Deudora de Daniel Scioli (a quien despreciaba) y de Julio De Vido (a quien no ama). A ellos debió agradecer Cristina de Kirchner, también a su marido y al aparato electoral que éste alquiló y amplió del duhaldismo.
Lo sabía antes de los comicios. Lo supo el día que su marido (25 de noviembre del año pasado), sorpresiva e imaginativamente, decidió que su candidato a gobernador en la provincia de Buenos Aires fuera Daniel Scioli -quien ni de domicilio bonaerense disponía-, hasta ese momento empeñoso predicador de la producción y el trabajo sólo en el ámbito porteño. Era este vicepresidente apartado, devaluado por el matrimonio en casi toda la gestión, quien se convertiría en el recolector de voluntades necesarias para la supervivencia del apellido Kirchner en un distrito donde construyeron un aparato pero carecían del principal ejecutante. Y así, el indeseado por las organizaciones progresistas, la víctima de una ofensiva oficial para hacerlo renunciar, el cristiano que soportó el desprestigio de las operaciones de prensa impulsadas desde el gobierno y, sobre todo, jamás respondió ofensas y agravios que le dispensaba en el Senado la propia Cristina Fernández de Kirchner, fue quien ayer quizá la salvó de la segunda vuelta y de alguna otra complicación previsible. Del mismo modo que preservó el capricho amoroso del marido que se empecinó en convertir a su esposa en la sucesora real cuando los números, en verdad, nunca determinaban que la población simpatizaba con ella, cuando más de medio país rechazaba la oferta.
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No es el único agradecimiento para llegar a la Casa Rosada, confesado por ella al reconocerse próxima presidente. También la señora deberá reconocer el favor de otro personaje cuyas buenas costumbres (o lo que ella entiende como tales) no parecían encuadrarlo: el ministro Julio De Vido.
Nadie debe olvidar que éste, en una peripecia menor a la de Scioli pero sufriente al fin, hombre tan caro a Néstor Kirchner (o barato, según otros expertos en números económicos), debió atravesar el aluvión «cristinista» de que no debía continuar en la gestión, que ella no lo contaría en el gabinete por «sospechoso» y que, de lejos, ella prefería el diálogo con abogados como Alberto Fernández y Carlos Zannini, diplomáticos como Jorge Taiana, hombres en apariencia alejados de los negocios del Estado pero que viven del Estado. O de lo que De Vido cosecha para el Estado o la forma de Estado que entiende el kirchnerismo.
Fue este ministro, por orden de Kirchner, claro, quien iluminó y alimentó la trama bonaerense de intendentes y punteros que respalda a Scioli, la misma que garantizó con un aporte de 50%, como en ninguna otra parte del país, que ella sumara 44% de los sufragios.
Reconversión
Fue él quien compartió cenas primero -otros emprendimientos después- con Julio Pereyra (Florencio Varela), Hugo Curto (Tres de Febrero) y Alberto Descalzo (Ituzaingó), el trío que inició la reconversión de la fascinerosa banda duhaldista en un núcleo de elegantes graduados, al que se sumaron peronistas y fieles de otros partidos, premios mediante (obras, certificaciones, proveedores), para constituir una maquinaria electoral más formidable y aceitada que la del tigre de Lomas de Zamora que aún promete volver (tan bien armada hoy que hasta los disidentes entre sí sumaron, vía colectoras, para Cristina y el quórum propio de diputados).
Curiosa entonces la retribución doble que debería pagar la Kirchner en su próximo mandato -aunque el matrimonio no se caracteriza por esa condición, son más bien picassianos; es decir, «tomo, pero no doy»- a Scioli y a De Vido. A uno lo tendrá bajo tiro de decreto, fastidiándolo o no con el consentimiento de su marido, obligada a aceptarlo como si fuera el preferido Fernández; con el otro, en cambio, se avizora una compleja relación al margen de las mieles de hoy. ¿O acaso la señora mandataria no se asombrará, también sus amigos de entidades ad hoc, cuando el futuro gobernador avale decisiones -en materia de seguridad, por ejemplo- que contraríen ciertos discursos que ella ha pronunciado? Pero ésa es una historia de mediano plazo a sobrevenir; ahora se vive la alegría de la victoria, cierta humildad para agradecer a los que no se quería, incluyendo en la eterna bendición a quien la guió, al que la desposó hace décadas, la introdujo en la política y, siendo presidente, apenas asumido, le prometió en privado que le cedería esa herencia tan personal (o, quizás, la compartirían). Mientras él le explicaba al público que se trataba de un gesto democrático a favor de la alternancia.
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