Guerra e insultos en la noche del divorcio

Política

Es improbable que el bloque de diputados del Peronismo Federal, denominado también como ex duhaldista, se mantenga como una fracción unificada durante mucho tiempo más. Ayer, antes de que se inicie la sesión en la que se trataría la reforma del Consejo de la Magistratura, esa bancada quedó técnicamente dividida. El encargado de comunicarlo fue Eduardo Camaño, al adelantarle a José María Díaz Bancalari, titular del grupo, que el sector que él integra no sólo votaría en contra del proyecto oficial. También haría pública su disidencia. Ese aviso quedó formulado en estos términos: «Ustedes habían acordado con 'Juanjo' que nosotros votaríamos distinto pero en silencio. No podremos cumplir y, nobleza obliga, quiero que sepan que Alejandra Oviedo va a explicar en la sesión el sentido de nuestra negativa. No la podemos parar», dijo Camaño.

Mientras Eduardo Duhalde recorre el Mercosur, ya no como su secretario general sino como depresivo usuario de sus hoteles y centros de relajamiento (acaba de salir de Montevideo para volver a un spa del estado de San Pablo), en Buenos Aires terminó de demostrarse que la política de ambigüedad que había adoptado para convivir con Néstor Kirchner no bien se instaló el gobierno actual estaba destinada a estallar por el aire.

La última evidencia de su falta de viabilidad habría aflorado si anoche, en la sesión de Diputados, se hubiera cumplido lo que Juan José Alvarez, el «Juanjo» de la frase de Camaño, había pactado con José María Díaz Bancalari. La desesperación del jefe de bloque por evitar que se le siga disgregando una agrupación que en su edad de oro fue mayoritaria se enlazó con la pretensión de Alvarez de llevar adelante una oposición al gobierno desde el seno del peronismo.

De esa combinación nació la siguiente irracionalidad: «'Mono' -propuso 'Juanjo' a Díaz Bancalari-, vamos a hacer lo siguiente. Vos hablás por todo el bloque defendiendo la postura favorable al gobierno. Nosotros, igual, votamos en contra. Pero no decimos nada». Sea porque la riojana Oviedo desconoce la lógica bonaerense o porque el acuerdo mismo resultaba disparatado, Camaño comunicó ayer la división final del grupo para la sesión sobre la Magistratura.

¿Cuánto tiempo seguirán todos bajo la misma denominación? Esa es una cuestión burocrática, no política. Tal vez se debería haber prestado atención a otros indicios para advertir que los diputados que se encolumnaron detrás de Díaz Bancalari tenían ya poco que ver con los que se hicieron representar por Alvarez en esa negociación artificial.

Una anécdota del martes por la noche deja ver el nivel de mal trato al que habían llegado unos y otros. Ocurrió cuando comenzó la reunión de bloque. El presidente, Bancalari, se quejó duramente porque un diario hubiera publicado que alguien dijo «esto huele a reforma laboral», mientras un diputado hablaba de votar por el gobierno. «Eso no se dijo y, por lo tanto, hay alguien que está contando mentiras a la prensa. Si lo agarro, les juro, le bajo los dientes a trompadas», se enojó «el Mono».

Tomó la palabra Carlos Ruckauf para explicar que la bancada se encontraba ante una opción de hierro: Kirchner o Macri. Jorge Sarghini, habitualmente reposado, estalló: «'Mono', si acá hay que bajarle los dientes a alguien es a este hijo de puta que está hablando...». Ruckauf quedó helado: «Jorgito, cómo hablás así, fuiste mi ministro». Sarghini: «Sí, y la vergüenza que tengo por haberlo sido. ¿No te das cuenta que cuando vos les fuiste a decir infamias a los periodistas al lado tuyo estaba el muchacho que me hace prensa a mí, que me vino a contar?». Touché. Hubo otros episodios, no tan exaltados, que dieron cuenta de la sospecha de todos contra todos.

Como la furia que desató en varios kirchneristas del grupo la novedad de que Cristian Ritondo, el más cercano a Mauricio Macri de los diputados disidentes, hubiera abandonado la reunión para concurrir a un programa de TV desde el cual -lo acusaban sus detractores- había echado leña al fuego al conflicto. Por encima del anecdotario, la descripción del problema hecha por Ruckauf no deja de ser ajustada.

  • Casi definitivo
  • La votación del Consejo de la Magistratura, vista desde la perspectiva del juego de poder que se abre hacia 2007, es un test casi definitivo por el cual Kirchner ha resuelto alinear al peronismo detrás de su candidatura. Se trata, por decirlo de algún modo, del último tren a Olivos. Es decir, quienes no se pliegan ahora es porque creen en que para ese año electoral será posible mantener al PJ disperso en varias candidaturas, sea en el nivel nacional o en la esfera bonaerense.

    La fractura del bloque duhaldista es un argumento más para quienes suponen que una opción peronista a Kirchner no encontrará espacio en los próximos dos años. Hay gente muy experta que se resigna a ese pronóstico: ¿o no significa nada que Luis Barrionuevo termine votando con el kirchnerismo con una disciplina que sólo los sindicalistas conocen? (voto que también moderará las expectativas de quienes pensaron a Barrionuevo como un factor de combatividad en la CGT de Hugo Moyano).

    No hay por qué dar crédito a las versiones que minimizan la conducta política de los disidentes. Es decir, las que sostienen que Camaño se tomó la pelea con Kirchner como algo personal, sobre todo desde que Alberto Balestrini le inició una auditoría en la presidencia de la Cámara. O que Sarghini tiene para la política ese candor tan habitual entre los economistas. O entre empresarios como Francisco de Narváez. O que a «Juanjo» Alvarez si algo le falta esa ingenuidad y sólo está buscando una constelación más favorable para, como diría Jorge Asís, pegar el « garrochazo» hacia el poder. Todas esas explicaciones suponen intenciones difíciles de demostrar. Lo cual no implica que, a partir de hoy, ese grupo, denominado melancólicamente El General, deberá pensar una estrategia para una situación difícil como la que atraviesan en estos días. Es decir, una política algo más sofisticada que la de votar una cosa diciendo otra.

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