Londres - Pocos movimientos políticos llegaron tan lejos en tan poco tiempo. Hace un mes, la Alianza del Norte estaba aferrada a unas pocas fortalezas entre los peñascos de las montañas del Hindu Kush. Hoy ya gobierna Kabul, está por tomar Kunduz y se apresta para sostener diálogos con otros líderes afganos en Bonn desde el lunes. El propósito es establecer un gobierno interino para Afganistán que una a todas las facciones y grupos étnicos.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
La conferencia de Bonn no parece destinada a tener éxito. La Alianza del Norte no está predispuesta a compartir el poder. Su líder, Burhanuddin Rabbani, que recientemente llegó a Kabul, dijo que el encuentro de Bonn será «simbólico». El quiere que los diálogos sustanciales sobre el poder tengan lugar en Afganistán, quizás en Kabul, bajo las armas de sus soldados.
Y son las armas las que cuentan. Son el símbolo del nuevo Afganistán así como lo fueron en el pasado. La proclama de guerra de Stalin acerca de la importancia del Vaticano -«¿Cuántas divisiones militares tiene el Papa?»- es enteramente verdadera en la política afgana. Los planes para que vuelva el rey Zahir después de 28 años en el exilio zozobrarán ante el hecho de que no tiene fuerzas armadas. Aun si estuviera por volver, sería una marioneta en las manos de alguien.
• Base angosta
El problema para la Alianza es similar al que tuvieron los talibanes hasta hace pocos años. Su base es demasiado angosta para sostener el poder que alcanzaron. Los talibanes pudieron apoderarse de 90 por ciento de Afganistán por el respaldo paquistaní y saudita. La Alianza del Norte pudo hacer su enorme avance sólo por la ofensiva estadounidense.
La Alianza fue extraordinariamente hábil en aprovechar la oportunidad que dejaron los ataques devastadores del 11 de setiembre. A pocos días del desastre, el doctor Abdullah Abdullah, el afable oftalmólogo que actúa como ministro de Relaciones Exteriores, acordó con un montón de periodistas para trasladarlos en helicópteros al valle de Panshir, en el norte de Kabul. En un mundo sediento por noticias sobre Afganistán, la Alianza del Norte recibió una publicidad masiva como nunca se ha visto.
Pero en una sociedad militarizada, la estabilidad es difícil de alcanzar porque la amenaza armada, exacerbada por profundas divisiones étnicas, está siempre bajo la superficie. Los pashtunes, sobre quienes se apoyan los talibanes, son 42% de la población. Los tayikos (25%) y los uzbecos (8%) están detrás de la Alianza del Norte. Los hazaras, musulmanes chiítas de origen mongol (19%), ya protestaron por la toma de Kabul por parte de los tayikos.
Pero también hay algunas razones para el optimismo. Los afganos están tremendamente cansados de la guerra y tienen un profundo deseo de tener una vida normal en todos los niveles.
Dejá tu comentario