5 de enero 2005 - 00:00

Ibarra ofreció seguridad a Juan José Alvarez

Aníbal Ibarra despejaba anoche la incógnita en la Secretaría de Seguridad ofreciéndole el cargo a Juan José Alvarez, quien hace tres semanas recibió el indulto de la Casa Rosada en la casa de Alberto Fernández. La designación de Alvarez es una jugada irónica hacia el macrismo, que creía tener a este diputado nacional, hasta ayer, entre los suyos (viene de presentar el libro sobre seguridad de Eugenio Burzaco, adlátere del empresario).

También significa abrir un frente de familiaridad con Eduardo Duhalde en un momento en que el padrinazgo de Néstor Kirchner sobre la comuna parece suspendido.

Alvarez fue un buen ministro de Seguridad de Eduardo Duhalde, conoce el tema (aunque la Capital no tiene fuerza policial propia) y fue protagonista ya de una jugada similar cuando asumió, también propuesto por el ex presidente, como titular del área en Buenos Aires en reemplazo de Juan Pablo Cafiero. Se le atribuye, además, un amplio espectro de respaldos que puede ayudar a Ibarra a asegurar su situación en esta crisis.

Ibarra recuperaba con dificultad la respiración política ayer, todavía sumergido en el estado de shock en que lo dejó la tragedia de República Cromagnon. Un cuadro anímico que lo llevó a decir: «Me hago cargo de todas las responsabilidades porque un jefe de Gobierno no puede andar seleccionando». Uno de los factores que lo tranquilizaron fue que la marcha en su contra, organizada la noche del lunes por víctimas, allegados y organizaciones de izquierda, no tuviera ni la dimensión ni la organicidad esperadas. Eso sí: por estas horas, en el palacio municipal nada preocupa más que la manifestación organizada para mañana, que se combina con una interpelación pergeñada por la oposición parlamentaria al gobierno local. (Ver nota vinculada.)

Atornillado a su sillón de alcalde, Ibarra reunió a todo su gabinete ayer, para organizar alguna forma de resistencia que le permita sortear la ola popular que se le vino encima desde el jueves pasado. Vale la pena revisar lo que sucedió dentro de esa oficina durante las últimas 24 horas:

• Ibarra, en persona, intentó reconstruir una red de solidaridades políticas que armó con paciencia (también con contratos, admítase) desde la Jefatura de Gobierno y que nadie hizo funcionar durante las peores horas del escándalo. Alguien muy cercano le hizo notar: «¿Dónde están los socialistas? ¿Y los amigos de (Jorge) Giorno, el kirchnerismo, los radicales de Silvina Giúdice? ¿No fue ella la que desarmó la vieja estructura de inspectores? ¿Y tus amigos del ARI? ¿Esos están para las buenas, nada más?». Es verdad: la noche de la tragedia, el despacho del intendente recibió solamente a Jorge Telerman, Raúl Fernández, el renunciado López, Eduardo Epstein y Roberto Felleti (quien se dirigió al cementerio de la Chacarita para recibir a los familiares de los muertos durante toda la noche). No había muchos más amigos a esa altura de la crisis. Y los que estaban no aparecieron por TV. En las inmediaciones de Cromagnon sólo se vio al ministro Aníbal Fernández; al secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde (de traje y sin función reconocible); y al legislador macrista Jorge Enríquez.

• La observación combinaba bien con un dato que se advirtió en la manifestación del lunes: entre los quejosos había también carteles de la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA) y de varias asambleas barriales con las que el oficialismo porteño suele tratar. Demasiados pases de bando para el alcalde.

El acercamiento al partido de Elisa Carrió se canalizó a través de Roxana Peraza, la secretaria de Educación y esposa de Fernando Melillo, integrante de la cúpula del ARI. A Ibarra le llegó el resultado de las gestiones con la declaración más que prudente que realizó ayer la propia Carrió cuando dijo que «hablar es muy delicado porque todo se puede interpretar como una utilización política; es mejor esperar a que actúe la Justicia».

• Con Kirchner la relación siguió tirante. El jefe de Gobierno mantuvo un solo contacto con el Presidente desde que ocurrió el desastre de Once. Fue esa misma noche. En adelante, todo el trato se siguió, por orden del propio Kirchner, con Aníbal Fernández, el ministro del Interior y encargado de la seguridad. En las últimas 48 horas, Ibarra también habló con Alberto Fernández. Fue el jefe de Gabinete quien le explicó que «si Néstor no habla es porque no quiere criticarte, algo que sería inevitable. Pero fijate hasta qué punto se porta bien con vos que, por no hablar, la gente lo castiga a él». El alcalde tomó la explicación con lógico escepticismo. El contacto le permitió advertir hasta qué punto la Casa Rosada se inquietó con una manifestación como la del lunes, que pasó por la puerta del palacio municipal y siguió hacia Plaza de Mayo al grito de «¿Kirchner dónde está?». Al cabo de la conversación con este Fernández, en el entorno de Ibarra se abrió un interrogante de difícil solución: ¿llegará el día en que el intendente pueda volver a apoyar, como hace 15 días en el despacho presidencial, las listas que arme Kirchner para la elección del año próximo? La alianza oficialista que llevó a Ibarra al poder está en terapia intensiva, como su propio liderazgo. Una dimensión de esa ruptura se puede buscar en la actitud asumida por el Presidente ayer, cuando recibió a los familiares de las víctimas y admitió ser su mediador ante Ibarra, aclarando que no podía dar garantías de que el jefe de Gobierno los atendería. ¿Se habrá garantizado el Presidente que la marcha de mañana no se alargará hasta la Rosada?

• Más reticente todavía que Kirchner se mostró Eduardo Duhalde, quien ni siquiera contestó los llamados que le cursaban a Punta del Este ayer por la tarde, desde los principales despachos de la intendencia. Allí se especulaba con las vinculaciones que mantiene el ex presidente con Mauricio Macri, capaces tal vez de morigerar el rigor de una interpelación que será desafiante.

• Si la negociación con los políticos entraña demasiadas dificultades para Ibarra, todavía más compleja resulta la que debe encarar con las bandas de rock. Su gabinete se ha convertido en experto en el género desde que los sitios de Internet de varios grupos comenzaron a convocar para la marcha de mañana. El caso de Callejeros es el más delicado: los propios músicos tienen familiares entre las víctimas fatales. Los apoya La Renga, que para los políticos representa un monstruo inmanejable ya que convocó a 60.000 personas en el estadio de River para su último recital.

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