ha prometido. «Con eso vamos a hacer los subtes y erradicar las villas», explicó. Pero no hay créditos sin los avales de la Nación, los tiene que extender el Banco Central, dijo Macri.

    Kirchner hizo un gesto de asentimiento que el visitante tomó como una aprobación.

    Y sobre el final un clavel: Macri, que había entrado con las manos vacías, salió con una carpetita. Como los comisionistas, el Presidente le acercó el proyecto de construcción de la autopista ribereña (la que debe unir el ingreso de la autopista a La Plata con la Presidente Illia pasando por Puerto Madero). «Mirame esto, es el proyecto de la consultora, porque si les parece bien, la sacamos en el acto». Macri titubeó al tomarla. «Eso hay que hablarlo con Julio... De Vido». Con ese regalo quizá comprendió lo que es comenzar a gobernar. Antes de salir, intentó el Presidente quebrar formalidades: «Bueno, ingeniero, perdón, Mauricio, que es Macri», sonrió. Macri tampoco le permitió la chanza. «Eso me dolió, Presidente». Se dio vuelta y se fue.
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